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¿Dios se enfada conmigo?

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Es más fácil entender el enfado de Jesús en el templo después de su resurrección

 
Quizás, como nosotros, la primera fe es inmadura. Decimos: «Creo, Señor, porque te he visto hacer grandes signos, porque conviertes mi agua en vino». Pero en el camino de la fe, después de creer, viene de nuevo la duda, el no ver, el no comprender. ¿Por qué sufren los que amo? ¿Por qué sufro? ¿Dónde estás, Señor, cuando te necesito?
 
Ese camino de la fe va desde Caná, el primer milagro de Dios en mi vida, hasta la cruz, hasta la resurrección. Pasa por momentos de pérdida, de fracaso, de dolor, de enfermedad y soledad, de sinsentido, donde Dios me sostiene. Donde Jesús, en la cruz, me mira y me abraza.
 
Y un día comprenderé algo de mi historia, una palabra grabada, una persona que me marcó. ¿Qué es lo que guardo dentro de mí que aún no comprendo? Es en ese nudo donde Jesús quiere estar. Y un día, recordaré algo que sentí en mi corazón y que había olvidado. Como los discípulos.
 
Entonces, creo. No con la fe de los milagros, sino con la fe probada que ha seguido a Jesús por los caminos. Le entrego lo que tengo, lo que soy, mi cruz, mi vida. Él me ha dado la suya. Él dejó romper su templo por amor, se partió en el pan, se derramó en el vino. Su costado fue atravesado.
 
El templo se destruyó. Y fue restaurado de nuevo, porque nunca me deja solo. Recuerdo cómo sus brazos me sostuvieron en momentos difíciles, cómo me alegró la vida a través de tantas personas. Lo miro. Y creo.
 

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Tags:
evangelio
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