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El Jubileo de la Misericordia… ¿Comienza así la reforma de la Iglesia?

© Sabrina Fusco / ALETEIA
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Una Iglesia que se inclina hacia los hombres y las mujeres... pero no un “puerto franco” del buenismo

Hice una encuesta sobre la confesión para mi periódico, hace exactamente cuarenta y cinco años, y ya entonces descubrí cómo este sacramento cada vez pierde valor para muchos cristianos, por el crecimiento y la madurez de su fe.

La crisis es antigua. Debida a los muchos cambios que la confesión ha atravesado, de pública a privada, de “única” a “repetible”. Después, a las consecuencias dramáticas de los excesos y los abusos generados por las “tasas” penitenciales, y que provocaron la protesta de Lutero.

Y finalmente, (y esto lo será para siempre, inevitablemente) una crisis connatural a la misma naturaleza dialógica del sacramento (ya que afecta enteramente al sacerdote y al penitente) y a su aspecto antropológico (porque implica la vida cristiana en toda su extensión histórica).

A las causas antiguas, sin embargo, se añadieron nuevas vinculadas a los tiempos, y a las novedades culturales y sociales. Esto es la atenuación del espíritu de fe. La pérdida creciente del sentido del pecado. El vacío moral de muchos cristianos, bajo la (aparente) fascinación de la secularización.

En resumen, el hombre moderno, embebido de racionalismo hasta la médula, a menudo olvidando su destino último, de su misma identidad, llevando mal la idea de deber “contar” su vida interior a otro hombre, y, más aún, el tener que cumplir con el acto de humildad en el reconocimiento de los propios errores.

En el transcurso de la encuesta, gracias a los testimonios de algunos laicos, descubrí también que la crisis tenía otras motivaciones.

Recuerdo lo que dijo un universitario: “El sacerdote debe tratar de comprender las razones por las que uno se confiesa, y no asaltarlo con severidad. Se ha insistido demasiado sobre el tribunal de penitencia”.

Y una chica: “Muchos sacerdotes se lamentan de las llamadas confesiones repetitivas. Esto es verdad por parte del penitente. ¿Pero no lo es también por parte del confesor?”.

Un obrero: “Los confesores deben ayudar más cuando nos confesamos”. Un profesor: “La moral cristiana es, antes que nada, una vida de gracia. ¿Cómo puede ser revisada en términos de fidelidad a una ética descarnada y de manual?”.

Acababa de publicarse la encíclica Humanae vitae sobre la regulación de los nacimientos. Pablo VI había afirmado la validez perdurable de una ley moral que desciende de la misma Revelación divina.

Pero también exhortó a los cónyuges a no desanimarse y a recurrir “con humilde perseverancia a la misericordia de Dios, que viene ampliada con el sacramento de la Penitencia”. Y recomendó a los sacerdotes que usaran la penitencia y la bondad del Señor, que “fue intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas”.

Sin embargo fueron muchos, entre cónyuges y confesores, que no entendieron completamente el espíritu, tanto de la encíclica como de las recomendaciones de Pablo VI. De allí comenzó lo que se denominó “cisma silencioso”, muchas parejas se alejaron de la Iglesia.

Desde entonces, desde aquella encuesta, han pasado cuarenta y cinco años, y la situación no parece haber mejorado mucho, si el Papa Francisco tiene que recordar hoy a los sacerdotes que “los confesionarios no deben ser una sala de tortura”.

Y además porque ha decidido celebrar un Año Santo extraordinario dedicado a la misericordia, donde indicará probablemente entre los objetivos jubilares, en la Bula de convocatoria que se publica hoy, 11 de abril, la urgencia de devolver la prioridad al sacramento de la Reconciliación.

Será el comienzo de la reforma de la Iglesia, reforma sobre todo espiritual, que los mismos cardenal electores pidieron a Francisco en el Cónclave.

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