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Cuando en nuestro afán por ser fuertes, nos quebramos

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 20/03/15

Podemos perder la capacidad para reconocer nuestra debilidad y pobreza, y mostrarnos débiles es demasiado difícil

Las cosas a veces no salen como queremos. A veces sí. Tal vez nos empeñamos en que todo salga a nuestra medida. Cuando no es así, le echamos la culpa a los otros, a la mala suerte, a Dios.

Queremos que la realidad se adapte a nosotros y no nosotros a ella. Eso es difícil que ocurra. Pero pensamos: ¿No ha de girar el mundo en torno a mí? Esta creencia limitante nos quita la paz tantas veces.

Exclamamos con tristeza: “Están en deuda conmigo. Me deben algo. El mundo me debe algo. Dios me debe algo. Los demás me deben algo”.

Acabo pensando que yo estoy bien y los demás mal. O creo que los demás no son justos y no reconocen todo el valor de mi vida, de mis obras, de mis gestos.

Hay personas que pasan toda su vida esperando a que el mundo los ponga en su lugar. Muchos no llegan a ese lugar soñado. Y aunque llegaran, a lo mejor ya no sería el que soñaban.

Podemos perder la capacidad para reconocer nuestra debilidad y pobreza. Podemos quedarnos en la mala suerte y en la injusticia, quejándonos por la vida que nos toca vivir. Pero no acabamos de asumir nuestra culpa, nuestras torpezas y errores. Eso siempre me impresiona.

Decía el Papa Francisco: “Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos”.

A lo mejor no salvamos a nadie. A lo mejor no es el sentido de nuestra vida salvar el mundo. Más bien el camino que Dios nos ofrece consiste en mostrar nuestra debilidad.

Leía el otro día: “Hablar de la propia vulnerabilidad, mostrarla, es la única forma que consiente que los demás nos conozcan verdaderamente y, en consecuencia, que puedan querernos»[1].

Pero mostrarnos débiles es demasiado difícil. Es abrir la puerta a la crítica y al juicio, al desprecio y al abandono, a la soledad y al rechazo. No queremos ser débiles, no queremos parecer frágiles ni vulnerables.

Por eso, en nuestro afán por ser fuertes, nos quebramos muchas veces. No podemos aceptar nuestras caídas, nuestra debilidad, nuestra torpeza.

Por eso, como leía el otro día, “siempre pensamos que el problema está fuera: la culpa la tiene mi jefe, mi pareja, la situación económica del país. Atribuimos nuestra falta de fe a la mediocridad de los representantes religiosos; el mal funcionamiento de nuestro barrio o ciudad al egoísmo y charlatanería de los políticos; el fracaso de nuestro matrimonio a una tercera persona que se interpuso en nuestro camino»[2].

La culpa está fuera de mí. Si estuviera dentro no soportaría esa situación, no me soportaría a mí mismo. Fuera de mí la responsabilidad. Sin asumir que yo tengo algo que ver en que las cosas no funcionen. De esta forma es más fácil vivir.

Buscamos siempre alguien de fuera, alguien que se haga cargo de mis fracasos y justifique mi mal. Yo sé cómo hacer las cosas. Si no resulta no es mi culpa.

Nos creemos importantes y sabios. Pensamos que sabemos hacer ciertas cosas muy bien y no aceptamos correcciones, críticas, enmiendas, propuestas. No nos gustan los caminos que no hemos propuesto. Nos sentimos siempre evaluados. Como si alguien nos estuviera haciendo examen continuamente y probando nuestra capacidad.

Tal vez nos haga falta tener un corazón más puro: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso».

Un corazón nuevo, renovado, puro, de Dios. Un corazón ingenuo, de niño. Un corazón vulnerable, pobre, menesteroso. El corazón de Jesús es un corazón puro. En Él no hay engaño. Hay nobleza. Hay una mirada pura que sabe ver la verdad de aquel a quien mira.

Mi corazón no es así tantas veces. Ve lo que quiere ver. Se imagina cosas. Sospecha y juzga. No sabe descubrir la verdad y la bondad de los hombres. Tropieza en sus prejuicios, se queda en las palabras. Quisiera tener un corazón puro como el de Jesús.


[1] Pablo D´Ors,
Biografía del silencio
[2] Pablo D´Ors,
Biografía del silencio
Tags:
alma
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