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¿Sabes reír de verdad?

© Katie Thomas / Flickr / CC

Niña

Carlos Padilla Esteban - publicado el 07/03/15

Educar el corazón es fundamental para aprender a reír; si lo olvidamos de ello, iremos demasiado serios por la vida, demasiado angustiados

Me gusta la alegría y no tanto el llanto. Me gustan las carcajadas y la sencilla sonrisa. Aunque es cierto que admiro y me conmuevo ante las lágrimas profundas, esas lágrimas verdaderas que me acercan tanto a Dios.

Pero prefiero sonreír y no enfadarme. Reírme de mí mismo, aunque me duela el orgullo. Y aprender a reír cuando otros se ríen. Alegrar las vidas tristes, cuando parece perdida la ilusión. Dar esperanza en el llanto, mirando por una ventana. Inventarme risas cuando no las tengo, desempolvándolas de dentro del alma. Alegrar la vida cuando no haya salida.

Me da miedo perder la sonrisa ingenua y pura. Vestirme de seriedad para parecer importante, más maduro. Me da miedo no reírme con las cosas tontas, pequeñas, ridículas. Me da miedo tomarme demasiado en serio, levantando un muro que proteja el alma de cualquier ofensa, de cualquier trastorno.

Me da miedo no hacer reír a nadie con mi risa, perder el humor, andar cabizbajo. Me da miedo perder la libertad para sonreír a todo el mundo. Y reírme a carcajadas cuando otros están serios. Quiero inventarme chistes que alegren el camino. Poder ser yo mismo en muchos sitios, sin temer lo que otros piensen.

Me da miedo dejar de alegrarme con la vida de los otros. Sin caer en la envidia, sin ser egoísta. Alegrarme con los éxitos de los que me rodean, aunque yo no los tenga. Alegrarme con sus vidas llenas de vida cuando la mía esté ya algo caduca y seca.

Me da miedo perder la capacidad para hacer reír a las personas en momentos de tristeza. Me da miedo llegar a pensar que mi vida es importante y no hay tiempo para las cosas intrascendentes.

Me daría miedo llegar a pensar que no hay tiempo para la risa, para lo lúdico, para lo divertido. Me daría miedo estar demasiado ocupado, sin tiempo. Vivir amargado pensando mal de otros, atascado en mis críticas, obsesionado con una vida muy importante.

La alegría es fundamental para la vida. Abre el corazón de los hombres, como decía el Padre José Kentenich: «Una actitud fundamental de alegría es la llave para penetrar en el corazón del hombre. La persona captada por la alegría tiene en su bolsillo la llave del corazón de los hombres. Tiene la varita mágica que descubre y hace fluir la fuente misteriosa y profunda en el alma de su prójimo»[1].

Pienso que Jesús rió muchas veces. Tendría una varita mágica. Su risa no aparece en el Evangelio. Sólo aparece que alguna vez se enfada y se llena de ira. Pero sólo porque le duele la dureza de los hombres que parecen obstruir con su falta de fe y egoísmo la misericordia de Dios.

Tal vez los primeros cristianos no pensaron que fuera tan importante contar lo más evidente en la vida de Jesús: su alegría. No escriben cuándo reía con sus amigos, o cuándo les hacía bromas, o le hacían bromas a Él.

Se reiría de sí mismo, de su inocencia e ingenuidad. Se reiría de ser tan bueno y pensar siempre bien de las personas. Se reirían con sus comentarios inocentes.

Algunos querrían hacerle entender que la vida era más seria, y la gente más mala, menos pura, menos ingenua. Como aquel fariseo que le invitó a su casa a cenar y no entendía cómo no echaba a la mujer que le limpiaba los pies con su cabello y su perfume.

Jesús no les creería, porque Él leía el alma de las personas y conocía la pureza del corazón. Sabía que allí, en lo hondo del alma, en medio de una tormenta de sentimientos contradictorios, al buscar entre el bien y el mal, encontraría siempre más luz, mucha más vida y esperanza. 

Me gusta pensar en la risa de Jesús. Ver su risa franca, abierta, libre. Su risa en el hogar de Nazaret, con su Madre, con José. Me gusta pensar en su mirada llena de luz y claridad. Quiero aprender a reír de verdad como lo hacía Él, con toda el alma. Sin poner barreras. Sin miedo.

Me gusta la alegría de los corazones puros. Creo que educar el corazón es fundamental para aprender a reír. Si nos olvidamos de ello, iremos demasiado serios por la vida, demasiado preocupados y angustiados.

¿Me río con facilidad? ¿Sonrío con frecuencia? Necesitamos reírnos más, con más ganas. Reírnos de nosotros mismos, de nuestra propia vida.


[1] J. Kentenich,
Vivir la alegría
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alegriavalores
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