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Chappie y HAL 9000, la inteligencia disfuncional

© Metro-Goldwyn-Mayer
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O por qué al cine de ciencia ficción le sigue fascinando quienes somos, de dónde venimos y a dónde vamos

¿Qué nos hace ser inteligentes? O dicho de otro modo ¿Por qué una singular agrupación de células puede reflexionar sobre el amor, la vida, la muerte, nuestra existencia o sobre el mismísimo Dios? ¿Por qué somos capaces de crear edificios, automóviles, un rayo láser, un hermoso lienzo o una emotiva partitura?

Meditar sobre esa chispa que nos diferencia de un primate ha sido, y continua siendo, una de las reflexiones más apasionantes a las que puede enfrentarse un hombre. El cine, como siempre atento a lo que seduce al ser humano, ha encontrado en los robots la metáfora perfecta para hablar de la diferencia entre “estar y existir”. Para entendernos, una tostadora está pero no existe. HAL 9000, estaba y además existía.

El cine de ciencia ficción, que en el fondo siempre ha ejemplificado la santísima trinidad de la inquietud humana, quienes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, ha prestado una especial atención a ese click que nos diferencia de los animales. Y nada mejor para tratar de aislar esa esencia vital que nos hace ser humanos que rodearlo de metal y titanio para que de este modo destaque por mero contraste ¿Dónde podríamos contemplar mejor la chispa de la inteligencia que en un entorno inerte?

El estreno de Chappie solo incide en una cuestión –la de la inteligencia artificial- que ha sido tratada en infinidad de ocasiones en el cine. Pero tal vez, nunca se ha reflexionado sobre la cuestión y sobre la misma esencia que nos hace ser humanos, sobre quienes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, como en 2001.Una odisea en el espacio. La película de Stanley Kubrick, está basada en el relato de Arthur C. Clark, El centinela.

El film del director de Eyes Wide Shut arranca con la aparición de un extraño monolito cuando el hombre solo era un mono y provoca que los primates descubran la herramienta, una muy especial, un arma.  El monolito en cuestión aparecerá en tres ocasiones y cada vez que lo hace –agárrense a los machos- algo trascendente (en todo el amplio sentido de la palabra) va a ocurrir.

Hemos dicho que la primera vez provoca el descubrimiento de la herramienta, la segunda la inteligencia artificial y la tercera la celestial y definitiva comunión vital entre hombre y cosmos. 2001 se divide en tres partes y será en este último segmento cuando el film más se acerque a la abstracción. Sin embargo, el episodio menos abstracto –al menos en su punto de partida- y más lineal –desde un punto de vista narrativo- es el segmento dedicado a la inteligencia artificial de mano de la celebérrima computadora HAL 9000.

Una estación espacial en el espacio está gestionada por HAL 9000, acrónimo en inglés de “Heuristically Programmed Algorithmic Computer”, es decir “Computador algorítmico heurísticamente programado·. Atención al término “heurísticamente”, resumiendo mucho, cómo inventar, crear y resolver problemas en beneficio propio o del prójimo. Ésta es la finalidad de HAL 9000.

Sin embargo, en un momento dado, y sin mediar explicación, el ordenador central falla y empieza a preocuparse más por sí mismo que por el prójimo. Supervivencia es el primer síntoma “humano” que desarrolla HAL. Como consecuencia, el ordenador central comenzará a tomar las decisiones que más lo beneficien a él como individuo tratando de no despertar ningún tipo de sospecha a su alrededor.

Sin embargo alguien muere, se sospecha que HAL lo ha matado y se decide desconectarlo en una de las escenas más bellas y lacónicas del cine de ciencia ficción. Dave Bowman (Keir Dullea) extrae, en ingravidez, uno detrás de otro, los dispositivos que constituyen el cerebro de HAL. La computadora primero amenaza a Bowman, después le suplica y finalmente delira y muere.

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