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Bergoglio no quiso que le entrevistara, pero me dio algo mucho mejor

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“¡Sorpresa! Fue él quien me hizo gran cantidad de preguntas: estaba realmente interesado en la persona que tenía delante”

Me encontré en Roma con el arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Jorge Mario Bergoglio, en el otoño de 2005. Cuando le había pedido una entrevista por teléfono, me había respondido con afabilidad, pero al mismo tiempo con firmeza. “Preferiría evitar la entrevista, aunque de todos modos podemos encontrarnos para hablar”, me dijo.

Fijamos la cita en una pensión para el clero cerca del Vaticano, donde el cardenal se reuniría con otro obispo. Cuando llegué, tuve la primera sorpresa: aunque me había adelantado 15 minutos, el cardenal ya me esperaba en el hall leyendo un pequeño libro, que parecía de oraciones.

El saludo, con un apretón de manos, fue cordial y afectuoso. Su sonrisa inmediata y transparente me transmitió confianza y entusiasmo, y por un momento pensé que me concedería la entrevista.
 
Volví a recibir el mismo saludo cálido y afectuoso, pero esta vez del Papa Francisco, la mañana del 25 de diciembre de 2014, poco después de terminar su mensaje Urbi et orbi, cuando se retiraba del balcón de la Loggia de la Basílica donde había implorado la paz para el mundo.

Esa mañana no pude evitar acordarme de 2005, aunque las circunstancias eran muy diferentes, pero tuve una sensación insólita que me hizo pensar: cambia la misión a la que ha sido llamado, pero no cambia el hombre. Y recordé algo que dice a menudo un amigo judío que quiere profundamente al Papa Francisco: “Es un gran Papa y un gran sacerdote porque es un gran hombre”.
 
Recuerdo que en nuestro encuentro de 2005, que duró casi media hora, apenas nos saludamos el cardenal volvió a aclarar con suavidad, mientras tratábamos de acercar dos sillones, que no deseaba ninguna entrevista.

Después vino la segunda sorpresa, porque empezó a hacerme una gran cantidad de preguntas (que muy pocas veces me habían planteado otros entrevistados en mis muchos años de servicio para el Programma Hispanoamericano de Radio Vaticano).

Estaba muy interesado en la persona que tenía delante y me preguntó, por ejemplo, de qué país latinoamericano venía, por qué estaba en Roma, si era casado y cuántos hijos tenía, si mis padres estaban vivos, cómo era mi trabajo…

Escuchó mis respuestas, algunas lacónicas, con interés y atención, y llegó incluso a preguntarme qué edad tenía cuando murieron mis padres o en qué consistía específicamente mi trabajo.

Era evidente que mis respuestas no quedaban en el aire. Se interesó también por mi salud, bromeando porque yo estaba muy delgado, y después agregó: pero sabe que muchas personas delgadas son falsos flacos. Yo tambén fui un falso flaco durante muchos años, terminó sonriendo.
 
De pronto, mirándome casi con severidad dijo: ¿Pero usted qué preguntas quería hacerme? Recuerdo que le contesté en seguida: muchas preguntas, Eminencia, pero sobre todo una en especial… Quisiera que usted me explicara una expresión suya que siempre me ha fascinado: ¡”El pastor debe tener el olor de sus ovejas”! 

Su respuesta fue inmediata: Es algo que digo a menudo a mis sacerdotes, porque ellos deben tener presente en todo momento que el Señor les ha dado la misión de custodiar y guiar al rebaño. Las ovejas confían y se dejan guiar solamente si reconocen en su pastor lo que buscan y lo que necesitan.

El 13 de marzo de 2013, en un breve comentario para Radio Vaticano, dos horas después de la elección del Papa Francisco, le referí esa anécdota a la colega que me entrevistaba, y la explicación de su pensamiento, que después, como es sabido, él mismo repitió y desarrolló en varias oportunidades.
 
Cuando conversaba con el cardenal Bergoglio, hace casi diez años –yo estaba seguro de que me hablaba a mí, persona no conocida y sin ninguna importancia ni título-, él lo hacía con atención y concentración. Su mirada, vivaz y penetrante, acompañaba el movimiento de sus manos, fuertemente expresivas.

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