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¿Los cristianos deben ocultar que lo son para participar en la vida pública?

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Jorge Traslosheros - publicado el 13/04/15

Desde el acallamiento, ¿qué sentido tendría participar?

Entre la alegría de la familia y la felicidad de la oración, durante Semana Santa me tropecé con un programa de televisión en donde una de las opinadoras, famosa si las hay aquí en México, hablaba de manera despectiva de la participación de los católicos en la sociedad, como si fuera un hecho altamente deplorable.

Sin embargo, lo que más llamó mi atención fue su cara de tristeza y soledad, de enojo largamente contenido. Fue como ver un programa de añoranzas de tiempos idos, compuesto por voces de ultratumba.

Con relativa frecuencia encontramos comentarios, no tan extremos, sobre la actitud que los católicos deberíamos asumir en el debate público.

Se nos achaca no estar al día con las tendencias de los tiempos, razón por la cual nunca seremos aceptados en la sociedad, afirman.

Lo dicen fuerte quienes promueven con ímpetu la agenda de la izquierda liberal en temas como vida y familia; pero no es de ellos el monopolio. Lo mismo se cuchichea entre “las derechas” acusando a los católicos de ser una caterva de “desorientados” en temas como economía y justicia social.

El caso es que nunca quedan contentos lo que, a mi parecer, es prenda de honor.

La pregunta es simple: ¿Los cristianos debemos hacer callar a Jesús para participar en la vida pública?

La única respuesta viable es negativa. Nada hay más triste que un cristiano vergonzante, no sólo por el gran daño que sufre su relación con Dios, también porque el resultado es un ciudadano descafeinado, sin temple, ni compromiso con su sociedad.

En el testimonio abierto de su fe un buen cristiano se convierte, por propio impulso, en un virtuoso ciudadano.

Quienes exigen del cristiano su silencio asumen una actitud, por lo menos, trasnochada en sociedades marcadas por la pluralidad y con anhelos democráticos.

Los católicos, para ser coherentes, debemos aprender a actuar gozosamente en la sociedad civil, sin ocultar nuestra identidad, sin enmudecer para satisfacer las demandas de quién sabe quien.

Se trata de aprender, con Pedro, a dar razones de nuestra esperanza con gentileza y claridad. Es de notar cómo entre caridad y claridad sólo media una letra.

Jesús nunca se arredró y vaya que si tuvo oportunidad de hacerlo. No lo hizo cuando fue empujado a predicar en las periferias de Jerusalén por sus detractores, ni cuando parte de sus seguidores le abandonaron “porque su doctrina era muy dura”; tampoco cuando Pedro lo negó, Judas lo vendió y sus discípulos huyeron.

Incluso al mismo Pedro lo rechazó con fuertes voces cuando éste le insinuó que debería moderar sus palabras.

En esta lógica, resulta muy interesante el caso de Pilatos quien, en efecto, tuvo la  vida de Jesús entre sus manos.

No era una hipótesis, sino un hecho objetivo visto desde una perspectiva mundana. Hubiera sido tan fácil condescender y mostrarse correcto ante la invitación del pretor.

Estoy cierto que el romano realmente quería salvar a Jesús, pero también que deseaba más salvarse a sí mismo.

La escena me recuerda las invitaciones a callar identidad y convicciones a cambio de un lugar en la escena pública. La oferta parece tentadora.

Si somos esquivos al hablar, si moderamos la denuncia, entonces se nos podría garantizar un espacio en el debate público. Sin embargo, desde el acallamiento, ¿qué sentido tendría participar?

Cristo nunca ocultó su identidad, ni siquiera en los momentos más difíciles. Siempre habló desde la misericordia, en la caridad, abriendo anchas puertas a la esperanza.

El silencio legítimo para un cristiano nace de la contemplación del Resucitado, pues de este silencio nace la fuerza de su palabra.

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