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¿Dios se enfada conmigo?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 08/03/15

Es más fácil entender el enfado de Jesús en el templo después de su resurrección

Hoy nos sorprendemos ante la ira de Jesús: «Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas».

Esta reacción de Jesús siempre nos cuesta. Estamos acostumbrados al Jesús paciente y humilde, al hombre manso y silencioso, pobre y pacífico.

Jesús perdona a Pedro sin decirle nada, perdona al buen ladrón con la promesa de paraíso, levanta del suelo a la mujer adúltera, se invita a casa de Zaqueo. Se deja tocar, avasallar. Comparte con cualquiera la mesa y mira con ternura a los más pobres, a los frágiles, a cada hombre. Consuela a los que lloran y se rodea de pecadores y hombres débiles.

No conocemos a Jesús enfadado, fuera de control. ¿Por qué se enfada hoy? Me impresiona mucho este momento. Lo cuentan los cuatro evangelistas. Jesús se muestra firme. El que perdona a prostitutas y publicanos, se muestra hoy duro. El que habla con la mujer samaritana, y le pide de beber, se muestra hoy enfadado. ¿Por qué?

Pedro le negó tres veces, y sólo recibió su mirada de amor. Frente al pecador, Jesús fue misericordioso. Perdona, consuela, bendice. Incluso hacia publicanos y recaudadores de impuestos tiene palabras de ternura. Llama a todos, come con cualquiera, cree en cada hombre.

Creo que Dios nunca se enfada conmigo. Yo con Él sí. Pero Él conmigo no. Siempre me espera y me abraza, me levanta si caigo, me perdona cuando repito el mismo pecado, si me postro ante Él, impotente y necesitado. Me ha esperado siempre, mis tiempos, mis idas y mis venidas, mis dudas.

¿Por qué se enfada hoy Jesús? Hay una cosa le cuesta a Jesús. Frente a lo que se siente impotente. Ahí fracasó. Es en el ambiente religioso donde Jesús a veces encuentra un muro. No es con los gentiles, ni con los samaritanos que tienen otro templo. Es entre los más religiosos. ¡Qué paradoja!

Los que le esperan desde siempre pero no saben verlo, porque sólo se ven a sí mismos. Jesús se sentía bien con cualquiera, no creyente, pecador, enfermo, romano, publicano, gentil, pobre. Y a veces, en el ambiente más religioso, se ahoga. Cuando hay dureza y soberbia.

Jesús mira el corazón y ve la incapacidad de algunos de abrirse a lo nuevo, la dureza, la seguridad en la posesión de la verdad. Ya lo saben todo. No necesitan nada nuevo. Han llenado su vida de dogmas y normas.

En otra ocasión mostró también su enfado estando en la sinagoga de Cafarnaúm. Cuando los fariseos pretendían que no curara en sábado: «Y mirándolos en torno con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones dijo a aquel hombre: –Extiende la mano. El hombre la extendió, y la mano le quedó sana». Marcos 3, 5.

Jesús sufre con la dureza de nuestro corazón que puede impedir el bien, el amor. Lo mismo sucede hoy en el templo. El templo donde fue desde niño con María y José, donde por primera vez a los doce años sintió que pertenecía, donde cada Pascua sube a recordar el paso de Dios por su pueblo y a orar.

El templo es usado y rebajado a un lugar de negocios. ¡Cuánto nos cuesta que toquen lo que más amamos! Nuestro lugar, nuestra casa. Nos duele cuando alguien se mete con la persona a la que amamos, con nuestra familia. Porque tocan lo más sagrado.

Jesús se sintió un extraño en el templo. El templo es lugar de oración. Sólo se implora y se entrega. Jesús expulsa a quienes se aprovechan de lo sagrado. Quieren contabilizar la gracia. El amor a Dios es gratuito y el amor de Dios es incontable.

Han profanado lo más sagrado y sufre en su interior. Es verdad que la ley permitía la venta de palomas y otros animales para ofrecerlos en sacrificio. Pero habían sobrepasado los límites. ¡Cuántas veces se sentiría impotente para cambiar a los hombres!

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evangelio
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