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Lo hay que hacer para ser feliz

Silhouette of a beautiful woman at sunset - © Dennis van de Water / Shutterstock

Silhouette of a beautiful woman at sunset in national park Kootwijkerzand in the Netherlands

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Feliz el que busca dar la vida sin esperar nada a cambio, el que acepta con una sonrisa la cruz que carga...

La felicidad se logra cuando no se persigue obsesivamente, cuando dejo de estar yo en el centro pretendiendo que el mundo gire en torno a mí.
 
La felicidad es el aroma que desprende nuestra vida cuando estamos construyendo un gran sueño aunque cada día, en nuestro trabajo pequeño, parezca que sólo estamos poniendo pequeñas piedras insignificantes, sin valor.
 
La felicidad se hace fuerte desde la libertad, cuando asumimos libremente compromisos que nos permiten crecer. Porque es más feliz el que opta, el que elige, el que se compromete con la vida.
 
¡Qué importante educar el corazón para la vida, para la generosidad, para la entrega! El que guarda pierde. El que da sale ganando. ¡Qué importante quitar el yo del primer plano y colocar el tú en el centro!
 
Dejar de pensar en nuestros deseos y tratar de amar con libertad a los que Dios nos regala para recorrer el camino. Servir y no desear continuamente ser servidos.
 
Feliz el que ve a Dios en su vida, y lo ve como un Padre que cuida su camino. Feliz el que se convierte en pacificador, siembra unidad, construye desde la renuncia.
 
Feliz el que busca dar la vida sin esperar nada a cambio, sin pretender que los demás aplaudan su gesto. Feliz el que vive su vida mirando a Jesús, su rostro, siguiendo sus pasos, amando como Él nos ama.
 
Feliz el que no lleva cuenta del mal que recibe ni del bien que hace. Aquel que no sabe contar. Jesús tampoco sabía. Feliz el que no envidia lo que no tiene y no se empeña en lograr lo que es imposible.
 
Feliz el que acepta con una sonrisa la cruz que carga, la besa y la cruz le bendice en el camino. Feliz el que sostiene al que sufre en su dolor, alegra al que está triste, y da su vida para salvar a muchos.
 
Feliz el que mira con pureza la vida de los otros, no la juzga, no la condena, no la critica en su corazón. Feliz el que se alegra con todo lo que tiene, no espera más de lo que puede y no desea lo que no le conviene.
 
Feliz el que sabe amar como Jesús ama. Sin límites, hasta el extremo. El que se abraza a su Padre cada mañana y sonríe.
 
Feliz el que se levanta cuando cae y no se justifica, no echa la culpa a Dios o a las circunstancias, no recrimina a los demás la falta de preocupación por su vida.
 
Feliz el que abraza sin esperar ser abrazado. El que sonríe sin esperar sonrisas. El que sana sin querer ser sanado. Aquel que escucha cuando quiere hablar. Y habla cuando prefiere el silencio.
 
Feliz el que sonríe en medio de la tormenta. Y no deja de caminar aunque pese el cansancio. Feliz el que ensalza a los que le rodean. Ama con un amor que enaltece. Y ve a Cristo oculto en tantos rostros.
 
Feliz el que descubre el sentido de su vida. Lo que tiene que hacer para ser más hombre. El que entrega su renuncia con humildad, sin creerse importante. Feliz el que no sueña con cargos ni con títulos. El que no busca su fama en todo lo que hace.
 
Feliz el que pierde sin temer el vacío. El que no retiene el amor que le ofrecen. El que no encadena a los que lo han amado.
 
Feliz el que sabe renunciar a sus sueños. Por amor, por obediencia. El que acoge con una sonrisa el dolor de la ausencia. Y sabe echar raíces allí donde se encuentra. Feliz el que más ama, al que más le perdonan. Feliz el que sonríe, espera y confía.
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