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Resucitar es vivir de otra manera

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 05/04/15

¿No hubiera sido más eficaz la aparición gloriosa de Jesús entre todos los que le perseguían? Bastaba una ausencia para señalar la presencia que nunca desaparecerá

Este domingo Jesús abre la puerta de la muerte. Descorre el velo ya roto. Rompe las sombras con su luz. Es la noche santa en la que se desgarra la esperanza y se salva la vida de los que han visto la muerte.

Es la noche en la que las estrellas son más poderosas que la oscuridad. Sostienen el cielo, abren el camino al cielo. Es la noche del agua que purifica el corazón, limpia las heridas, sostiene a los caídos en un mar cuya profundidad se hace eterna.

Es la noche en la que los pecados son lavados por la misericordia, el rencor es olvidado, el dolor desaparece. Es la noche de la vida cuando la muerte parecía tener la última palabra.

Es la noche en la que el corazón anhela y Dios nos da respuesta. Es la noche oculta en medio de los hombres. El amanecer esperado por el corazón que sueña. Es la noche de la vida, del día eterno que no acaba.

Es nuestra noche en la que somos liberados de la esclavitud que nos ata. Es la noche en la que salimos corriendo al amanecer como las mujeres: “El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo”.

El amanecer en el que los discípulos que amaban a Jesús no quisieron perder al que tanto querían:

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio la vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó”. Juan 20, 1-9.

Los discípulos corren. No encuentran. Ven y creen. Siempre me conmueve que el signo de la vida sea la ausencia de la muerte. Que el signo de la resurrección sean un sudario y unas vendas.

¿Basta eso como prueba? ¿No era más fácil creer que alguien lo había escondido? ¿Cómo imaginar algo tan imposible como una resurrección de aquel que no pudo defenderse en lo alto del madero?

¿No hubiera sido más fácil bajar aquel día de una muerte segura e irse caminando entre los que lo perseguían? ¿No hubiera sido más eficaz, más fuerte como signo, su aparición gloriosa entre todos los que le perseguían?

Bastaban unas vendas. Bastaba una ausencia para señalar la presencia que nunca desaparecerá. La presencia que será eterna.

Jesús había enseñado a los suyos a mirar la vida de otra manera. Había logrado que supieran ver la fe escondida en la dureza de un corazón. La esperanza en las noches oscuras. La paz en un mar revuelto.

Había logrado que creyeran en la inocencia de las personas cuando eran acusadas por su flagrante pecado. Había conseguido que miraran a los demás con los ojos de los niños y confiaran contra toda esperanza.

Les había dicho tantas veces que Dios era bueno y los amaba con locura: “Dios es bueno; su bondad lo llena todo; su misericordia está ya irrumpiendo en la vida. A veces les hace mirar de manera nueva el mundo que tienen ante sus ojos; otras les enseña a ahondar en su propia experiencia. En el fondo de la vida pueden encontrar a Dios[1].

En el fondo de su corazón está Dios. En un sepulcro vacío, está Dios. En la noche sin vida, surge la vida. Habían aprendido a su lado a descubrir la eternidad en la humanidad que se debilita. La vida eterna en la muerte. El amor debajo del odio.

Recordaron sus palabras y creyeron. Vieron en ese sudario la esperanza que un día les había dejado grabada en su alma el amor de Jesús. Habían dejado de contar los días en sus manos, al tocar los sueños que se hacían eternos. A su lado todo parecía nuevo. Él lograba hacer las cosas nuevas.

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