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Charles de Foucauld, una extraña flor nacida en un desierto

© Anathea Utley
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Tenemos un sólo destino, ser hermanos

Las modernas teorías cuánticas afirman la íntima conexión existente entre las creaturas, su vida y el fluir del cosmos. Un hombre, Charles de Foucauld, tuvo esa intuición del Espíritu y transitó su vida en el desierto africano sembrando este ideal de que todos los hombres tenemos un solo destino: ser hermanos.

Este grito en el desierto -aparentemente infecundo- es hoy el germen de fraternidades que se extienden por todo el mundo y en particular por América Latina. Te invitamos a conocer esta historia de una flor nacida en el desierto.

¡Otro mundo está siendo posible!

Recién a fines del siglo XX la física cuántica pudo respaldar con experimentos científicos la creencia – hoy difundida – de que «sin observador no hay paisaje». Según estos científicos, la persona que supuestamente «observa» «lo que ocurre» (fuera de él) en realidad está eligiendo qué desea que ocurra.

El físico Gregg Braden, en su libro La matriz divina, asegura que las «creencias» (sentimientos humanos energizando las convicciones) inciden en el ADN y éste en las «quanta», pequeñísimas partículas que configuran todo el universo físico, produciendo un nuevo «pliegue» en el manto cuántico, es decir haciendo posible una de las innumerables opciones de «realidad» disponibles en la «sopa cuántica».

Sin proponérselo, las «familias de Foucauld» y las «fraternidades» surgidas de su espiritualidad, parecen un ejemplo ilustrativo y contundente de estas nuevas teorías.

Charles de Foucauld vivió amando a personas de otras convicciones religiosas, sin tratar de convencerlos de las propias.
Cada día el verbo «fraternizar» se hizo carne: se volvió gestos, actitudes, acciones de fraternidad.

Charles de Foucauld «percibió» el universo humano como «fraternidad» y se percibió a sí mismo como miembro de ese universo, a pesar de que nadie lo acompañaba en esta mirada (ni concitó siquiera algún discípulo).

Sin embargo cien años después la espiritualidad de «Carlos» – como le llaman los hermanos de La Fraternidad Iesus Caritas – sigue floreciendo en todo el mundo conformando justamente «fraternidades».

Las «fraternidades» son encuentros entre personas que, sin enclaustrarse sino permaneciendo abiertos a quienes quieran participar y asimismo a personas necesitadas de asistencia o acompañamiento, deciden valorarse recíprocamente, respetarse, donarse unos a otros con sinceridad y sin especular con ningún tipo de recompensa; es decir, convirtiendo en una lógica de reciprocidades positivas aquellas actitudes que el fundador «quiso ver» y en las que decidió «creer» desde la supuesta soledad y la supuesta infecundidad de un amor perdido en un desierto.

El suyo fue un amor no «apostólico» aunque sí pastoral; un amor no «evangelizador» aunque sí profundamente evangélico; sin imponer desde un poder ni propagandear el Amor de Dios, pero «siendo» Ese Amor y ese «poder de Dios»: el único capaz de «preparar un camino en el desierto».

Para saber más: http://www.iesuscaritas.org
Artículo originalmente publicado por CELAM

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