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¿Basta con ver para creer?

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No, es necesario sentirse amados

Hoy unos griegos quieren ver a Jesús: “Señor, quisiéramos ver a Jesús”. Quieren conocerlo, estar cerca. Casi como si fuera alguien famoso al que uno se acerca a pedirle un autógrafo. Quieren reconocer a aquel del que tanto hablan. A lo mejor desean ver milagros, grandes obras, signos prodigiosos.
 
Es el deseo del corazón ver algo grande. Deseamos ver a Dios en lo extraordinario, allí donde no hay duda de su poder. Tal vez muchos hubieran querido una resurrección así, poderosa, que acabara con las dudas. La duda nos quita la paz. No queremos dudar.
 
Por eso deseamos ver su rostro, sus manos actuando cerca de las mías, pero de forma prodigiosa. Queremos sentir su abrazo y escuchar su voz en el oído, verlo cara a cara y no temer.
 
No nos basta que nos hablen de Él, que nos cuenten sus obras y milagros. No nos basta el poderoso silencio en nuestra oración. Queremos verlo actuando, sirviendo, viviendo. Queremos ver su rostro para creer con más fuerza. Porque pensamos que así nuestra fe será tan fuerte como para mover montañas.
 
El deseo de ver a Jesús lo han tenido muchos hombres a lo largo de la historia. Muchos se quedaron sin verlo. Otros lo vieron, pero su vida no cambió en absoluto, o sólo por un tiempo.
 
Muchos hombres vieron a Jesús cuando recorría los caminos de Galilea y no creyeron. Muchos le vieron hacer milagros. Escucharon su voz poderosa. Pero no fue suficiente. Luego lo vieron morir como un malhechor en un madero, solo, indefenso. Y dudaron. No hubo milagro final. No hubo salvación posible. Regresaron tristes a sus casas. No creyeron.
 
Es verdad que después muchos otros creyeron sin ver. Pero aquellos que habían visto tanto, no siempre creyeron. No basta con ver.
 
Hoy también queremos ver cosas sorprendentes. Queremos ver a Jesús actuando en medio de un mundo que no cree. Un mundo pagano en el que Dios no cuenta, no sirve, no existe.
 
En este mundo Dios actúa, hace milagros, cura, sana, levanta, mueve. Pero no lo ven los ojos. No quieren ver. ¿Hace falta ver para poder seguir? No lo sé. No estoy tan seguro.
 
A veces creemos que si vemos cosas sorprendentes no dudaremos nunca de nuevo. Pero no es cierto. Vemos cosas maravillosas y volvemos a dudar. Surge la duda en el corazón. Nos preguntamos si fue cierto. Temblamos cuando todo se oscurece.
 
El vago recuerdo de lo que hemos visto no nos sostiene. No, no nos basta con haber visto. ¡Vemos tantas cosas todos los días! Y luego las olvidamos.
 
El Padre José Kentenich decía: “Todos los santos han comenzado a aspirar de manera verdaderamente heroica a la santidad cuando se convencieron de que eran objeto del amor personal de Dios[1].
 
¿No les bastó con ver? No. Fue necesario saberse amados. Sentir el abrazo de Dios. Reconocer su amor concreto, personal, puro, poderoso. Ver su mano sosteniendo su camino. Descubrir a Jesús señalando la ruta.
 
En realidad no basta con ver. Ver no nos garantiza la fuerza para cambiar de vida. Para seguir a Jesús no nos basta la mirada. Y es que el hombre no sabe mirar. No sabe ver detrás de la apariencia. Se queda en los fuegos artificiales, en lo que llama la atención. Y luego todo se olvida.
 
Jesús enseñó a los suyos a mirar de forma diferente. El otro día leía: “Jesús tuvo que enseñarles a ‘captar’ la presencia salvadora de Dios de otra manera, y comenzó sugiriendo que la vida es más que lo que se ve. Mientras nosotros vamos viviendo de manera distraída lo aparente de la vida, algo misterioso está sucediendo en el interior de la existencia[2].
 
No basta con ver a Jesús. Hay que mirar más hondo en la vida. Profundizar en el corazón. Vencer las apariencias. Podemos ir más allá de lo que los ojos ven. Mirar en lo más hondo. Mirar lo que de verdad importa.
 
Si miramos así aprenderemos a ver a Jesús oculto muchas veces. Oculto en la carne frágil, herida. Oculto en la vida que no se deja ver.

 


[1] J. Kentenich, Madison 1952
[2] José Antonio Pagola,
Jesús, aproximación histórica
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