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La catedral de Córdoba (3): mucho más que una mezquita

La mezquita catedral de Córdoba

© Paolo Trabattoni

María Angeles Corpas - publicado el 27/02/15

Conocer la historia ofrece claves preciosas para el presente y el futuro

La catedral de Córdoba es un edificio extraordinario. Un híbrido histórico-artístico único con una trayectoria milenaria. Un lugar de culto desde la antigüedad y el corazón de la vida de la ciudad. Y no de una ciudad cualquiera, sino de la capital del Califato andalusí, cénit de la civilización hispanomusulmana.

Igualmente es testigo de una presencia cristiana continuada a pesar de diversas persecuciones. La Iglesia cordobesa custodia esta joya desde el siglo XIII, manteniendo el culto y preservándola como bien cultural de primer orden. 

1. Un espacio sagrado a través del tiempo

La catedral de Córdoba, consagrada a la Asunción de Nuestra Señora, es un edificio singular. A lo largo de la historia de la arquitectura muchas construcciones fueron diseñadas para un solo propósito y desarrollaron una sola función.

Sin embargo, existe un pequeño número de ejemplos que desafían esta convención. Son lugares que han sobrevivido a distintas etapas históricas. A cambios de uso, a diversas aportaciones culturales y que han adquirido un gran valor como modelo. Es por lo tanto erróneo hacer una lectura simplificada de un elemento complejo, lleno de riqueza material y simbólica.

Desde el siglo V, la basílica visigoda de San Vicente Mártir era la primera iglesia y sede episcopal. Aún se pueden observar restos en el tramo más antiguo de la mezquita. Trabajos arqueológicos del arquitecto Félix Hernández durante la II República sacaron a la luz restos de capiteles, pilares y mosaicos en el subsuelo.

Se ubicaba en un entorno natural privilegiado, cerca del río Guadalquivir, donde ya se emplazó un templo romano dedicado al dios Jano.

Con la caída de la monarquía visigoda cristiana a comienzos del siglo VIII, el templo se compartió brevemente entre ambas comunidades religiosas. Los cristianos pagaban tributo y la coexistencia era inestable. El primer emir cordobés, Abderramán I impulsó la edificación de una mezquita en esa ubicación por lo que compró parte del solar y dio inicio a la primera fase del edificio actual.

Un lugar de estas características tiene mucho valor en distintas dimensiones. Debe ser utilizado en beneficio de toda la sociedad.

Es en primer lugar un lugar de culto. No un museo, ni una reliquia fósil, sino un espacio de oración vivo para la comunidad cristiana. Esta cualidad requiere la protección y el respeto que la normativa prevé para estos recintos de forma que se salvaguarde el ejercicio de la libertad religiosa.

Es, asimismo, un tesoro histórico artístico y arqueológico, catalogado como patrimonio cultural de la humanidad. Lo que significa que existe un deber de protección y conservación de este legado para las generaciones futuras, un cuidado que compromete a la Iglesia y a los poderes públicos españoles y de la UE.

Significa mantener la integridad del conjunto, promover su estudio y divulgar su valor, en particular por la capacidad para enseñar a los jóvenes la importancia y continuidad del hecho religioso, su capacidad creativa y los desafíos provocados por la intolerancia.

Por añadidura, esta continuidad, diversidad y relevancia le da un valor universal. La catedral mezquita cordobesa tiene interés más allá de su utilidad para explicar la historia española.

No es un mero hito local, por significativo y valioso que sea. Es un símbolo que adquiere una escala internacional por su vinculación con Al Ándalus y la presencia islámica en Occidente.

Este ingrediente puede contribuir a un acercamiento constructivo entre pueblos y confesiones y habla de la riqueza de la cultura andaluza como integradora de sucesivas aportaciones civilizatorias, aunque deben afrontarse algunas dificultades asociadas, entre ellas, desechar o matizar los mitos sobre la tolerancia y la intolerancia entre comunidades en el pasado, y afrontar los retos de una asociación indebida entre estos valores y un debate tendencioso sobre la titularidad jurídica del edificio o su uso multiconfesional.

2. De símbolo andalusí a patrimonio de la Humanidad

La mezquita fue el resultado de sucesivas ampliaciones entre los siglos VIII y X. En dos grandes zonas: el patio de las abluciones (sahn), hoy de los Naranjos y la sala de oración (haram), un gran bosque de columnas que forman hileras paralelas.

El patio debe su nombre actual a los naranjos plantados en el siglo XVIII. Tiene una zona porticada y en él se ubicaba el alminar. La característica estética más señera de la sala hipóstila es la bicromía rojiblanca de las dovelas de los arcos de herradura, las columnas de mármol, jaspe y granito y el extraordinario mihrab de estilo bizantino sobre fondo dorado y plateado.

