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Y los niños… ¿se enteran de qué va la Pascua?

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"- ¡Feliz Pascua!"

Así comenzamos todos los Domingos de Pascua, normalmente tras haber celebrado la Vigilia durante la noche, en casa. ¡Feliz Pascua! Lo decimos niños y mayores, unos a otros, abuelos, nietos, padres, hijos, hermanos… ¡Feliz Pascua! ¡El Señor ha resucitado! ¡Él ha vencido a la muerte!

El reto, como padre, es grande. ¿Cómo ayudar a los hijos a vivir la Pascua? ¿Cómo hablar de la Resurrección? ¿Qué entenderán ellos, pequeños, si los mayores no acabmos de enterarnos del todo…? ¿O será al revés? ¿Se enterarán ellos más fácilmente que nosotros? Lo que tengo claro es que la Resurrección es un misterio de nuestra fe. Igual que la concepción de Jesús, que la presencia real de Jesús en la Eucaristía, igual que los milagros e igual que, en definitiva, la manera que tiene Dios de guiar a su pueblo y de hacerse presente en nuestras vidas. 

Como padre no me planteo explicar el misterio a mis hijos. Creo que me equivocaría. El misterio no se explica: se acoge y se contempla. Ante la acción de Dios no llegan las palabras. Cuando intentamos explicar ciertas cosas, ponerle palabras a todo, es cuando nos quedamos tan cortos… tan lejos… que entramos en una serie de discusiones y problemáticas que nos alejan de la Verdad. Mis hijos tienen la certeza de que sus padres, mi mujer y yo, les queremos. No necesitamos explicar el amor. A veces nos entienden, a veces no; a veces aceptan nuestra palabra con docilidad y otras con rebeldía… pero no necesitamos explicar el amor. Ellos saben que les amamos porque así lo han sentido, de manera misteriosa, desde su nacimiento. Un amor que, por supuesto, se concreta cada día, pero que a la vez, es una realidad intangible y inexplicable. ¿Por qué explicar pues el misterio del Amor de Dios en la Cruz y en la Resurrección?

La mejor manera de "explicar" la Pascua a los pequeños es vivir en Pascua todos los días. ¿Y esto cómo se hace? Hay cosas que, creo son ineludibles:

1. Somos limitados e imperfectos pero, aún así, somos queridos. En casa, diariamente, es fácil experimentar esto, aunque no siempre lo vivimos con tranquilidad y sosiego. Pero en el seno de la familia es donde se experimenta que más allá de nuestras caídas, faltas, imperfecciones… somos amados. Y ese amor es el que nos permite seguir viviendo cada día. Los niños deben experimentar que son amados más allá de comportamientos, resultados académicos, expectativas, infidelidades… Si en casa vivimos esto, será más fácil acoger ese Amor que nos salva y nos lleva a la Vida Eterna más allá de nuestro pecado y nuestras limitaciones.

2. Existe la luz y existe la oscuridad. Existe el bien y existe el mal. Existe la gracia y existe el pecado. Negarles a nuestros hijos esta realidad es negarles la posibilidad de entender que hay salvación porque necesitamos ser salvados. El mundo no es un centro comercial en Navidad, lleno de guirnaldas, juguetes, luces y musiquita alegre. Existe la muerte, la injusticia, la oscuridad, la necesidad, la pobreza… Quien esconde el mal a los ojos de los hijos… ¿cómo va luego a decirles que acojan a la Luz Refulgente de la Aurora? Quien evita el sufrimiento y gira la cara ante la injusticia… ¿cómo ayudará a sus hijos a poner los ojos fijos en Aquel que vence al mal para siempre?

3. Si Dios está vivo y está en casa… la familia y las decisiones de cada uno de sus miembros, se toman también con Jesús. Todo lo que se vive (estudios, compromisos, sacramentos, trabajos, enfermedades, alegrías, etc) se miran desde Jesús y nada se elige sin tenerle en cuenta. La familia está abierta desde siempre a esa dimensión: a la presencia real de Jesús Resucitado entre nosotros. Si Dios está vivo… en casa se reza. Si Dios está vivo, en casa se le habla… Si Dios está vivo, se le va a escuchar y a ver a la iglesia, y se le visita visitando a los abuelos, y si le ayuda ayudando a los amigos del cole… ¿Cómo se puede vivir la Pascua siendo Jesús un desconocido en casa? Sólo aquellos que lo conocían lo vieron Resucitado…

4. Y por último ayudando a descubrir la presencia del Señor en lo pequeño. Cristo nació pequeño, murió pequeño y resucitó sin alardes. Cultivar la espiritualidad de lo pequeño, al estilo de Sta. Teresita de Lisieux, es un camino precioso para percibir, en la noche de Pascua, que es verdad, que Jesús ¡ha resucitado! Porque la noche de Pascua hay luna llena, porque huele a flores, porque el cirio va delante y nos guía, porque el agua nos lava y nos refresca, porque nuestra historia no es instantánea sino que es una "historia caminada"… Es Pascua porque cada día hay personas que son liberadas de sus ataduras, porque hay personas cercanas ofuscadas y ciegas… que ¡ahora ven!, porque hay amigos cansados del camino, impedidos, con mucho peso encima… ¡que han vuelto a caminar!, porque hay hombres y mujeres, a los que han quitado la voz, que vuelven a hablar y a gritar y a ¡proclamar su perdón y su alegría! Porque los niños mismos experimentan mucho de todo eso en su propia vida, ya de pequeños…

El misterio de la Pascua no se explica, se experimenta. Como le dijo Jesús a Judas… menos cabeza y más corazón. Démosle una oportunidad a Dios y a nuestros hijos. Su relación con Él, aún pequeños, es un misterio también para nosotros, los padres. Es una relación personal y plena, no nos engañemos, igual que la nuestra, ¡o mejor! Un niño habla del cielo con tanta naturalidad… la misma que nosotros hemos perdido al intentar explicar cómo es y cómo se entra y por dónde se va. 

¡Feliz Pascua a todos! Que el Señor nos regale el don de comunicar su misterio, de ser testigos de su Buena Notica.

@scasanovam

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