Aleteia

Kingsman: «La armadura no hace al caballero»

Comparte

Una moderna historia inspirada en los caballeros de la Mesa Redonda

Esa cita podría resumir a la perfección parte del mensaje que transmite la última película de Matthew Vaughan, puesto que el protagonista, un joven de extracción humilde, casi un descastado al borde de la delincuencia y la marginalidad, consigue redimirse convirtiéndose en un hombre de honor y un perfecto caballero.
 
No es, con todo, un zoquete inculto puesto que ante la condescendencia de su preceptor para presentarle un modelo subcultural que explique lo que se propone conseguir de él reconduciendo sus hábitos es capaz de devolverle inocentemente la pelota, y ante las referencias a "Pretty Woman" es capaz de referenciar al clásico George Bernard Shaw al exclamar "ah, como en My fair lady".
 
Es decir, partimos de una buena base, que quizá sea siempre un requisito de considerable importancia para emprender cualquier reto. Y es que el protagonista es hijo de un bravo integrante de una unidad de élite que fue capaz de sacrificar su vida para salvar la de sus compañeros de pelotón por el procedimiento de arrojarse sobre una granada a punto de estallar.

Y ojo que el trasfondo es que quizá esos valores vayan incluidos en la impronta genética, como veremos. Posiblemente este grupo de caballeros modernos, que replican la Tabla Redonda (luego vamos con este asunto), consiguió tal nivel de desapego a la propia vida y tan alto sentido del deber y del honor que el único mérito del fallecido padre del protagonista fue ser el que estaba más cercano al explosivo, entendiéndose que cualquier de los demás compañeros habría hecho lo mismo de ser él quien estuviese en tan "privilegiada" situación.
 
Uno de los compañeros que salva su vida contrae una deuda de honor con el sacrificado compañero y como muestra de gratitud contribuye a salvar el cuello, años más tarde, del joven hijo del difunto ante un problema con las autoridades, y a partir de ahí comienza ese proceso de salvación de quien demuestra un potencial y quien parece llevar en su interior el germen de un honor, una fidelidad y un espíritu de sacrificio que quizá en los tiempos que corren sean de todo menos habituales.
 
Como no puede ser de otra forma, se sigue la estructura clásica de ese "viaje del héroe" que proponía Joseph Campbell en el que guiado por un tutor (llámese Obi Wan Kenobi o Dumbledore) el joven descarriado (sea granjero o sobrino huérfano criado por sus tíos) y descastado abandona el mundo ordinario (en este caso los bajos fondos británicos de viviendas modestas, clónicas, sucias y proclives a la violencia doméstica y el alcoholismo) y se sumerge en el mundo extraordinario, que en este caso no es ni una batalla intergaláctica ni una escuela de magia, sino el legado de los sastres más exquisitos del Londres postvictoriano que, herido el Imperio por la pérdida de una generación de jóvenes, dedicaron su esfuerzo, compromiso y sobre todo fondos, ingentes fondos, a formar una agencia secreta capaz de evitar que el mal vuelva a golpear a la civilización.
 
El anecdotario nos cuenta que Mark Millar (guionista autor de cómics como "Kick Ass" o "The Ultimates") y Matthew Vaughan (director de "Kingsman" y también de la adaptación al cine de "Kick Ass" o de la muy estimable "X-Men: primera generación") tuvieron la idea que originó "Kingsman" conversando tras el estreno de una de las nuevas películas de James Bond con Daniel Craig como agente con licencia para matar. Pensaban que aún no se había rodado la película que abordase el tema de la creación de un agente especial a partir de un adolescente sin faltar al respeto intelectual de espectadores jóvenes y adultos (quizá un intento más o menos acertado y en absoluto vergonzante sea "Agente Cody Banks"). Y vaya si han demostrado que se podía hacer una película que cumpliera esas premisas. No sólo una película sino que el éxito del film ya ha conseguido que comience a hablarse no sólo de secuela sino incluso de franquicia.
 
Y es que el universo de los kingsman bebe de una fuente inefable de rectitud, aventuras, honor y rectos principios de protección e igualdad: la saga artúrica. No sólo los kingsman se reúnen (aunque sea virtualmente) en torno a una mesa (aunque no sea redonda) sino que su líder se llama Arthur y algunos de sus miembros tienen como nombres en clave Lancelot, Perceval o Galahad.
 
El mito que vincula el esplendor del perdido Imperio romano con el brumoso origen de la protocorona británica es la excusa perfecta para reunir a hombres de honor que luchan contra el mal entregando lo mejor de sí mismos (hasta la vida, si fuese menester) por un ideal de paz que les lleva a la generosidad y el sacrificio… aunque como todas las buenas acciones en la vida tienen su recompensa final (con erótico resultado, que diría Homer Simpson) y como todas las misiones de James Bond, innegable referente omnipresente en "Kingsman", aunque sin llegar a la parodia, porque como dicen hasta en dos ocasiones a lo largo del metraje "esta es otra película".
 
 

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.