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​Cómo mi relación con Dios determina mis relaciones con los demás

Freedom © BABAROGA / Shutterstock

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 05/03/15


[2]. Esa conciencia nos permite soñar con las alturas. Con una vida mejor. Con un amor más grande.

Me gusta la imagen del peregrino. Sabe dónde está su meta definitiva. Sueña con llegar pero ama la tierra que pisa. Hace de esta tierra su hogar no permanente. Porque sabe que el cielo es su hogar definitivo.

Pero no deja por ello de echar raíces. De involucrarse con las personas. De cuidar a los débiles. De abrir sus entrañas de misericordia para que muchos puedan sentirse acogidos. De amar sin temer el vínculo.

Hoy hay tantas personas que temen el compromiso permanente. Buscan amores que no comprometan la vida para siempre. Viven sin atarse, sin echar raíces. Hay mucho miedo a perder la libertad.

Con ello logramos que cada vez más muchas personas vivan desvinculadas, sin raíces, sin hogar. Nos puede pasar a todos. ¿Dónde tengo puestas mis raíces? ¿En qué vínculos humanos descanso y recupero las fuerzas?

Soñamos con llegar a ser hombres vinculados, arraigados en lo más divino y en lo más humano. El vínculo es lo que sana el corazón.

Decía Candela Duato: "Vivimos en un momento en el que el amor se considera algo para débiles. Desde el comienzo mismo de una relación, nos da miedo demostrarle a la otra persona cuánto nos importa. Nos han enseñado a esconder todo sentimiento, porque tenemos un miedo enorme a la vulnerabilidad".

Nos da miedo mostrarnos necesitados y dependientes. Queremos ser libres y autónomos, fuertes. Nos enorgullece no necesitar a nadie en esta vida.

Muchas personas entienden el compromiso como una atadura que esclaviza y limita su libertad. Sin vínculos no es posible hacer hogar. Sin vínculos estables y sólidos la vida nos hace errantes, pero no peregrinos.

Y el hombre errante es el que no ama, el que no necesita, el que no se da. Porque todo amor ata, vincula y une. El amor crea lazos humanos que nos llevan hasta Dios.

Necesitamos amar y ser amados, aunque nos cueste tanto reconocerlo. Es la necesidad más verdadera del corazón. No es señal de vulnerabilidad, al contrario, es señal de sanidad.

Tenemos un alma sana cuando no nos cuesta amar y decirlo. Necesitar y hacérselo ver a la persona a la que amamos, es el camino para tener una vida sana y feliz.

El amor nos purifica, no nos debilita. Al contrario, nos hace más fuertes, más capaces de darlo todo, más seguros por los caminos. Los vínculos nos dan serenidad y hondura. No hay una vida sana donde no hay amor.

El amor purifica la tierra del corazón. La hace fecunda y fuerte. Ensancha el corazón y lo capacita para amar más, a más personas. Cuanto menos amamos, menos capaces somos de amar.

No podemos dar hogar a nadie si antes nosotros no estamos anclados en ninguna tierra. ¿Cómo es la profundidad de nuestros vínculos? ¿Nos da miedo atarnos de verdad?

A veces tememos crear expectativas que no podamos cumplir. Nos asusta que puedan exigirnos más de lo que estamos dispuestos a dar. Nos da miedo no ser fieles a nuestros compromisos.

El gran desafío de nuestra vida pasa por el amor, por la entrega, por la generosidad. A la hora de la verdad nos medirán por nuestros actos de amor. Por nuestro amor que es capaz de darlo todo sin esperar reconocimiento en la entrega.

Importan menos nuestras faltas que nuestras omisiones en el amor. Importa más esa incapacidad para dar la vida, para renunciar por amor a otro. La mayoría de nuestras faltas vienen por omisión. Dejamos de cuidar, de amar, de escuchar, de hablar. Dejamos de regar el amor que Dios pone en nuestras manos.


[1] J. Kentenich, Vivir con alegría
[2] J. Kentenich, Vivir con alegría

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alma
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