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Eduardo Galeano o la transformación de las cosas chiquitas

© Mariela De Marchi Moyano / Flickr / CC

Galeano

Jaime Septién - publicado el 14/04/15

La Palabras Ardientes, El Libro de los Abrazos, Días y Noches de Amor y de Guerra, Patas Arriba: la Escuela del Mundo al Revés, Los Hijos de los Días, La Canción de Nosotros, Los Sueños de Helena, El Viaje, Las Aventuras de los Jóvenes Dioses, son algunos de sus textos, en los que mezcló siempre una mirada crítica que no era del todo bienvenida por la izquierda dogmática ni, desde luego, por la derecha ultramontana.

“La palabra política se ha manoseado tanto que significa todo y no significa nada. Entonces desconfío mucho de la etiqueta política”, decía a quienes –por principio—querían ponerle una etiqueta.

En una entrevista concedida a la revista Ñ, cuando le preguntaron “¿Qué es la muerte para usted?”, contestó: “A veces me angustia. A veces le tengo miedo. A veces me resulta indiferente, y otras veces, las más frecuentes, creo que la muerte y el nacimiento son hermanos. Que la muerte ocurre para que el nacimiento sea posible. Y que hay nacimientos para confirmar que la muerte nunca mata del todo”.

Y en su obra se refleja esa esperanza. Una esperanza ignota entre quienes son los que Galeano no toleraba, los pesimistas, esos “terroristas universales” que así los llamó Chesterton.

En el fondo, Galeano era un utopista, un hombre que veía más allá que la ceguera ideológica. Uno que saboreaba, de veras, la vida misma: “La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se desplaza diez pasos más allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzaré. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso: sirve para caminar”.

Cosas chiquitas

La única cosa, decía Galeano en son de broma, que no se puede cambiar en la vida de un hombre es su pasión por un equipo de futbol, por una camiseta, por una historia contada de pequeño, cuando no hay en los ojos más que inocencia y ganas de ver, aunque sea de pasadita, al gran jugador del barrio.

Todo lo demás es transformable, a condición de que lo hagamos sabiendo que la gran estructura no puede tirarse de una día para otro. Hay que ir haciendo, dejando huella, proponiendo un esquema diferente, tirando gotas a la mar.

Contra aquellos “activistas” del todo o nada, Galeano, en su madurez, opuso la resistencia de lo pequeño, porque lo pequeño es hermoso: “Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable”.

A su manera, Galeano nos transformó América Latina, y la manera de ver el futbol.

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Tags:
literatura
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