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La guía esencial de «La Pasión de Cristo» de Mel Gibson

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Cómo rezar a través de una gran película sobre el sacrificio de Jesús

“Fue traspasado por nuestras rebeldías, triturado por nuestras culpas. Por sus llagas hemos sido curados” (Is, 53).
 
Solamente en el contexto de estas palabras de Isaías puede entenderse en toda su profundidad La Pasión de Cristo de Mel Gibson. De hecho, la cinta se abre con esta profecía, la del siervo sufriente, sobreimpresionada en pantalla.
 
Esto no es un sermón. Vamos a hablar de cine, pero en toda producción artística es indispensable contar con la intención del autor, y lo que pretende un director católico como Mel Gibson con esta película no es sino mover al espectador a rezar. Un análisis de esta cinta, por tanto, no puede prescindir de una importante consideración religiosa.
 
Be-mah nishtanah ha-layla ha-zot mi khol ha-layelot (¿Por qué esta noche es distinta a todas las noches?). Estas son las únicas palabras en hebreo de la cinta (el resto está en arameo y en latín), y las dice la Virgen María. Se trata de una pregunta ritual que siempre se hace en hebreo, aun hoy, en los primeros momentos de la cena pascual (Fuente Jesucristo en el cine).

La respuesta la da la Magdalena y es: “Porque antes éramos esclavos y ya no lo somos”. Con estas palabras, Gibson nos enmarca perfectamente en la acción que va a tener lugar, pues establece el paralelismo entre la Pascua judía y la muerte de Cristo: el Antiguo y el Nuevo Testamento.

La historia es de sobras conocida, al igual que los personajes: las últimas horas de la vida de Cristo, desde la oración en el huerto hasta la resurrección.
 
Gibson basa el guión en los evangelios y en las revelaciones de la beata Ana Catalina Emmerick sobre la Pasión, aunque también se toma ciertas licencias que no obstaculizan el tema central de la película.
 
En la primera escena, la de la agonía en el Huerto de los Olivos, Gibson nos introduce perfectamente en el clímax de la historia con una atrevida y excelente fotografía, esa misteriosa luz azul que inunda la pantalla.

Allí vemos un Jesús al que no estamos acostumbrados, que tiene miedo, al que le caen sudores fríos y de sangre, que apenas puede mantenerse en pie. Vemos más que nunca su naturaleza humana, que, ante lo que se le viene encima, ruega al Padre para que le libre de esos padecimientos. También está allí el diablo con forma corporal, una de las licencias del director.
 

 
“Si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
 
Haremos ahora un recorrido por la película fijándonos en la interacción entre Jesús y el resto de personajes, muchas veces en forma de miradas del Salvador. La respuesta a estas miradas cambia según el personaje.
 
La primera de ellas se produce en el huerto. Pedro saca la espada para proteger a su Maestro y le corta la oreja a uno de los guardias, Malco. Entonces, Jesús, ordena a Pedro que suelte el arma y cura la oreja de Malco.

La beata Emmerick dice que, después de su encuentro con Cristo, Malco estuvo cerca de María aquel día. En sus ojos se ve el reconocimiento de la divinidad de Jesús.
 

 
Más adelante, justo antes de que Jesús sea juzgado por el Sanedrín, Gibson echa mano por primera vez a algo que se hará frecuente durante el filme, el flashback.

Con este recurso el director pretende dos cosas. La primera, completar la explicación del sentido de la muerte de Cristo. La segunda, darle “respiros” al espectador, pues todos los flashbacks son escenas de alegría y de paz que contrastan con la tensión y el sobrecogimiento del espectador ante los episodios la Pasión. En este caso se trata de la deliciosa escena en el taller de Jesús.
 

  
Acabado el juicio ante Caifás, una vez que Jesús ya ha sido condenado a muerte, tienen lugar las tres negaciones de Pedro. El apóstol asegura por tercera vez no conocer a Jesús y es entonces cuando ve la mirada dolida de su Amigo.

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