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Cómo se llega al cielo

© Datinho1 / Flickr / CC
Cruz
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Ni mi amor ni mi fe: es el amor de Dios el que me salva

A veces estamos convencidos de que son nuestras obras las que nos salvan. Como si nuestros méritos abrieran con fuerza las puertas del cielo.
 
San Pablo nos lo recuerda: “Estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra suya”. Efesios 2, 4-10. No se debe a nosotros. Se debe a su gracia. Estamos llamados a vivir con Él por misericordia.
 
¡Qué paradoja! Dios quiere mi amor. Porque mi amor abre la puerta del amor de Dios para otros, para los que son amados por mí. Pero mi amor, mi capacidad de hacer el bien, el don de entregar la vida, no abre las puertas del cielo.
 
No las abro a golpes de voluntad, a golpes de vida heroica. No soy yo es el que las abre, Jesús las abre para mí. Jesús no se defendió, no hizo nada para salvarse.
 
Hoy miro la cruz y vuelvo a comprender lo importante: El amor de Dios es el que me salva y no mi amor. Su vida entregada es la que me sostiene, no mi fe.
 
Conozco mi debilidad y mi pecado y sé que sin su amor y su fuerza no sería nada y me dejaría arrastrar por la corriente. Es el milagro más sorprendente. El milagro de un amor que se hace hombre para salvar al hombre. La impotencia que nos salva, la muerte que nos da vida.
 
El milagro no es que el ciego vea, sino que alguien a su lado, por puro amor, aparte los obstáculos y le ame en silencio toda su vida.
 
El milagro no es que desaparezca la enfermedad de mi vida, sino que en medio del dolor y el sufrimiento vea cada día el rostro de Jesús en los que me quieren por lo que soy, por gracia, no por mis méritos.
 
El milagro es que aprenda a sonreír en la oscuridad del camino y sea feliz cuando todo a mi alrededor me invita al desánimo. El milagro es el amor que brota del corazón cuando el amado no se merece su amor.
 
El milagro es ese Dios que, en su silencio, me salva cada día y siembra la luz en mi alma. El milagro está en la mirada que es capaz de cambiar la realidad. Como la mirada de esa persona que hablaba así de su padre mayor y enfermo:
 
Está como ausente, pero está ahí, sin mirar, sin oír, pero está. La sensibilidad al tacto es lo último que se pierde. Está presente en el tacto, en el beso, en las caricias, en las montañas de ternura. Eso no muere nunca, enriquece la tierra, la hace fecunda.
 
No sé qué hacer ni qué gritarle al oído, pretendiendo que responda. No tengo que esperar que lo haga. Basta simplemente con sujetarlo al andar y caminar despacio. Abrazarlo y dejarme besar cuando su mano lleva mi mano a sus labios. Y sonreír, aunque ya no me mire”.
 
El milagro del amor silencioso que cuida y aguarda, que espera y calla. El milagro del amor que es gracia. Así es Dios cuidando mi vida.
 
La sensibilidad al tacto es lo último que perdemos. Quiero que Dios me toque cada día, para no olvidar su presencia. Quiero que permanezca callado a mi lado, esperando, cuidando, mirando mi vida. Quiero notar su mano en la mía. Y su voz, aunque no logren oírla mis oídos sordos.
 
Quiero que esté, aunque yo me aleje. Quiero que me vea, aunque yo no lo vea. Sonreírle siempre sin ver su sonrisa. Así es Dios conmigo, cada día, cada noche, me cuida.
 

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