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El espíritu de Moria: ¿Qué estoy dispuesto a sacrificar?

© Miguel Vieira / Flickr / CC

Moria

Carlos Padilla Esteban - publicado el 01/03/15

Queremos entregarle simbólicamente a Dios lo que más nos ata, lo que no queremos perder

La generosidad de Abrahán me conmueve. Dios le pide a su hijo: "Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en uno de los montes que Yo te indicaré".

Y él está dispuesto a entregarle a Dios lo que más quería. Acepta la posibilidad de cerrar la puerta de la esperanza. Sin ese hijo no hay promesa. No hay felicidad. Sin ese hijo no hay camino:

«Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: – ¡Abrahán! Abrahán! Él contestó: – Aquí me tienes. El ángel le ordenó: – No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu único hijo».

Pensaba en el significado de este momento. El amor de Abrahán es puesto a prueba. Es un amor fiel. Un amor que confía en el Dios de las promesas.

A veces en la vida se nos tuerce el camino recto por el que Dios nos llevaba. Creíamos que la vida iba a ser siempre de una determinada manera y todo, súbitamente, cambia.

La promesa tenía un camino de realización. Cuando todo se tuerce, muchas veces, dejamos de confiar. El único camino para hacer realidad la promesa de Dios sobre nuestra vida parece imposible y nosotros desconfiamos.

Pero Dios nos invita a esperar contra toda esperanza. El acto de Moria es un acto de luz, de vida. El hijo entregado. El camino cerrado para siempre. Isaac va a morir. Es la entrega más grande. La entrega del hijo.

Me gusta el monte Moria. Subir allí a entregar la vida. Es el valor del sacrificio aparentemente sin sentido. Del sacrificio más grande. Es la renuncia más bella. Entregar aquello mismo que le da sentido a nuestra vida. Aquello que amamos con toda el alma.

¡Cuánto nos cuesta renunciar! ¡Cuánto nos cuesta confiar cuando se cierran los caminos! Es creer más allá de toda esperanza. Cuando todos los caminos parecen cerrarse sólo nos queda seguir caminando.

Cuando todas las puertas se bloquean, se abrirá una ventana que nos dé luz. Cuando parece que no hay salida, allí surge Dios, en el último momento, para salvarnos. Pero creer hasta ese momento no es tan sencillo.

El espíritu de Moria nos lleva a estar dispuestos a sacrificarlo todo por amor a Dios. Decía el Padre José Kentenich: «Pase lo que pase, Dios puede tomar de mí incluso lo que me es muy querido, aunque mi felicidad sea destruida. El hijo que tiene tal seguridad en la vida, ¡está totalmente acogido! Así, también nosotros debemos poseer esta seguridad divina.

Y tal debe ser también nuestro afecto fundamental: – Padre, ¡cómo me amas! Nos puede causar sufrimiento, nosotros lo sabemos. De lo contrario, yo no sería humano. Pero el tono dominante debe ser: – ¡Todo eso es expresión del amor divino! Y eso da seguridad en la vida, en las necesidades y preocupaciones económicas»[3].

El amor de Dios viene a sacarnos de la desesperanza. Es el amor que detiene nuestra mano como detuvo la de Abrahán, en el último momento. Es la confianza hasta el final.

Nos da miedo que las cosas no salgan como nosotros queremos. Pensamos: «Y si la cruz nos toca. Y si perdemos a un ser querido. Y si la enfermedad nos hiere».

Miramos a Dios. En Él confiamos. Aunque sus caminos no sean nuestros caminos. A nosotros sólo nos queda caminar y esperar. ¿Qué estamos dispuestos a entregarle a Dios? Muchas veces pienso que muy pocas cosas. Nos da miedo perder lo que soñamos. Nos asusta el fracaso y la pérdida.

Jesús entregó todo aquella noche en Getsemaní. Nos pide que le entreguemos todo a Dios. Nuestra vida está en sus manos. Confiamos en que Él sabrá el mejor camino para que mi vida sea plena.

Muchas veces nos hacemos dueños de nuestra vida. Nos creemos con derecho a todo. Tenemos ya una línea recta trazada y no queremos interrupciones, ni bloqueos. ¿Qué hijo es el que no quiero entregarle a Dios?

La santidad pasa por entregarle todo lo que soy y lo que tengo. Por atarme al Dios de las obras y no a las obras de Dios. Por renunciar a mi yo que se apega tan fácilmente a los bienes.

En esta Cuaresma queremos entregarle simbólicamente a Dios lo que más nos ata, lo que no queremos perder. ¿Qué es? Subimos a Moria. Nos arrodillamos allí ante el altar. Le entregamos nuestro sueño. El camino de nuestra felicidad. Es el acto más sublime. El más libre. Todo por amor. La renuncia es fecunda. El abandono da vida.

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