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Escándalos, indiferencia, gracia,… ¿Qué somos hoy los curas?

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Roberto Esteban Duque - publicado el 17/03/15

Pero no. Tampoco es eso. ¿Por qué habría de ser hoy más difícil escuchar la Palabra de Dios que en otros tiempos? No es tan difícil hablar de Dios cuando Él ya está en el alma: “parecería desatino decir a uno que entrase en una pieza estando ya dentro”, dice Teresa de Ávila en El castillo interior.

Dios está aquí mismo. Toda odisea evangélica tiene una finalidad: llegar a donde está. Es inútil, dirá Nietzsche, querer librarse de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática. La misma Marguerite Duras confiesa: “No creo en Dios, pero me paso todo el tiempo hablando de Él”. La novedad del discurso de Pablo está en recordar lo que ya está llenando el corazón del hombre, y que ya está presente y es incluso adorado.

Hoy es el tiempo perfecto para evangelizar sin desanimarse. A Moisés no lo escucha el Faraón ni los hebreos. ¿Y qué? ¿Acaso esa contrariedad es un obstáculo o constituye más bien el marco del anuncio? ¿No somos enviados “como corderos en medio de lobos”? ¿Acaso no encontraremos nuestra fortaleza en la debilidad de la Cruz? ¿No fue Jesús un pobre mudo ensangrentado y flagelado?

Dios ha querido hablar por medio de testigos para cooperar en su vida y en su obra. Somos la venida de Dios en medio de los hombres.La misma persecución, el odio o el martirio, se convierten en espacio del testimonio, en ley constitutiva de la Iglesia. ¿Preferimos el éxito o la verdad?

En realidad, nada hay tan importante como ser santos, sacerdotes santos, cristianos santos: la divinización es nuestra más profunda humanización.

El Evangelio habla de una transformación del hombre, del encuentro con una Persona, de una divinización, del anuncio de la salvación que reclama una santificación, de la confirmación de la fe y del amor, dejando entrar en la vida de cada día la luz de una mirada divina.

No existe ninguna otra nueva evangelización que no descanse en una mayor radicalidad de la vida bautismal, que no proponga la santidad, la fecundidad del ministerio por el servicio y el testimonio, por el amor a Dios y al prójimo, por el ser, con Cristo, palabra viviente y entregada al otro.

Hace tiempo que fracasaron las ideologías del progreso, llevándonos a una conciencia más explícita de la finitud, haciendo así más urgente la vuelta a un “humanismo integral” que sin desertar de lo humano esté dispuesto a dar la vida como la dio Él por nosotros.

Se hace necesario, después de haber experimentado el amor y haberse encontrado con Cristo, entregarse a la misión. No nos pertenecemos. Lo fundamental es la misión recibida, vivir con gratitud, siendo conscientes de haber sido creados por la Palabra y en vistas a Cristo.

Veo pasar mujeres a la iglesia (no es posible hablar bien de Dios si no quedamos convocados por la Cruz fuera de la comunión visible); se adora, celebra y canta. El milagro de nuestra vida precaria nos lleva a la oración y alabanza. El bautizado se acerca, lo puedo ver por la ventana.

Dios quiere hijos, no cumplidores de preceptos, ni clientes o abonados, ni obedientes a curas quizá más alejados de Dios que los propios fieles. Dios quiere nuestra respuesta agradecida de amor, después de habernos dejado alimentar y cribar por su Palabra.

No importa que seamos pocos los obreros de la mies. Ni siquiera bien recibidos. Importa ser santos en nuestro ministerio, seguir al Señor, abrirse cada mañana al misterio del Amor para amar con total seriedad a quienes Él nos confía. Entonces, el corazón se transforma: “Ya ves, Madre, como hago nuevas todas las cosas”.

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sacerdotesantos
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