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¿La fe ha llegado a tus sentimientos?

Man praying in the cave © iurii / Shutterstock
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A veces nuestra fe está mustia, sin fuerzas, apagada, es una fe sin lágrimas, sin carne, sin pasión

 Quiero alegrarme con la claridad de la Resurrección en estos días de Pascua. Fueron cuarenta días de anhelo, de preparación, de deseo, de entrega, de sueño. Ahora vienen cincuenta días de fiesta en los que quiero proclamar al mundo mi alegría por la presencia de Dios en mi vida.
 
El Jueves Santo me conmovió ver a los costaleros llorar al llegar de vuelta a la iglesia con las imágenes después de seis horas de procesión.
 
No les conmovía el cansancio, no eran sus lágrimas fruto del agotamiento, no estaban doloridos bajo el peso de las imágenes.
 
Su pena era por pensar que hasta el próximo año no volverían a sacar a Jesús y a María por las calles. Me impresionó esa fe que se toca con las manos. Me conmovieron sus lágrimas al salir y al llegar.
 
¿He esperado yo con tanto anhelo durante un año la llegada de la vigilia pascual el sábado? ¿He llorado de emoción cuando llegaba la noche santa? ¿Me he preparado yo con su constancia durante tantos días para estar listo y nervioso el día en que Jesús resucita?
 
A veces nuestra fe está mustia, sin fuerzas, apagada. Es una fe sin lágrimas, sin carne, sin pasión. Una fe demasiado sobria. Una fe que no sufre ni se emociona. Como mucho se expresa parcamente en un deseo de mostrar al mundo que Jesús vive. Pero no ríe con fuerzas ni llora conmovida.
 
Ojalá me conmoviera yo como esos costaleros al pensar en este tiempo santo de la Pascua. Ojalá hubiera yo enmudecido como ellos el viernes santo al mirar a Jesús muerto en la cruz, cargando el peso del madero.
 
Cuando falta la pasión el amor se debilita. Nuestra fe se llena de palabras, de gestos vacíos y abrazos poco efusivos. Quisiera tener un corazón capaz de apasionarse de esa forma. Un corazón enamorado que llora y ríe.
 
Jesús pasó conmoviendo a los hombres. El otro día leía: “Jesús hace presente a Dios irrumpiendo en la vida de sus oyentes. Sus parábolas conmueven y hacen pensar; tocan su corazón y les invitan a abrirse a Dios; sacuden su vida convencional y crean un nuevo horizonte para acogerlo y vivirlo de manera diferente[1].
 
Jesús conmovía a los que lo seguían. Me gustaría conmoverme como ellos. Quiero dejar que la puerta de mi corazón quede abierta para que Él pueda entrar lentamente.
 
Yo la cierro tantas veces porque no quiero que en mi desorden reine su orden y no quiero que mis planes puedan no coincidir con los suyos. No lloro con su llanto. No río con su risa.
 
Una persona rezaba: “Me alegra poder entregarte la vida con dolor. Me duele, y al hacerlo, recupero esa conciencia de no ser nada. Sólo soy cuando soy en ti. Lloro, Señor, pero lloro con paz. Lloro alegre de ser lo que quieres de mí. Jesús, me duele, pero es amable ese dolor. Lloro contigo, lloro en ti, y ese llorar me hace feliz”.
 
Quiero llorar y emocionarme en su cruz, en su resurrección. Me miro débil y herido y veo su herida esta tarde de resurrección. Me conmueve su amor que me busca, que baja de la cruz para acercarse. Ese amor que no se olvida de mi dolor. Que sufre y ríe conmigo. Ese amor que es su abrazo que me espera.
 
Me conmueve ese Dios tan humano que adapta la forma de su cruz a la de mis brazos. Para que no sufra. Para que descanse en su madero. Para que aprenda a descansar a su lado.

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alma
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