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Las dos claves cristianas para pasar del sacrificio a la compasión

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Rafael Luciani - publicado el 27/02/15 - actualizado el 25/06/19

Jesús nos invita primero reconocer que estamos agobiados y después a acoger al otro en lugar de rechazarlo

Vivimos en una época compleja. El incremento de la violencia social, política y cultural no contribuye a la comprensión de la fuerza que tiene la compasión fraterna en la transformación de nuestras vidas y la liberación de todo aquello que nos impide promover relaciones humanizadoras, como la justicia social y los derechos humanos.

A veces llevamos una vida sobrecargada de insatisfacción, amargura, envidia y avaricia, que sólo se mira a sí misma. No nos damos cuenta de que vamos caminando cansados y deshumanizando a todo el que encontramos a nuestro alrededor.

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En las palabras de Jesús encontramos dos claves que nos pueden ayudar a vivir desde la compasión fraterna y así encontrar, nuevamente, ese sabor perdido que tiene la vida.

La primera clave consiste en reconocer que estamos agobiados, cansados y agotados. No negarnos a nosotros mismos ni creer que podemos hacer sacrificios que sustituyan nuestra entrega al otro, al necesitado: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt 11,28).El descanso que Jesús ofrece se inicia en la entrega al otro, al ponernos en movimiento hacia él y ponernos en su lugar.

La segunda clave consiste en el fruto que produce vivir al estilo de Jesús, desde un corazón que acoge al otro y le dedica su tiempo antes de rechazarlo o maltratarlo: “hallaréis descanso para vuestras vidas aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. (Mt 11,29).

Es un corazón que no se nutre del miedo, el castigo o el arrepentimiento frente a un dios colérico, sino de la gracia y el encuentro gratuito desde brotan los verdaderos cambios en la vida, pues el Dios de Jesús sólo sabe amar y dejarse amar.


MEDITATION

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La experiencia religiosa, y en concreto la espiritualidad cristiana, no se basa en el rigorismo casuístico de la moral retributiva, donde lo importante es el cumplimiento religioso mediante la participación en los ritos, el rezo de las devociones y la puesta en práctica de los mandamientos.

La espiritualidad cristiana se nutre y crece desde la práctica cotidiana de la compasión fraterna, que nos hace dolientes y solidarios antes que indolentes y creídos.

En contra de lo establecido, Jesús propone otro camino que sigue encontrando mucha resistencia hoy en día: “…aprended lo que significa: ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9,13).




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La misericordia es la relación por excelencia que nos asemeja a Dios. Al amar compasivamente, estamos también nosotros amando como Dios lo hace.

La expresión latina miserere se traduce al español como compasión y habla del modo como Dios se revela: “compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad” (Ex 34,6‑8).

Es un Dios que “no pide sacrificios” (Sal 50) «ni se enoja». Al actuar así nos desarma, porque no estamos acostumbrados a la gratuidad.

Por eso, quien busca y encuentra al Dios en el que Jesús creyó y a quien le oró, experimentará que sólo podrá vivir sus relaciones humanas con espíritu fraterno, descubriendo en el otro a un tesoro, a un bien preciado que nunca ha de ser tratado asistencialistamente, como un objeto de dádivas. Antes bien, debe ser asumido como un hermano, «porque uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos» (Mt 23,8).

Jesús se acercaba diariamente a los exlcuidos y enfermos, a las víctimas del rechazo social, político o religioso. Los abrazaba, miraba y tocaba, para reconciliarnos consigo mismos y con los demás, y así enseñarles que sí era posible vivir de otro modo, que Dios estaba con ellos sin pedirles nada a cambio porque su amor era completamente gratuito (Sal 145, Sal 146).

Por eso, quien vive de la compasión fraterna nunca privatiza la religión y entiende que “amar a Dios con todo el corazón y con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y los sacrificios” (Mc 12,32-34).




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