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“A cielo abierto”, una nueva mirada a la discapacidad

Archipel 33
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El reto es conseguir mirarla como un regalo; extraño, terrible e inesperado, pero un regalo.

De alguna forma todos somos un poco discapacitados…
 
La discapacidad física o mental es una realidad frente a la que hay tomar una postura concreta, y más aún cuando te encuentras con ella de frente. Para muchos es un obstáculo insalvable, para otros una maldición a evitar pero hay algunos, que tras un trabajo concreto, hasta consiguen mirarla como un regalo; extraño, terrible e inesperado pero un regalo.
 

La película que nos ocupa también concibe las discapacidades mentales y sociales de los niños como un enigma a desvelar. Dirigido por la francesa Mariana Otero (En nuestras manos, 2010), A cielo abierto es un documental que nos muestra un lugar especial en la frontera franco-belga, donde acogen a niños con discapacidades y tratan de entender el enigma que son y así, ayudarles a vivir en paz.
 
El punto de partida de esta aventura cinematográfica fue el deseo de la directora por hacer un estudio sobre la locura. Con una estructura sencilla de presentación de los niños, combinada con las opiniones de los educadores, resulta un documental donde uno no desea perderse detalle. Por ello, se echa en falta un doblaje del francés, pues los ojos del espectador desean estar pegados a los niños, para aprender de sus gestos y acciones, y no tener que ir obligados hacia ningún otro lugar. De alguna forma, esta discapacidad auditiva del DVD (por no tener el doblaje), nos ayuda a descubrirnos con una actitud curiosa y atenta hacia estos niños, como si algo dentro nosotros intuyera que ocultan un tesoro bajo esa discapacidad.
 
De hecho, para los educadores de A cielo abierto, que parecen ser discípulos del psicoanalista Lacan[1], no son discapacitados sino que no les falta nada, no están mal hechos sino que tienen una estructura especial. Cada uno de ellos, según nos cuenta la directora en una entrevista de los extras del DVD, son un enigma y los educadores desean saber cuál.

A través de talleres de música, teatro, cocina o jardinería tratan de ver cómo son los niños (y cómo muestran en acción su discapacidad) en relación con lo real. Son muchas las veces que se sienten amenazados y aterrados, y terminan expresándolo con gestos como: automutilaciones, mordeduras, golpes en la cabeza (porque hay palabras que no cesan), tics persistentes o la urgencia de llevar una pierna vendada sin tener herida física alguna. ¿Qué nos permite mirar todo esto esperando algo bello?
           
Es el contacto con la realidad y la relación con el otro (el estadio del espejo en Lacan) los que hacen aflorar comportamientos que son como signos de ese enigma que ocultan. Son como un puzzle al que siempre parece faltarle una pieza fundamental, sin la cuál, ni hay convivencia social normalizada, ni paz interior. ¿Es posible sentirse a salvo de toda esta invasión descrita (en Lacan sería invasión corporal y/o de goce)?
 
En esta línea quisiera traer a colación una secuencia bellísima y muy profunda de la última versión de Superman: El hombre de acero (2013), de Zack Snyder . Es ese momento en la infancia Clark Kent en que toma conciencia de sus poderes y se asusta por ello: ver a través del tú que tiene delante (el otro del que hablábamos); escuchar todo lo que su superpoder auditivo le permite (esas palabras que no cesan y terminan en golpes); o ese miedo ante lo desconocido, que genera en Clark la capacidad de convertir la mirada temerosa, en rayos de fuego que mantienen al otro alejado. ¿Cómo consigue Clark Kent encontrar una forma de acallar tanto ruido? ¿Quién le salva de sí mismo?
           
Existe, pues, una correlación entre Superman (o cualquier superhéroe) y estos niños discapacitados que anhelan un orden en medio la división y dispersión de sí mismos. Según el documental es sólo una mirada externa la que será capaz de mantener el cuerpo unido. Y para explicar esto, narramos el final de la secuencia de Superman a la que nos referíamos antes. Clark al asustarse por sus poderes, se encierra en una habitación y se niega a salir, angustiado por todo lo que está sintiendo a sus no más de 10 años. Tan solo su madre consigue hablar con él y le dice que cierre los ojos, se centre en su voz y la imagine en una isla a la que llega a través del puente que es su voz. Clark consigue calmarse, contener sus poderes, abrir la puerta y abrazar a su madre.

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