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​Con el paso de los años, ¿he mejorado o he perdido?

© ANGELOUX / Flickr / CC

Manos

Carlos Padilla Esteban - publicado el 06/03/15

Ojalá sigamos luchando por cada bola, como cuando éramos jóvenes, sin dar nunca nada por perdido

El otro día comentaba en un retiro que creo que, con el paso de los años, somos mejores. El tiempo nos hace más maduros, nos hace más humanos, más frágiles al haber sido heridos por la vida.

Es cierto que a veces pensamos que no es así. Que no somos tan inocentes como cuando éramos jóvenes. O hemos perdido el fuego de la juventud que nos hacía soñar con las alturas. Puede ser que los años nos hayan quitado frescura, pureza, incluso verdad. No lo sé, puede suceder.

Tal vez los años a veces desgastan el alma. Y hacen desconfiados a los que confiaban. Tristes a los alegres. Rígidos a los flexibles. Puede cerrarse el corazón del que antes amaba. Y oscurecerse la esperanza del que tenía una mirada optimista. No lo sé.

Me gustaría pensar que siempre crecemos, en lugar de menguar. Y que somos mejores en lugar de pensar que hemos perdido algo con el desgaste de la vida. Pero puede que tengan razón los que creen que han perdido algo con el paso del tiempo. No lo discuto.

A mí me gusta más creer que los años nos dan madurez y humanidad. Nos acercan más a la verdad que somos. Nos hacen más realistas sin perder nuestros sueños. Nos llevan a confiar más en las personas, aunque nos hayan fallado. Nos hacen ver con claridad nuestras fortalezas y debilidades.

Prefiero creer que nos admiramos más ahora que antes. Que nos gustamos con nuestras torpezas, sin amargura. Que nos amamos más que cuando éramos jóvenes, cuando éramos más inmaduros. Más y mejor.

Creo que los años nos pueden hacer más sensibles en las palabras y en los gestos. Menos egoístas. Igual de soñadores, o tal vez más. El tiempo nos habrá hecho llorar y reír. Ojalá sigamos luchando por cada bola, como cuando éramos jóvenes, sin dar nunca nada por perdido.

Tal vez los años nos han hecho más realistas con la vida, sin creernos mejores que los otros. A lo mejor nos confundimos tanto como antes y nos seguimos topando con nuestra herida abierta. No sabremos decir cuánto hemos crecido. A lo mejor tampoco en qué aspectos.

Tal vez el tiempo nos haya quitado el miedo a luchar y a arriesgar. No sé si tendremos más o menos que perder si perdemos. Pero a lo mejor somos más libres que antes. Puede que el tiempo nos haya enseñado a saber bien lo que queremos, y lo que no deseamos. A lo mejor nos cuesta más que nos quieran organizar la vida y el futuro.

No sé si nos veremos más viejos, pero espero que no más cansados. Más frágiles, pero no más caducos. Más sensibles, pero no más necios. Más heridos, porque a veces la vida hiere, pero no más rencorosos.

Tal vez hayamos comprendido que la vida es un don que cuidamos con manos torpes. Sin exigir nada. Ojalá sepamos para qué valemos y para qué cosas somos realmente torpes. Me gustaría que todos pudiéramos decir que hemos luchado por ser mejores. Que lo hemos intentado una y otra vez.

A lo mejor el tiempo nos ha hecho descubrir que una caricia, un abrazo, un beso, valen más que muchas palabras de cariño. Y nos hemos convencido del valor de dar la vida cada día en cosas que, aparentemente, no cambian el mundo. Cosas pequeñas. Y hemos descubierto el valor de lo ordinario, de lo repetitivo, como esas avemarías del rosario desgranadas entre los dedos.

La verdad de nuestra vida la sabe Jesús y a nadie más le importa. No importan entonces la edad, ni las canas, ni las arrugas. Llegar a la meta no es lo fundamental. Tampoco llegar primero. Ni la velocidad a la que recorremos el camino.

Espero que el tiempo nos haya enseñado a mirar a los ojos a los que van con nosotros. Creo que, al pasar los años, hemos cambiado, eso seguro. Y seguimos cambiando. Ojalá, eso sí, acabemos siendo, cada día, algo mejores.

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