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8 de marzo: el drama de la mujer en el mundo hispano

Mujer y derechos

© Luis Alejandro Bernal Romero / Flickr / CC

Mujer

Feliciana Merino Escalera - publicado el 08/03/15

Es cada mujer la que debe tener su voz propia para seguir la vocación a la que se sienta llamada

Siempre se puede decir que cada mujer es un mundo y que no hay esquemas ni explicaciones que contengan los suficientes matices como para recogernos a todas, pero yo, personalmente, me descubro con frecuencia intentando desarrollar todas las tareas de mi vida (en el ámbito laboral y en el hogar, pero sobre todo en este último) temiendo en demasía el juicio ajeno.

Tanto es así que, ahora que necesito una persona que me ayude con las tareas del hogar, me veo muchas veces ordenando la casa y hasta limpiando algún rincón la tarde anterior a que venga la "asistenta", por temor a que piense mal de mí.

Tal vez resulte un poco ridículo y tenga que ver con que he recibido una educación de un determinado estilo, pero lo cierto es que cuando me di cuenta de que hacía esto también me sentí mujer, y aun así orgullosa de serlo.

Hoy que es 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, y ya que los medios de comunicación nos prestan algo más de caso, no perdamos la ocasión de celebrar los éxitos conseguidos en el reconocimiento de la dignidad de las mujeres.

También, de atender y denunciar aquellas situaciones en las que todavía hoy el simple hecho de ser mujer acarrea un terrible destino de maltrato, abusos y vejaciones. En particular quisiera centrar mi atención en cuál es el estado de los derechos de la mujer en los países de habla hispana.

Nuestras sociedades arrastran en su interior una serie de importantes fracturas: la que separa a las masas pobres, a la pequeña pero emergente clase media y a aquellos que gozan de una situación acomodada; la brecha social y cultural entre el campo y la ciudad y, también, las importantes diferencias culturales y políticas entre países e incluso entre regiones.

Dentro de este contexto creo detectar tres visiones de la mujer que compiten por ser predominantes en según qué zonas geográficas o estratos sociales.

Por desgracia todavía en muchos lugares, sobre todo en las áreas más desfavorecidas como las villas-miseria argentinas, las favelas brasileñas, los "precarios" mexicanos o las chabolas españolas, y también en muchas áreas agrícolas, existe un machismo terrible y poderoso.

Un machismo brutal que no reconoce el valor de las mujeres y las concibe a plena disposición del varón en todas las esferas de la vida, también en la sexualidad. El hombre, sin embargo, es independiente, no se liga emocionalmente con una sola mujer y no es responsable de los frutos de sus múltiples aventuras.

La consecuencia de esta actitud es una fuerte discriminación hacia las mujeres que se refleja en un cuadro de violencia doméstica, maltrato, abuso físico, psicológico y sexual, en tantas ocasiones desde muy temprana edad y dentro del propio seno familiar.

Se trata de una situación que encierra y somete a la mujer sin que logre encontrar una salida. Muchas veces ni las instituciones sociales ni el Estado logran ser una ayuda efectiva ante estas realidades, porque tropiezan con la barrera de que el entorno de la mujer comparte esta misma mentalidad.

El extremo más inaceptable es el fenómeno de la trata, que sigue siendo una corrupción desgraciadamente muy extendida en nuestros países y que habría que erradicar de manera fulminante.

Las comunidades más aburguesadas y cultas mantienen otra comprensión de lo femenino que es, sin lugar a dudas, un avance respecto a un machismo desencarnado. Es lo que se ha venido a denominar "familia tradicional", y de cuya invención se ha querido responsabilizar, equivocadamente, a la Iglesia católica (como ya he señalado en otros textos).

En realidad se trata de una concepción burguesa que intentó fijar unos roles para el hombre y la mujer por conveniencia económica en un determinado momento de la historia y que, eso sí, en muchos sectores de la Iglesia se ha asumido sin suficiente reflexión.

Este modelo es de sobra conocido: parte de una distinción neta entre la vida pública y la vida privada y de afirmar que la mujer tiene una vocación exclusiva a esta última. Se necesitaba que el hombre dedicara su tiempo y esfuerzos a lo productivo y para ello otra persona, la mujer, tendría que ocuparse de lo reproductivo, es decir, del cuidado de los hijos.

Es absurdo negar que muchas mujeres pueden sentirse cómodas en el papel que aquí se les asigna, y tienen todo el derecho a ello, pero no puede considerarse ni mucho menos universal.

La tercera visión de la que vamos a hablar es defendida por aquellos que se consideran progresistas, si bien su origen es marcadamente economicista y neoliberal, intentando reproducir en los países latinoamericanos el modelo igualitarista desarrollado en España y en el resto de Europa durante las últimas décadas.

Según esta perspectiva es inaceptable que se niegue a las mujeres la posibilidad de participar en la vida social, política y económica bajo el pretexto de protegerlas con una interpretación paternalista de la familia.

De esta forma la mujer, entendida ahora como sujeto individual, queda sola frente a una estructura social construida durante siglos por hombres y para hombres, basada en criterios de poder y competitividad sostenidos por varones que permanecían despreocupados de su hogar y progenie.

Si la mujer quiere sobrevivir y prosperar en este ambiente se ve obligada a asumir modelos de comportamiento y de relación con la realidad androcéntricos. Tendremos que decir aquí lo mismo que señalábamos antes: habrá mujeres que deseen jugar en este terreno y que deseen además hacerlo con estas reglas impuestas, pero no vemos la necesidad de obligar a todas a adaptarse -otra vez- a los discursos ideológicos que el poder quiera imponernos.

Si miramos este panorama no nos queda más remedio que reconocer que queda mucho camino por andar y que, mientras luchamos por liberarnos definitivamente del machismo más insensible, no todos los pasos que hemos dado han tomado la mejor dirección.

¿Insistiremos en construir más y más modelos ideológicos abstractos antes de darnos cuenta de que es cada mujer la que debe tener su voz propia para seguir la vocación a la que se sienta llamada?

¿Podremos elegir cómo queremos vivir y realizarnos como mujeres, sin sentirnos aplastadas por el juicio de aquellos (y aquellas) que creen saber ya lo que somos y deseamos, y que parecen no conocer otra forma de ayudarnos que obligarnos a volvernos "otras"?

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