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Amar a quienes nos dañan es sembrar el amor de Dios en los demás.

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Haz primero lo que se te manda; cura el corazón, limpia el corazón, ama a tu enemigo. Y ¿quién ama a su enemigo? Esto lo manda el Médico; es amargo, pero saludable ‪#‎SanAgustin (Comentario al Salmo 39,21)
 
Amar a nuestros enemigos es imposible sin la intervención de la Gracia de Dios ¿Quién ama a su enemigo? Nadie en su sano juicio mundano lo haría, pero para el cristiano es un mandato evangélico.
 
Amar a nuestros enemigos empieza cuando oramos por ellos sinceramente. Cuando oramos por la felicidad de una persona que nos desea el mal, estamos dando pasos hacia nuestra conversión. Estamos predisponiendo nuestro ánimo para tolerar y agradecer lo que venga de esa persona. Estamos generando un espacio de entendimiento que desconcierta y es escandaloso en nuestro mundo actual.
 
Nadie se convierte cuando le decimos que su forma de actuar es horrible y que está haciendo el mal por donde va. Más bien todo lo contrario. Estas palabras y actitudes suelen servir para reafirmar a las personas en sus malas actitudes. Entregar bien por mal tiene dos efectos: desarma a quien realiza el mal, para la cadena del pecado, que de otra forma se extendería hacia otras personas a través nuestra.
 
Pero, como es lógico, no es sencillo predisponerse a amar a quien nos hace daño. Esta acción es tan sobrenatural, que nos muestra directamente el camino de la santidad. ¿Quién es santo? Quien camina amando a sus enemigos. Humildad, sencillez, limpieza de corazón y sobre todo, caridad, se viven de verdad cuando negamos nuestro egoísmo y damos pasos hacia el amor a quien nos hace daño.
 
Amar a quienes nos dañan es sembrar el amor de Dios en los demás.

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