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Oración para rezar cuando uno está agobiado

the prayer continued-CC
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«Querría enterrar mi vida en tu corazón, Jesús, vivir escondido en ti…»

La paz de Jesús tiene que ver con la misericordia, con un amor incondicional que se nos regala. El amor de Jesús pacifica los corazones. Porque cuando somos amados no nos hace falta nada más para vivir.

El gran drama del hombre hoy es que no se sabe amado. No tiene un corazón en el que descansar. Ha perdido su hogar y sus raíces. Vive errante, sin rumbo. No sabe lo que tiene que hacer. No conoce su camino. Deambula y no camina hacia una meta. Esta experiencia de soledad crea tensión y desconcierto. No hay paz porque no hay un abrazo misericordioso.

Jesús hoy llega hasta donde estamos escondidos para darnos su abrazo de amor. Nos dice que nos ama con locura. Que su vida ha tenido sentido a nuestro lado. Nos ha amado tanto, hasta el extremo. Quiere decirnos que nos necesita. Sabe que somos de barro y que moriremos siendo de barro, pero nos necesita como sus instrumentos.

Viene a nosotros para que tengamos la certeza de la vida verdadera. Nos dice que confiemos en Él para siempre. Que no dudemos, que no nos alejemos. Porque cuando más cerca estemos de Él, más vida tendremos en nuestro corazón. Más paz podremos entregar a otros. Más alegría desprenderán nuestras palabras y nuestros gestos.

Pero no es tan fácil reconocer a Jesús. No es tan sencillo abrazar su amor misericordioso. Dudamos y nos alejamos. Vivimos la contradicción de sentirnos solos y querer tener a Jesús para siempre en el alma.

Una persona rezaba:

«Querría enterrar mi vida en tu corazón, Jesús. Vivir escondido en ti. Soy de carne, de ansias, de vuelos, de sueños. Quiero y deseo. Espero y amo. Como los niños. Quiero meterme en tu hendidura y descansar. Estoy cansado y agobiado. Quiero tu yugo, que es llevadero, porque no pesa. Vivir en ti, sólo en ti. Descanso y callo. Me calmas. Se calma el alma. Una sonrisa. Unas lágrimas. Espero y empiezo de nuevo. Merece la pena luchar, descansar, volver a andar. Sólo en Ti. Sólo por Ti».

Es el deseo del corazón. Pero luego no queremos dejar nuestros seguros, nuestra puerta cerrada, para volar alto. Nos cuesta reconocer a Jesús. ¿Quién es? ¿Cómo lo reconocemos? Él nos muestra sus heridas como señal. Para que lo reconozcamos nos muestra su lado más humano, su herida, su costado abierto, sus manos rotas.

El miedo desaparece y nos llenamos de alegría cuando sabemos que es Él. La soledad desaparece. ¡Cuántas veces me pasa que en cuanto llega Jesús mi miedo desaparece, y sin Él, todo me parece inquietante!

¿En qué lo reconozco yo en mi vida? ¿Qué tengo yo que me hace único? ¿Hay algo mío por el que cualquiera pueda reconocerme? He pensado mucho en eso. En mi forma de darme, de amar hasta lo más hondo.

En el cielo, como Jesús, seremos los mismos, y amaremos a los nuestros. Llevaremos nuestras heridas marcadas en la piel. Las heridas que reflejarán cuánto hemos amado en nuestra vida. También las heridas que nos han hecho sufrir en el camino. Esas heridas, como las de Jesús, se llenarán de luz. Pero no perderemos nuestra identidad.

Seguiremos siendo los mismos junto a Dios. Un día un marido le decía a su mujer que si él se muriese, no tuviera miedo, que la seguiría cuidando desde el cielo. Ella le preguntó cómo lo sabría. Y él le recordó un gesto único entre ellos. En ese gesto sabría que la seguía amando. ¿Cuál es mi señal con aquellos a los que amo? ¿Me muestro en mi verdad a los que amo? ¿En qué reconozco a Jesús en mi vida?

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