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El Santo Sepulcro de Cristo y su historia

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Este sepulcro, único el mundo por el hecho de estar vacío, se encuentra situado en Jerusalén, que significa “ciudad de paz”

La Basílica del Santo Sepulcro ha sido venerada por los cristianos como el lugar donde Cristo fue sepultado y donde resucitó para vencer a la muerte. Este sepulcro, único el mundo por el hecho de estar vacío, se encuentra situado en una ciudad cuyo nombre, Jerusalén, significa irónicamente “ciudad de paz”.

Se trata de una propiedad compartida por varias Iglesias cristianas, entre ellas la Católica y las ortodoxas Griega, Armenia, Copta, Etiope y Siria. La pasión por este templo que, para los cristianos es el núcleo de la Ciudad Santa, ha originado en muchas ocasiones conductas lamentablemente violentas –entre estas mismas Iglesias–, merecedoras de reprobación.

Los protestantes pueden entrar en el templo, pero no celebrar en él. A menudo esta exclusión de los seguidores de la Reforma ha sido percibida como una humillación dolorosa, tanto así que han buscado consolarse con la redacción de obras de investigación encaminadas a demostrar la falsedad de los lugares en los que católicos, ortodoxos, coptos y otras confesiones celebran la muerte y la Resurrección.

Han llegado incluso a anunciar el descubrimiento de calvarios y sepulcros alternativos. Recordemos el caso del general inglés Charles Gordon, ferviente anglicano que dijo haber descubierto en las afueras de la puerta de Damasco el “auténtico” Santo Sepulcro.

Hay quienes aseguran que lo que empujó al militar protestante a sostener tal hipótesis fue su deseo de oponerse a la frustración de que su comunidad, y las otras surgidas en el siglo XVI, no poseyeran ni un solo lugar próximo a la piedra de la Resurrección. Pese a ello, la Iglesia anglicana adquirió el terreno señalado por Gordon, mismo que hoy es conocido como el “Sepulcro del Huerto”. No obstante, ningún arqueólogo serio ha tomado en consideración esta improbable identificación.

Esta anécdota nos permite demostrar hasta qué extremos llega el anhelo cristiano de tocar, besar o estar junto al lugar de la Redención y la Salvación. En muchos casos, el precio se ha pagado con sangre.

Y en efecto, la historia del Santo Sepulcro ha estado marcada por una serie de tragedias. Durante tres siglos, y hasta la época de Constantino, los dueños de Jerusalén fueron los paganos, que sobre el Calvario y el Santo Sepulcro construyeron uno de los principales templos dedicados a sus dioses. Le siguieron luego tres siglos de dominio bizantino, mismos que contemplaron la construcción de la gran Basílica, pero que fueron ensombrecidos, ya desde entonces, por disputas entre confesiones hostiles y diferentes entres sí.

En el año 614 los persas invadieron Jerusalén con el apoyo de los judíos. Los cristianos muertos, tan sólo en esa ciudad, fueron alrededor de cincuenta mil. El Santo Sepulcro fue saqueado, incendiado y destruido, y sus reliquias fueron secuestradas.

En el año 638 llegó el califa Omar, también apoyado por los judíos, y la bandera verde del Islam ondeó junto al lugar de la Resurrección. Incluso en la época de los cruzados, los cristianos eran sólo una minoría en un mar de musulmanes, quienes abrumaban con impuestos a todo aquel que quisiera mantener su religión.

Fue en el año 1009, por orden del califa Al Hakim, cuando se destruyó todo lo que quedaba de la Basílica construida por Constantino. La orden era desaparecer cualquier rastro de la Resurrección.

Durante cincuenta años, a partir de la conquista de 1099, los cruzados trabajaron para reconstruir el santuario, pero 38 años después de la consagración de la Basílica, volvieron de nuevo los musulmanes, y esta vez de forma definitiva: se confiscaron las llaves de entrada, se establecieron impuestos para quien entrara a rezar y las campanas fueron expropiadas, destrozadas o fundidas, tal como es habitual en el mundo islámico.

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