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Buena noticia: los cristianos no somos coherentes, necesitamos la misericordia

© Ladida / ISTOCK
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¡Qué triste destino el de quien, por su supuestamente altísima calidad moral, no necesita a Cristo!

 "Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.
 Y si hago lo que no quiero, ya no obro yo, sino el mal que mora en mí.
 Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí."
Romanos 7, 19-21
 
El deseo que mueve la vida del cristiano es ser de Cristo, no ser coherente. De hecho cada uno de nosotros, por nuestras propias fuerzas, no podemos ser coherentes, ni intachables, ni mucho menos ejemplares. No podemos. Sin Cristo no podemos.

El bien, la virtud, la superación personal (llámele usted como le plazca) viene de forma inesperada, como la alegre risa del hijo acompaña al amanecer, como un regalo que, sí, es verdad, quisimos, anhelamos, nos esforzamos en alcanzar, pero que ha llegado de repente, en más de una ocasión cuando nos encontrábamos al límite de nuestras fuerzas. Justo cuando empezábamos a estar convencidos de que ya no era posible, de que no lograríamos perdonar una vez más, de que no volveríamos a ver despertar ese amor herido.

Sin embargo, sucede, y lo hace por obra de Otro. Sucede como el Sol abre un hueco en el cielo para fluir sobre olas de nieve pura y como el cálido abrazo del que al fin regresa. Sucede como un milagro que nos estaba esperando, otra vez. Si ésta es una experiencia cristiana -la misericordia- de índole fundamental: ¿hasta cuándo mantendremos en alto las lanzas de nuestro moralismo inútil? ¿Acaso alguien cree que va a lograr levantar en un codo su estatura?

Discutía no hace mucho con mi buen amigo y filósofo Enrique Anrubia, un hombre que lleva a sus espaldas cuarenta límpidos años de búsqueda incansable e incoherente del bien, sobre la exigencia de ejemplaridad con la que azuzamos especialmente a los sacerdotes.

Me preguntaba yo en tal ocasión: ¿es justo pedir a quien se consagra a Dios una coherencia especial, someterlo a un juicio más severo y más constante? ¿Acaso no tenemos la experiencia de cómo la libertad y la personalidad se ahogan  ante la amenaza del pesado telón del juicio ajeno? ¿Será capaz de soportar sus propias faltas aquel que es carne de mi carne y sangre de mi sangre, que necesita la Gracia como poco lo mismo que yo, sin que el miedo a las miradas de la grey lo vuelvan hipócrita, hipocresía de la que seremos cómplices todos los inmisericordes?

Enrique me escuchaba con la paciencia de los buenos hombres, seguro de que todas nuestras diferencias posibles son peces que provienen, al fin y al cabo, del mismo mar compartido; pero hay que reconocer que esto de la incoherencia no les cabe en la cabeza a otros que son más cuadriculados que mi amigo. A algunos se les antoja que el resto de los mortales somos algo similar a intentos fallidos, que Dios deja que vengan más niños al mundo movido por una incansable esperanza de que quizás el próximo le salga bueno. Como si no hubiese querido al resto… por incoherentes.
                 
Hubo una época –esa modernidad que se nos pega a las carnes como el estaño caliente- en la que muchos insignes pensadores creían que la razón era capaz de conocer las verdades morales de manera clara e inequívoca, siempre que fuera por ella misma y sin ayuda de nadie.

Si esto es así, decían, ¿para qué nos hace falta la Revelación? ¿Para qué las Iglesias, los predicadores, las teologías y el resto de martingalas? Fuera todo. ¡Atrévete a pensar por ti mismo!… y problema resuelto. Sin duda era gente rara, de esas convencidas de que una vez el enfermo sepa que le perjudica el chocolate tendrá por ley absoluta de su existencia prescindir de él en el postre. Cuando llegado el momento pida un brownie le preguntarán sorprendidos: "¿No te lo prohibió el médico?", pensando que tal vez son ellos los que se equivocan o que el cosmos se está resquebrajando ante sus ojos.

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