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Svidercoschi: “Vatileaks pesó mucho en el Cónclave”

Francisco meditando

(AP Foto/Gregorio Borgia)

<span>El papa Francisco asiste a su audiencia general en la plaza San Pedro del Vaticano, 4 de diciembre de 2013. El pont&iacute;fice reunir&aacute; un panel de expertos para asesorarlo sobre la protecci&oacute;n de menores de sacerdotes abusadores y la ayuda a las v&iacute;ctimas que ya han sufrido el abuso. (AP Foto/Gregorio Borgia)</span>

AGI - publicado el 03/04/15

En “Un Papa solo al mando” se cuenta la historia de los primeros dos años de Francisco

Apenas elegido, el 16 de octubre de 1978 el primero y el 13 de marzo de 2013 el segundo, al momento de asomarse para bendecir a la multitud de la Plaza San Pedro, “tanto Wojtyla como Bergoglio se presentaron, no como el ‘nuevo Papa, sino como el ‘nuevo obispo de Roma’”. Una opción en relación al primer milenio de la comunidad cristiana” para volver a dar un “nuevo impulso a la realización de la colegialidad’ episcopal y nuevas esperanzas al proceso ecuménico para la recomposición de la unidad cristiana”. Lo escribe Gianfranco Svidercoschi, el principal biógrafo italiano de San Juan Pablo II, que dedica ahora un libro a los primeros dos años del nuevo pontificado.

En “Un Papa solo al mando”, de las ediciones Tau, el ex vice director de L’Osservatore Romano propone un análisis “de las muchas analogías y semejanzas entre los dos pontífices, los cuales, por su misma elección, han cambiado la imagen de la Iglesia y su historia”.

“Cuando se asomó al balcón de la Basílica, el 16 de octubre de 1978, Wojtyla tenía junto al maestro de ceremonias (monseñor Virgilio Noe’), quien, puesto que ‘se había siempre hecho así’, intentó impedirle hablar a la multitud presente en la plaza y, al final, después de que el nuevo Papa dijera aquel famoso ‘Se mi sbaglio mi corigerete’, se permitió decirle al oído de manera seca, dura, autoritaria: ‘¡Ahora, basta!’. Mientras Francisco, en el momento de vestirse, poco después de haber sido elegido, le decía al maestro de ceremonias, estupefacto, si no es que horrorizado, que no se había puesto la cruz pectoral de oro; sino que mantendría la suya, de metal”.

En realidad, piensa Svidercoschi, “a pesar de la continuidad de fondo”, entre el 1978 y el 2013, se registra “un cambio radical de escenario entre los momentos en que suceden estas dos elecciones”.

“Porque – piensa el autor – es verdad que Francisco encontró un terreno fértil, un terreno en parte ya arado y sembrado, pero también es verdad que no se topó con los condicionamientos, los obstáculos, que al inicio habían obstaculizado la misión de Juan Pablo II, ‘el polaco’, como alguno de la Curia lo llamaba despreciativamente a sus espaldas”.

“El acontecimiento de Vatileaks, abordado por una comisión, que fue objeto de un amplio dossier, aunque no fue contado completamente, ni siquiera a los cardenales electores, pesó duramente sobre la preparación del Cónclave”. Lo afirma el ex vice director de L’Osservatore Romano, Gianfranco Svidercoschi, en su libro “Un Papa solo al mando”, que reconstruye, para las ediciones Tau, lo que no se vio de la elección del Papa Francisco. Había, recuerda el autor, “una barrera europea que llevaba adelante la candidatura del arzobispo de Milán, Angelo Scola, y otra, en oposición, proveniente de la curia, que proponía al brasileño Odilo Scherer. Y, sin embargo, poco a poco al avanzar la cerrada confrontación, se volvía cada vez más claro que los dos más papables tenían pocas probabilidades: Scola, porque el frente italiano estaba inexorablemente dividido y Scherer por la mala impresión que dejó en su defensa de la Curia Romana”.

Para Svidercoschi, “fue en ese momento que algunos de los defensores de la línea de la discontinuidad, primero, el cardenal O’Malley, con todo el grupo estadounidense detrás, y luego el brasileño Hummes, el hondureño Rodríguez Maradiaga, el chileno Errazuriz, comenzaron a mirar a su alrededor. Y, en su búsqueda, los representantes del área americana se cruzaron con algunos purpurados europeos, como los alemanes, Walter Kasper y Karl Lehmann, el inglés Murphy O’Connor y el austríaco Christoph Schonborn, quienes compartieron el mismo interés, y condujeron una exploración análoga entre los miembros del Colegio cardenalicio”.

Todos estaban de acuerdo – escribe Svidercoschi quien se olvida de citar al gran protagonista del pre conclave, es decir, al arcipreste de Santa María Mayor, Santos y Abril, y también al emérito de Bruselas, Dannels, y entonces protodiácono, Tauran, que tuvieron un papel no secundario – que se necesitaba un hombre ajeno a los conflictos postconciliares y, más aún, a los escándalos de la curia, a los juegos de poder, a las cordadas de una y otra parte.

Un hombre de fe, sabio, abierto y capaz de promover una profunda renovación en la Iglesia, principalmente a nivel espiritual, eclesial, y estructural, institucional. Y, para encontrar un hombre así, por un lado se mantuvo firme el propósito de escogerlo en Latinoamérica (para Estados Unidos existía el riesgo de los malentendidos políticos), por otro no se tuvieron en cuenta los límites – dentro de los setenta años – que se habían marcado para la edad. De este modo, fue bastante fácil llegar a prestar atención a Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires. También porque ya había estado en la carrera el pasado cónclave.

“El 7 de marzo – cuenta Svidercoschi – en la Congregación general, llegó su turno. No habló mucho, pero en la intervención expuso toda su experiencia (y sabiduría) pastoral que había acumulado en el periodo de episcopado en Buenos Aires y en la gran escuela de evangelización que representó Aparecida”.

Según el autor, “aquella intervención sorprendió y conquistó un poco a todos. Muchos encontraron sus ideas, sus aspiraciones de reforma, de discontinuidad. Otros descubrieron a ese arzobispo, comenzaron a considerarlo un buen candidato”. Es cierto que “por alguna frase, algunas miradas, Bergoglio se dio cuenta de repente que era objeto de un creciente interés”.

Tanto fue así que el “domingo 10 de marzo – escribe el ex vice director de L’Osservatore Romano que no cita ninguna fuente – al pasar por Piazza Navona, el cardenal de Buenos Aires se encontró a un conocido y cuando éste le preguntó si estaba nervioso, él dijo: ‘Un poco, no se qué están preparando mis hermanos cardenales’”. “También hay – admite al respecto Svidercoshi – una versión diferente de esta conversación, o se trata de otra conversación”, en cualquier caso, según esta reconstrucción, cuando “el interlocutor le preguntó si estaba sereno, Bergoglio respondió: ‘Sereno, serenísimo. Aunque me parece que algún amigo cardenal quiere hacerme una broma’”. “Según lo que se cuenta – concluye Svidercoschi – uno o más purpurados preguntaron si, en el caso de que lo hubieran votado, no habría aceptado. Y Bergoglio, riéndose del asunto, habría respondido que se sintió obligado, naturalmente a aceptar”.

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