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Segunda guerra mundial en Varsovia: Demasiado jóvenes, demasiado héroes (II)

Julien Bryan

Julien Bryan (1959) Warsaw

Gerardo Rodríguez - publicado el 18/02/15

El último mensaje a su madre, escrito con su propia sangre

En el corredor se escuchan unas voces: ¿Dónde está el sacerdote? En la enfermería se encuentra un muchacho de rostro inteligente: es el cadete Jorge, de unos 20 años. Una granada enemiga le estalló debajo de los pies, hiriéndolo gravemente en el estómago. Con extraña calma dice:

-Padre, ¿usted sería tan amable de confesarme?

El sacerdote se inclina sobre él y lo escucha en confesión. Le da la absolución y luego lo unge con los santos óleos.

El levantamiento no tuvo éxito -susurra el herido.

– ¿Por qué dices eso?, ciertamente todavía no lo sabemos, la lucha apenas ha comenzado -responde el sacerdote.

El herido repite sus palabras obstinadamente. Por último, pregunta:

– Padre, puede darme un trozo de papel y un lápiz.

El sacerdote está buscando en su sotana, pero no encuentra nada. El muchacho ve un periódico y una caja de fósforos sobre la mesa. Le pide que se los alcance. Aparta la manta, moja el fósforo en su propia sangre y comienza a escribir. Lo hace con admirable calma. La mano torpe roza el papel, el dolor lo hace estremecer. Con letras grandes va formando las palabras.

El sacerdote observa con el corazón encogido. No es capaz de pronunciar una sola palabra. El muchacho escribe: ¡Querida mamá! Muero serenamente por la Patria. Cuida tu salud. Tu Jurek. Podwale 22/24

Pliega el periódico y se dirige al sacerdote:

– Padre, ¿usted sería tan amable de entregar esto a mi madre y decirle todo lo que aquí sucedió?

El sacerdote guarda en su pecho aquella "carta". Lo llaman para seguir atendiendo a los heridos. De nuevo trajeron a la habitación un insurgente gravemente herido. Se queja. Toda la cabeza y el rostro forman una gran herida. El sacerdote le da la extremaunción.

En la sala entra todo el grupo de insurgentes. Por último aparece un hombre alto con botas, con binoculares colgando sobre el pecho. Se puede ver de inmediato que él es el comandante del destacamento. Al acercarse al hombre herido se queda mirando fijamente su rostro y lo llama por su nombre.

Pero la única respuesta es un último estertor. El comandante quita del cuello del herido una pequeña placa y la coloca en su bolsillo. Se vuelve hacia el grupo y ordena: "¡Firmes!". Luego se inclina sobre el herido y en el lugar en el que unos momentos antes el sacerdote lo ungió con los santos óleos, lo besa. Todos están abrumados por la emoción. Por último, el comandante se estremece y dice:

¡Descanso! Muchachos detrás de mí.

Un insurgente que está de pie junto al sacerdote dice antes de partir:

– Este es uno de los más valientes de nuestro grupo.

A través de la ventana el sacerdote ve a los insurgentes caminando por la calle Kalisz en dirección a la fábrica de tabaco.

Todo el mundo salió corriendo. Sólo en las escaleras se encuentra el cadete Maly (Wieslaw Kucicki), con no más de 16 años. Sentado en cuclillas, estrechadas las manos, con un disparo en la rodilla derecha, anegado en llanto y quejándose de que ya no es apto para el combate.

Aparecen unas adolescentes con boinas y llevando la insignia de la Cruz Roja en las mangas. El sacerdote les transfiere seis heridos. Los colocan en las camillas y los trasladan a través de un boquete en el muro hasta el puesto sanitario en la fábrica de productos farmacéuticos Nasierowski en la calle Kalisz.

En manos de los insurgentes quedan dos ametralladoras ligeras, algunas pistolas y fusiles de asalto. Entre los trofeos también hay varios autos que estaban estacionados bajo los árboles en el jardín del reformatorio, una caja con medicamentos y apósitos, y que también contenía ropa interior, finalmente cigarrillos y botellas de vino. Todo esto fue llevado al puesto sanitario.

En el área del Reformatorio se encuentran siete alemanes muertos, y en la entrada principal del edificio dos insurgentes: el cadete Kuba (Maciej Kozicki) y el tirador Sowa (Andrzej Mieroszewski).

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