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Cuando la Cruz soñaba con Dios

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Aleteia Team - publicado el 04/04/15

Un cuento de Semana Santa para niños de todas las edades

Era una vez, en alto de una montaña, tres pequeños árboles, aún niños, que soñaban lo que serían cuando crecieran.

El primero contemplaba las estrellas allá lejos, en el cielo brillante, y pensaba en ser un día el baúl más precioso del mundo, repleto de tesoros.

El segundo, mirando al riachuelo que serpenteaba por la montaña, deseaba ser un día un gran navío que llevase a bordo poderosos reyes y reinas del mundo.

El tercero admiraba el valle a sus pies, y soñaba con quedarse allí mismo, en lo alto de la montaña, y crecer tanto, tanto, que todas las personas, cuando la mirasen, levantaran los ojos al cielo y se acordaran siempre de Dios.

Los días y las noches pasaron, y una tarde cualquiera, llegaron tres leñadores.

Los árboles intentaron lo más posible contarles cuáles eran sus sueños, pero los leñadores no les oían.

El primero fue llevado y transformado en un comedero para el ganado.

El segundo sirvió para hacer un barquito humilde de pescador, que cargaba peces todo el día.

Y el tercero, transformado en una pila de vigas, fue almacenado sin saber qué destino tendría.

Desilusionados y tristes, los tres se preguntaban, en su soledad, por qué había sucedido esto con sus sueños.

En una bella noche, sin embargo, reluciente de estrellas, una madrecita joven y llena de gracia dejó su bebé recién nacido en el comedero para el ganado. Y el primer árbol soñador se dio cuenta de que, finalmente, ¡se había convertido en el baúl más precioso del mundo, guardando un Tesoro que jamás tendría precio!

El segundo árbol, en cierta hora de tempestad y angustia, se dio cuenta de que transportaba a un hombre que dormía sereno y que, cuando los vientos y las olas parecía que hundían el barco, se levantó y dijo: “¡Silencio! ¡Calma!”. Y el segundo árbol se dio cuenta de que transportaba no a un rey cualquiera con el que había soñado, ¡sino nada menos que al Rey de Todo el Cielo y de Toda la Tierra!

No mucho tiempo después, en un viernes increíblemente triste y doloroso, el tercer árbol se asustó al ver que las vigas en que se había transformado fueron juntadas en forma de cruz, y que un hombre fue brutalmente clavado en sus brazos. Él se sintió terrible y cruel y, por dentro, lloraba de dolor al ver el monstruo en que le habían convertido.

El domingo siguiente, sin embargo, el universo vibraba de felicidad. Fue entonces cuando también el tercer árbol se dio cuenta de que allí estaba clavado el mismo Creador del mundo, que había venido en la carne para redimir a la humanidad entera, y que, de ahora en adelante, todas las personas que le mirasen se acordarían del Dios-Amor, ¡de una forma que jamás alguien se habría atrevido a imaginar!

Los tres pequeños árboles habían finalmente realizado sus sueños infantiles. Pero de una manera tal que esa realización era mil veces mayor de lo que ellos habían soñado.

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