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Oscar Arnulfo Romero, era mi hermano

© TERRE D'AMERICA

Terre D'America - publicado el 23/03/15

Entonces, yo cumplí y me fui a la portería. Cuando logré hablar con mi jefe, me lo confirmó: “Es por su hermano”. Pero no tengo nada que ver con él, le dije, ni mi hermano tiene que ver con los telégrafos, ni yo sé nada de curas.

Por cierto, Monseñor Romero en su diario se quejó en repetidas ocasiones de ANTEL, dijo hasta que interferían la señal de YSAX, la radio del arzobispado.

En ese tiempo yo me sentía un poco incómodo. Por mi seguridad personal, porque mis hijos estaban con becas, y porque los amigos se iban apartando, me iban dejando solo, por temor, porque hubo gente que estaba convencida de que algo le pasaría a él y a su familia.

¿Cómo fue esa plática en la que usted le contó que lo habían degradado?

Lo que pasa es que ese viernes, cuando dieron la orden, mi esposa fue a visitarlo.

Yo no me di cuenta, pero ella fue a decirle que me habían fregado.
Él salió con que en todas partes está Dios, con que buscara otro trabajo, pero aguanté, y en octubre se vino el Golpe de Estado, hubo cambios en ANTEL, y todo se arregló.

Uno siempre tiene sus simpatías, aunque no sea militante.

¿Políticamente dónde se ubicaba usted?

Yo tenía simpatía por el presidente Arturo Armando Molina, pero no tanto por el general Humberto Romero.

Aún no existía el FMLN, pero ¿simpatizaba con las FPL, con Ligas Populares 28 de Febrero o alguno de esos grupos?

No, para nada.

Ellos tomaban embajadas, tomaban las iglesias, secuestraban gente, hacían manifestaciones… Yo no estaba de acuerdo con eso.

¿No estaba de acuerdo o lo veía mal?

Lo veía mal.

¿Usted escuchaba las homilías de su hermano?

Sí, claro, y cuando tenía tiempo libre, me acercaba a la catedral o al Sagrado Corazón.

En las semanas previas al asesinato ya se sentía en el ambiente lo que podría pasar.

¿Cómo vivió esos días?

Yo recibía también muchas amenazas anónimas en mi casa, desde malcriadezas y groserías hasta algunas muy finas, en las que me decían que querían mucho a mi hermano y que yo intercediera.
El viernes antes de que lo mataran (a Monseñor Romero lo asesinaron un lunes) me llegó un anónimo que decía algo así: si mi hermano no desiste de sus homilías, las horas las tiene contadas, que lo iban a secuestrar y que yo se lo dijera.
Era bien pulida, bien nítida. Entonces fui a verlo y me dijo: “No le hagás caso, botálo”.

¿Esa fue su última plática con él?

Cabal, en su oficina del seminario.

No te preocupés, me dijo, y si me llega a pasar algo, vos vas a ser el primero de la familia en saberlo.
Y fueron palabras proféticas, porque el 24 de marzo yo estaba trabajando cuando a las 6 y pico de la tarde me habló mi jefe y me dijo que fuera a la Policlínica, que habían herido a mi hermano.
Yo ya sabía, verdad, y salí corriendo.
Al llegar ni me querían dejar entrar, pero me identifiqué. Como a las 10 entraron todos mis parientes, y ahí estuve toda la noche.

¿Qué ocurrió después?

Recuerdo que un cura dijo que iban a hacer el asunto de la funeraria y me invitaron a mí. Fuimos a La Auxiliadora, y fue salir de la Policlínica y boom, boom, los bombazos.

Esta es la señal, me dije, ya de aquí para allá nadie nos detiene.
Íbamos tres sacerdotes y yo.

En la Policlínica lo embalsamaron, ¿verdad?

Sí. Un padre dijo que como Monseñor era muy humilde, íbamos a comprar la caja más barata, una de madera, pero para mí eso era pura tacañería. Yo entonces pregunté por el servicio más caro, que recuerdo que valía 7 mil colones.

¡Este vamos a llevar!, dije.
Y ese otro padre salió con que era mucho dinero, que había que pedir una autorización a la curia.
Bueno, les dije yo, si ustedes no quieren pagar, la familia verá cómo. Y menos mal que elegimos el caro, porque cuando lo iban a enterrar en catedral, ocurrieron las explosiones, y el ataúd lo halaban unos, y lo halaban otros.

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monsenor romero
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