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Papa Francisco: No finjas que eres santo, Dios no perdona la hipocresía

© Sabrina Fusco / ALETEIA
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Homilia hoy en la Domus Santa Marta

Si se “aprende a hacer el bien”, Dios “perdona generosamente” todo pecado. Lo que no perdona es la hipocresía, “fingir la santidad”. Lo afirmó el Papa Francisco en la homilía de la Misa matutina celebrada en Casa Santa Marta.

Los santos fingidos, que ante el cielo se preocupan más de parecerlo que de serlo, y los pecadores santificados, que más allá del mal han aprendido a “hacer” un bien más grande: no hay duda de cuáles prefiere Dios, afirma Papa Francisco, que pone estas dos categorías en el centro de su meditación.

Las palabras de la lectura de Isaías, explica al principio, son un imperativo y al mismo tiempo una “invitación” que viene directamente de Dios: “Cesad de hacer el mal, aprended a hacer el bien”, defendiendo a huérfanos y viudas.

Es decir – subraya Francisco – “aquellos que nadie recuerda” entre los que, prosigue el Papa, están también los “ancianos abandonados”, “los niños que no van al colegio” y los que “no saben hacer el signo de la Cruz”. Detrás del imperativo está en sustancia la invitación de siempre a la conversión.

“Pero ¿cómo puedo convertirme? ‘¡Aprended a hacer el bien!’. La conversión. La suciedad del corazón no se quita como se quita una mancha: vamos a la tintorería y salimos limpios… Se quita ‘haciendo’: hacer un camino distinto, otro camino distinto del mal.

‘¡Aprended a hacer el bien!’, es decir, el camino de hacer el bien. ¿Y cómo hago el bien? ¡Es sencillo! ‘Buscad la justicia, socorred al oprimido, haced justicia al huérfano, defended la causa de la viuda. Recordemos que en Israel los más pobres y los más necesitados eran los huérfanos y las viudas: hacedles justicia a ellos, id donde están las llagas de la humanidad, donde hay tanto dolor … Y así, haciendo el bien, lavarás tu corazón”.

Y la promesa de un corazón lavado, es decir, perdonado, viene de Dios mismo, que no tiene la cuenta de los pecados ante quien ama concretamente al prójimo.

“Si haces esto, si vienes por ese camino, al que yo te invito – nos dice el Señor – ‘aunque vuestros pecados fueran como escarlata, se volverán blancos como la nieve’. Es una exageración, el Señor exagera: ¡es la verdad! El Señor nos da el don de su perdón. El Señor perdona generosamente. ‘Yo te perdono hasta aquí, luego veremos ….’ ¡No, no! ¡El Señor perdona siempre todo! ¡Todo! Pero si quieres ser perdonado, debes empezar el camino de hacer el bien. ¡Este es el don!’.

El evangelio del día presenta también el grupo de los astutos, los que “dicen cosas justas pero hacen lo contrario”. “Todos – dice Francisco – somos astutos y encontramos siempre un camino que no es el correcto, para parecer más justos de lo que somos: es el camino de la hipocresía”.

“Estos fingen convertirse, pero su corazón es una mentira: ¡son mentirosos! Es una mentira… Su corazón no pertenece al Señor; pertenece al padre de todas las mentiras, a satanás. Y esto es fingir la santidad. Mil veces Jesús prefería a los pecadores antes que a estos, ¿por qué? Los pecadores decían la verdad sobre sí mismos. ‘Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador’: lo dijo Pedro una vez. ¡Uno de estos nunca dice eso! ‘Te doy gracias Señor porque no soy un pecador, porque soy justo’”…

En la segunda semana de Cuaresma están estas tres palabras que pensar, que meditar: la invitación a la conversión, el don que nos dará el Señor, es decir, un perdón grande, un gran perdón, y la trampa, es decir, fingir estar convertido, pero tomar el camino de la hipocresía”.
 

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