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Focus: el (eterno) cuento del Buen Ladrón

Warner Bros
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En el fondo, una especie de Robin Hood robando a los ricos malvados

Son casi excepcionales las películas del subgénero “grupo que planea una operación para desposeer a alguien de lo suyo, consiguiendo engañar incluso al espectador”. No debería haber una temporada cinematográfica sin un ejemplo de trama que nos remite a ejemplos clásicos que van desde El Golpe hasta Nueve reinas pasando por la saga de Oceans 11,12,13 y las que vengan.

En casi todas las películas de este tipo, y para romper aquel lugar común de que “el criminal nunca gana”, el resultado suele ser que sí, que el criminal gana, pero siempre se justifica presentando al Danny Ocean o Henry Gondorff de turno como alguien que caiga simpático y en el fondo es buena persona, pese a dedicarse a privar a las personas de sus posesiones y bienes materiales. Focus no resulta ajena a este esquema.

El protagonista masculino consigue captar como ayudante para sus planes a una “protodelincuente” no tan hábil como él, consistiendo precisamente su presencia en un cierto trasunto del espectador a quien se hace cómplice (que no participe) de los diversos actos de disposición no autorizada de bienes de propiedad ajena. Aquí el único que no va engañado es el protagonista masculino.

Will Smith suele equivocarse muy poco (o quizá su agente) a la hora de seleccionar papeles y este se ajusta a uno de sus perfiles habituales: atractivo, pícaro, hábil, con éxito en sus propósitos y con un punto de ser atormentado que explica en este caso, como en gran parte de la Historia del Cine, que empaticemos con un protagonista (por tanto, deseemos que gane, es decir, que robe y no le atrapen) que en el fondo está cometiendo una serie de actos delictivos y que según los códigos morales y legales no debiera resultarnos simpático.

¿Qué tiene el crimen que resulta tan atractivo? En el caso de esta película y de aquellas con las que comparte subgénero, quizá debiéramos acudir a dos elementos esenciales: el ladrón protagonista está animado por buenos sentimientos por un lado, y por otro la víctima suele ser alguien que se nos muestra moralmente más reprobable, razón por la que llegamos a admitir una cierta justicia poética en que el malvado sea desposeído de bienes materiales que consideramos inmerecidamente atribuidos.

Aunque no deberíamos soslayar un elemento incluso más importante que todo esto: disfrutamos asistiendo a la elaboración y puesta en escena de alambicados planes que contravienen diversas legislaciones, encontramos atractiva la maquinación y nos estimula competir con el guionista y el director por tratar de averiguar los vericuetos en los que tratarán de despistarnos (y en Focus sucede un par de veces, no lo duden) para que perdamos de vista el objetivo.

Esa es precisamente la razón de ser de esta película, como la de muchas de las que gravitan en torno a atracos, estafas, engaños y similares: es todo cuestión de enfoque. Mientras te toco aquí, te robo la cartera por allí.

Esa es una de las primeras lecciones que el personaje interpretado por Will Smith le ofrece al personaje interpretado por Margot Robbie, y es de agradecer que, como Cristopher Nolan en The prestige: el truco final, sepamos al comenzar cuál es el “truco” porque enseguida olvidaremos esa pista fundamental que mostrada en el inicio parecerá sonreírnos burlonamente cien minutos más tarde desde la pantalla.
 

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