Con el tiempo se convirtió en la mayor mezquita tras la de La Meca, solo superada después por la Azul de Estambul, una primacía en el Islam occidental que procedía no sólo de su tamaño sino también de su preponderancia como centro político y cultural andalusí.

Ante las necesidades de una comunidad en expansión, Abderramán I, primer emir omeya, impulsó las obras de la mezquita desde el 785. Se realizaron once naves divididas en doce tramos aprovechando mucho material de acarreo de construcciones visigodas y romanas precedentes.

La quibla se orientaba al sur y no hacia a La Meca, lo que se ha explicado por razones de carácter dinástico (el camino de Siria) o bien por respetar el sentido de la antigua ciudad romana.

Con Hisham I se edificó un primer alminar. Abderramán II propuso una extensión de ocho tramos desde el 833. En el interior destaca la bicromía de las dovelas, piezas que componen los arcos. En rojo las de ladrillo y en blanco las de piedra caliza.

Abderramán III amplió el patio y erigió el alminar hoy contenido en la torre campanario ubicada en el patio. En el siglo X, Alhakén II amplió en doce tramos más y desarrolló la macsura, zona rectangular adosada al muro de la quibla dedicada al califa, señalada por tres filas de arcos polilobulados que se enlazan y que dispone de cuatro lucernarios.

También se edificó el mihrab, de planta octogonal con cúpula de concha y ricos y coloridos mosaicos bizantinos. Algunos de los capiteles se cuentan entre los más destacados por su delicada talla, similar a los de Medina Azahara. La última ampliación (Almanzor, fines de siglo X) fue la más extensa (8 naves) y se hizo en la zona este, no hacia el sur. La dicromía de las dovelas era cromática (rojo azagra) y no material.   

Con la Reconquista de la ciudad por el rey Fernando III el Santo, el templo se consagra nuevamente al culto cristiano en 1239, bajo una advocación mariana.

Hubo algunas adaptaciones como la Capilla Real de 1371. La decisión de construir una catedral sin destruir el edificio islámico, sino superponiéndola fue polémica en el período de Carlos V.

En 1523 se inició la obra del crucero, la capilla mayor y el coro. El encargo del obispo Alonso Manrique fue desarrollado por el arquitecto Hernán Ruiz el viejo y su hijo Hernán Ruiz II. Con una planta basilical cruciforme, el estilo utilizado es el propio del periodo en la transición desde el gótico al renacimiento.

En las capillas laterales se enterraron grandes personalidades, como los reyes castellanos Fernando IV y su hijo Alfonso XI, posteriormente trasladados a una iglesia cercana en el siglo XVIII.

3. Un bien cultural custodiado por la Iglesia

El edificio fue declarado “bien de interés cultural” español en 1882. En 1984 fue incluido en el listado del patrimonio cultural de la Humanidad de la UNESCO, que diez años más tarde extendió la declaración al centro histórico de Córdoba.

Entre otras repercusiones, esta declaración supuso un estímulo para el conjunto como polo de atracción del turismo cultural y un mayor compromiso para protegerlo.

La diócesis colabora de forma activa en su conservación y en la difusión de este patrimonio,por ejemplo con los museos, como el de San Vicente, donde se exponen restos arqueológicos de la antigua basílica; el de San Clemente que conserva numerosas piezas mobiliarias y constructivas y el museo de la Catedral en la capilla de Santa Teresa con tesoros como la extraordinaria custodia de Arfe o piezas de eboraria como el Cristo de Alonso Cano.

El 4 de noviembre de 2014 se reabrió a la visita la torre campanario de Hernán Ruiz III situada en el patio de los naranjos. La traza es de 1593 sobre la base del alminar de Abderramán III de mediados del siglo X, y fue ampliada con cuerpos superiores en el siglo XVII. Desde el mirador se disfruta de una vista excelente. Esta es una muestra de la permanente tarea de conservación y divulgación.

La acción de la Iglesia, a través de la diócesis de Córdoba, ha estado orientada a cumplir estas responsabilidades como titular y custodia de este legado histórico: el patrimonio material, que tiene exigencias costosas, pero también un patrimonio inmaterial, cultural, educativo y religioso que defiende para beneficio de todos.

Y ello en colaboración con las autoridades competentes y la sociedad civil, sin descuidar su compromiso evangélico, social y espiritual a un tiempo, para Córdoba y desde allí para preservar un símbolo universal.

Referencias:
DIÓCESIS DE CÓRDOBA: “Catedral de Córdoba, 1239-2014. 775 años juntos” en http://www.catedraldecordoba.es
NIETO, Manuel: La Catedral de Córdoba, Cajasur, Córdoba, 1991.

Tags:
catedralislamturismo religioso
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