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Jorge Luis Borges, el escritor que no resulta tan fiero

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Ignacio Pérez Tormo - publicado el 27/03/15

Su declaración de no haber sido feliz tuvo gran repercusión en la prensa de habla hispana

Borges era ciego desde la mitad de su vida. La ceguera progresiva no le resultó trágica. Decía que era como un largo atardecer de verano. Al final, no conservaba nada de la visión, salvo la mirada.

Tendía a ladearla, para vigilar la reacción del interlocutor. Este gesto anunciaba y delataba la ironía.

Con ella agradeció haber recibido el premio Cervantes de 1980, diciendo como el que tiene falsa humildad, que tenía menos méritos que los otros candidatos. Pero no en vano Quevedo era su referente para los juegos de palabras. Por esto al recogerlo dijo: “La injusta España que me premia”, haciendo también alusión a la reciente dictadura. Aunque consiguió que el jurado se lo tomara como un agradecimiento.

Usando aquella mirada, también se declaraba ateo – “Gracias a los astros” me ha sucedido tal cosa o tal otra, decía-, además de laicista y agnóstico. Pero parecía como el niño que juega y nos advierte: soy fiero.

Pues su simbología esencial es el tigre. Este símbolo puede representar el tiempo, el mal o el propio Borges. Alcanzan a ser tan perversos los que él imagina, que en El libro de los seres imaginarios (1968), refiere que los Bihls, pueblo del centro del Indostán, creen en infiernos para los tigres.

Un hombre enojado

Pero no era tan fiero el tigre como lo pintan. De hecho, para un hombre que se define como ateo, hablaba demasiado de Dios, haciéndolo como un hijo que se queja a su padre. Así, al mismo tiempo que fue nombrado director de la Biblioteca Nacional en 1955 y padeció una agravación de su ceguera, escribió en El Poema de los dones (1960) esta queja:

Dios, que con magnífica ironía

me dio a la vez los libros y la noche.

Pero por definición, un ateo no habla tanto de Dios. O con otras palabras, Dios no aparece tanto en el verso de un poeta ateo. Por eso, esta condición debemos entenderla como una simple ironía que sigue al enojo.

Pues también estaba enojado con la Argentina y decidió morir lejos de su patria. De esta forma terminó sus días en Suiza, cerca de los lagos de Ginebra. También discutió con sus familiares por las cuestiones legales de una herencia. De hecho estos enfados son una clave importante para hacer una lectura de la obra Borges no tan mitificada como nos ha llegado, sino más ajustada a la realidad.

Y para ser realistas, se ha de relativizar también su invocado agnosticismo. No es que fuera partidario de esta actitud vital, sino que en realidad alude de nuevo a su enojo con Dios. Y estaba enojado con Él por tres motivos:

– primero, por no existir, claro;
– después, por haber creado este mundo; y
– como era un mundo lleno de libros que le hacían feliz; por la contradicción de haber permitido su ceguera y no poder leerlos.            

Pero no es necesario ir hasta la ceguera para ver la condena anticipada que alegaba Borges. Sostiene en el poema Fragmentos de un Evangelio apócrifo (1969), que recoge lo más esencial de su metafísica, que muchas veces nuestra vida en la tierra ya es un infierno, aunque también puede ser el Paraíso. Lo que pasa es que el Cielo es infrecuente y el infierno es más corriente. Y él se sumaba, cómo no, a la opción pesimista.

“No he sido feliz”

Pero antes, debemos señalar que el escritor admiraba profundamente a su madre. Borges se sentía honrado de que su madre hubiera estado presa durante la dictadura, pues le había inculcado una fuerte aversión a aquella. Su padre también había muerto ciego. La madre le decía: “Bueno. Yo he sido los ojos de tu padre. Ahora seré tus ojos”. Según el escritor, la madre en todo ponía generosidad, indulgencia. Cuando le consultaba, ella le ofrecía soluciones concretas a sus relatos, como si fuera él mismo. La madre murió a los noventa y nueve años, por lo que acompañó a su hijo casi toda su vida.             

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argentinaliteratura
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