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Cuando más que a dónde vamos importa con quién vamos

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 25/02/15

Vamos con Jesús en el camino, o mejor aún: Él mismo es nuestro camino

La Cuaresma es un tiempo para caminar por el desierto. Allí donde Dios seduce mi corazón. Es una invitación a recorrer un camino de conversión y volver a nuestro primer amor.

La imagen del camino no nos habla de descanso y de paz. Nos habla más bien de esfuerzo y sacrificio. «Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad». 

La Cuaresma es una invitación a ponernos en camino. A sacrificarnos y a renunciar. A dejar lo que nos ata por llegar a una meta. Eso me gusta.

Construimos el camino de la vida. Cada Cuaresma se nos abre un nuevo camino, una nueva oportunidad para amar más a Jesús.

Escribe Jorge Luis Borges: «Uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy. Porque el terreno del mañana es demasiado inseguro para planes. Y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad.

Y después de un tiempo uno aprende, si es demasiado, que hasta el calorcito del sol quema. Así que uno planta su propio jardín Y decora su propia alma. En lugar de esperar a que alguien le traiga flores. Y uno aprende que realmente puede aguantar. Que uno es realmente fuerte. Que uno realmente vale. Y uno aprende y aprende». 

Aprendemos en el camino de la vida. Luchamos, nos esforzamos. Aprendemos en el camino de la Cuaresma. Es una oportunidad para crecer y mejorar. Una oportunidad para dejar lo que nos impide crecer.

Jesús nos invita a seguir su propio camino. Eso me impresiona siempre. Decía Guillermo José Chaminade: «Jesús nos dice: si alguno quiere seguirme, que renuncie a sí mismo, que se ponga en camino con su cruz y me siga.

Que haga las mismas cosas que Yo y de la misma manera, que sufra como Yo, que busque lo que Yo busco, que evite lo que Yo evito, que ame lo que Yo amo, que aborrezca lo que Yo aborrezco, que practique las mismas virtudes; que haga de mi voluntad la regla de su vida como Yo he tomado la voluntad de mi Padre como regla de la mía; que destruya en sí el viejo Adán para formar la imagen del hombre nuevo; que sea una imagen tan clara de mí, que los que le vean se figuren ver a Jesús». 

Es el camino del desierto. Es el camino de su vida. Normalmente queremos hacer nuestro propio camino. No nos gusta que nos digan cómo tenemos que ir y por dónde. Nosotros queremos hacer nuestra vida a nuestra medida, a nuestra manera.

Seguir a Jesús por el camino supone un cambio de vida. La Cuaresma es confiar en ese Jesús al que seguimos. Es volver a poner la mirada en Él.

Me gusta pensar que Dios me regala cada año cuarenta días para amarle más, para amar más como amó Él. Me regala días para crecer en la intimidad con Él. Para escuchar sus palabras.

Me permite dejarme tiempo para caminar a su paso. O quizás Él al mío. Me detengo y Él se detiene. Corro y Él corre. Sufro cuando Él sufre. Curo cuando Él cura. Le busco, me busca.

Quiero destruir ese viejo Adán que hay en mi alma. Esta tendencia que tengo a dejarlo todo cuando no creo en mis fuerzas. Quiero besar en la Cuaresma sus pies heridos. Quiero mirarle a Él para aprender a vivir, porque se me olvida.

Un camino a su lado. Por el desierto. Por la montaña. No importa. Lo que importa es que voy a su lado. A veces en la vida nos importa mucho a dónde vamos. Tal vez más que con quién. Vamos con Jesús. Es lo que importa.

Que no nos agobien tanto esos miedos que nos invaden y no nos dejan confiar. Que no nos dejemos llevar por el miedo a perderlo todo. Vamos con Él en el camino. Mejor aún, Él mismo es nuestro camino. Confiamos. Además no vamos solos. 

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