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Cenicienta: El mito de los zapatos de cristal

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Reestreno de un clásico que nunca se había ido

Cuando mi hija tenía tres años desarrolló una pasmosa predilección por tres películas, La bella y la bestia, La bella durmiente y La Cenicienta. La primera se estrenó en 1992, la segunda en 1959 y la tercera en 1950. De hecho, si uno se detiene a ver La cenicienta, 65 años después de su estreno, se dará cuenta que media un abismo entre ésta y La bella y la bestia. Y ya no por la técnica, es obvio que la animación ha evolucionado, sino por su ritmo, por cómo está organizada la película y por cómo está construido el film.

Es muy interesante fijarse en el tempo de La Cenicienta. Por ejemplo, llama la atención el tiempo que la película dedica a los secundarios cómicos. En las películas modernas los personajes graciosos que entran y salen del plano no sirven más que para aliviar tensiones y provocar la obligada sonrisa periódica de rigor, pero rara vez cumplen un papel decisivo.

En La Cenicienta en cambio, los simpáticos ratones que acompañan a la hermosa Cenicienta no solo suponen un alivio cómico sino que, además, intervendrán en momentos decisivos de la trama hasta el punto de que sin ellos, la carroza no tendría caballos.

La Cenicienta, versión animada de 1950, no es sólo un canto al cine infantil en su máxima expresión, no solo supone cómo se debe y se puede hacer una película para niños que también seduzca a los padres, sino que es además un ejemplo de narrativa cinematográfica de primer orden. La película se produjo en plena madurez artística, empresarial y creativa de Walt Disney. El padre de Mickey Mouse andaba cocinando la idea de levantar un parque de atracciones (lo que sería Disneyland) y había empezado a diseñarse un pequeño ferrocarril privado. En aquellos años la figura del director no pasaba de mero profesional aplicado y todavía más en una película de animación y no digamos en un largometraje de Disney. Las teorías sobre el cine de autor aún eran ciencia ficción. De hecho, esta política la ha seguido manteniendo Disney hasta nuestros días. Ni el más cinéfilo recuerda quien dirigió La bella la bestia, sólo que es una película de Disney.

La Cenicienta vino firmada por tres directores, Clyde Geronimi, Wilfred Jackson y Hamilton Luske (¡y ocho guionistas!). Eran viejos artesanos de los estudios forjados en los departamentos de animación que habían dirigido secuencias aisladas en películas como Los tres caballeros, Blancanieves y los siete enanitos, Dumbo o Pinocho. Eran tres hombres de la casa con una idea meridianamente clara de lo que buscaba Disney y cuál era la forma de conseguirlo.

El resultado, en efecto, no pudo ser más coherente con la línea de los estudios y con la calidad que venía ofreciendo Disney. La Cenicienta fue un éxito absoluto, fue la película más taquillera del año y recibió el premio especial del Festival de Venecia y el Oso de Oro del Festival de Berlín. Vamos, un peliculón.

Pero lo que decididamente pone en evidencia que La Cenicienta es un largometraje universal y atemporal no somos los críticos, ni los premios, ni la taquilla, en lo que a mí respecta ha sido mi hija. Que con tres años una niña se quede embelesada con una película con más de medio siglo de historia sólo demuestra una cosa y es que no se pudo hacer mejor, con seguridad sobrevivirá al paso del tiempo y seguirá haciendo las delicias de pequeñas espectadoras hechizadas con la historia de una joven maltratada y humillada por una madrastra que nunca la quiso de verdad.

A veces, es de las ideas más sencillas de donde brotan las obras maestras. Y de esto sabía mucho Walt Disney.

 

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