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¿Dios se enfada conmigo?

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Es más fácil entender el enfado de Jesús en el templo después de su resurrección

 
Jesús mira lo verdadero del hombre, no la apariencia. Mira la sed, no el cumplimiento. El hombre que se reconoce pequeño y que es capaz de mirar a Jesús con ojos limpios; ante Él Jesús se conmueve, y no pide, sólo da.
 
Para el hombre que cree que lo sabe todo, que ya conoce a Dios y no tiene nada que aprender, Jesús es una amenaza. A veces nos pasa. Me cuesta que rompan lo que ya tengo controlado. Mi zona de confort, al ámbito en el que me admiran. Lo que siempre he hecho.
 
A Jesús le cuesta que manipulen a Dios para los propios intereses. Jesús se enfada en el templo. Pero no ante las prostitutas, ni ante los romanos, ni ante los gentiles y pecadores. 

Conocemos su misericordia, su mansedumbre y esa mirada suya que sana el corazón. Nos cuesta más la mirada de hoy dura y firme. Esos gestos bruscos derribando los puestos de los cambistas. Esa voz fuerte queriendo apartar del templo lo que no es de Dios.
 
Esa reacción contenida surge en el corazón de Jesús al ver la cerrazón del corazón del hombre. Al verlo sus discípulos comentan: «El celo de tu casa me devora». Su pasión es inocente, brota de un amor más grande por el hombre. Brota del amor profundo a su Padre.
 
No se parece a nuestra ira descontrolada, esa con la que hacemos daño a otros. Jesús no actúa así. Sólo se preocupa por limpiar la casa de Dios. Jesús está lleno de fuego y fuerza, de amor y pureza. A veces en nuestra vida nos tocará reaccionar así, como Jesús hoy. Con fuerza, con determinación. Sabiendo que hacemos lo que Dios nos pide.
 
Pero le pedimos a Dios que nunca el odio y la ira nublen nuestro corazón. Y que nuestra reacción firme vaya acompañada de una profunda mirada misericordiosa como la de Jesús.
 
Juan es el único evangelista que sitúa este pasaje al principio del Evangelio. Los sinópticos lo sitúan los días anteriores a la muerte de Jesús. Probablemente fue así, ya cerca de su pasión, en sus últimos días en Jerusalén.
 
Juan parece querer desvelar pronto el misterio de Jesús. Nos quiere mostrar quién es este hombre al que ama tanto, el que acaba de hacer su primer milagro en Caná.
 
Porque Jesús, en este momento, va más allá. No sólo echa a los mercaderes porque profanan el silencio y lo sagrado del templo. Jesús siempre sorprende, más cuando habla de sí mismo. Dice que Él mismo es el templo, donde habita de forma única el Padre. El lugar sagrado de Dios en la tierra.
 
Su corazón es el hogar de Dios. Sus palabras de misericordia y perdón son las que Dios pronuncia al hombre. Sus ojos son la mirada de Dios sobre la tierra. Sus manos humanas son las manos de Dios acariciando al hombre dolorido.
 
Sus pies descalzos son la certeza de un Dios que pisa a nuestro lado en el camino. Su cuerpo es el templo santo. Un templo que se deja tocar, un templo que se dejará romper.
 
Juan mira a Jesús. Hoy, Jesús habla de algo que nadie entiende. Pero que Juan, y los apóstoles guardaron. ¿Qué querría decir Jesús con que destruirá el templo y lo construirá en tres días? Ellos no juzgan, simplemente no entienden, y lo guardan todo en su corazón.
 
Tienen miedo a perderlo. Prefieren guardarlo en silencio y seguir disfrutando de la compañía de su Maestro. Algún día lo entenderán. Al final de la historia comprenden ese momento en el que Jesús desvela algo de su misterio.
 
La resurrección es la luz que hace que pasajes o palabras que no comprendieron encajen: «Cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús».
 
Volvieron a ese momento en que Jesús se enfadó, a ese momento en que Jesús habló de un templo que iba más allá de unas piedras. En que habló de Él. En el pasaje de Caná acaba de decir que sus discípulos creyeron en Él por el milagro. Ahora Juan nos dice que cuando se acordaron, creyeron. Las dos veces nos dice que creyeron.

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Tags:
evangelio
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