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Parar para descansar

© Nathan O'Nions

Gaudium Press - publicado el 13/03/15

Parar para meditar, para restablecer el contacto con los valores supremos, para recordar para qué vivimos, porqué luchamos

En la práctica psicológica con frecuencia se constata que no sólo son los hechos que vivimos, sino particularmente la interpretación que damos a esos hechos, lo que causa el agrado o el fastidio.

Alguien puede ir en el mismo trasporte urbano irritado porque hay demasiados pasajeros, o contento porque está teniendo la ocasión de contemplar un maravilloso atardecer. Alguien sentado en un buen auto puede estar molesto porque aún no tiene tal confort, mientras que otro en el mismo vehículo piensa alegre en la interesante trama de un libro que está leyendo, mientras esquiva alguno que otro bache o sortea un no fácil tráfico.

Es claro que todos los días tendremos «x» número de acontecimientos no propiamente agradables, que tienden a ocupar nuestro espacio mental y sensible tornándonos la vida pesada, tediosa, hasta ‘insufrible’. Es por ello necesario que tengamos constantemente la intención de abrir nuestros espíritus a la consideración de los horizontes y los temas elevados, que traigan ‘oxígeno’ al corazón, que sean como una ventana al cielo especialmente para los momentos de aflicción.

Las dificultades propias de las grandes ciudades, en las que se corre a toda hora, fácilmente hacen que olvidemos la necesidad de la meditación, de la reflexión, de la contemplación. Se corre para ir al trabajo, se corre en el trabajo, se corre para aprovechar algún espacio y atender tal cita, para pagar tal cuenta, para hacer tal otra cosa y al final del día, exhaustos, no son pocos los que dedican los pocos preciosos minutos de su tiempo libre a «seguir corriendo» con tal película de acción, o viendo tal ‘thriller’ de tensión, excitante.

Con frecuencia las personas que corren, lo hacen a sobresaltos. Son personas que si llevasen un ritmo no agitado pero constante, rendirían mucho más en sus oficios y en todas sus labores.

Entretanto, es importante que en los momentos de descanso, por ejemplo, le demos un tiempo al buen «sueño», fruto de la sana imaginación, momentos estos en los que las tensiones propias del día cedan el espacio a la distensión de un sano deleite, a un ‘uso’ relajante del alma. Por ejemplo, la lectura de un clásico de la literatura, puede ser la ocasión de viajar en espíritu a otros ambientes de otras épocas, donde brillaba particularmente el donaire, el ameno trato, los frutos de la cultura. Esos momentos pueden ser la ocasión incluso de seguir con placer una ilustrativa trama de intriga literaria, de la que no saldremos con los nervios aún más «de punta».

Al hombre moderno mal acostumbrado a la pasividad de las imágenes aceleradas de la televisión, no le es fácil usar su imaginación para recorrer por ejemplo los salones y los múltiples y ricos personajes de «Guerra y Paz» de Tolstoi. Pero con cierta práctica, y algo de esfuerzo, aún el hombre de hoy podrá caminar las páginas de un buen clásico imaginando o inclusive mejorando los protagonistas, los ambientes, aprendiendo junto a los grandes autores de lo que es la psicología humana, de historia, de las costumbres de los diferentes pueblos. Y si hay que consultar el diccionario de cuando en vez, pues no será tiempo perdido sino bien «invertido».

Pero también puede ser posible al final de las labores del día ir a una iglesia, mejor si ésta es especialmente bella -y sin otra intención diferente a la de dejarse bañar por la presencia del Santísimo y de todo el ambiente sobrenatural- permitir a Dios manifestarse con alguna gracia, que nos recuerde su bondad, la necesidad que tenemos de Él, de su Providencia Divina, de la intercesión de su Madre Santísima, de pensar constantemente en Él.

Parar para meditar, para restaurar, para restablecer el contacto con los valores supremos, para recordar para qué vivimos, porqué luchamos. Para sentir que la vida tiene sentido, cuando se piensa en Dios. Cuando se hace esto, los inconvenientes de toda vida no terminarán amargando la existencia.

Por Saúl Castiblanco

Artículo originalmente publicado por Gaudium Press

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