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¿La santidad llega a la persona o es esta la que se hace santa?

Mattias Karlsson / Flickr CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 18/02/15

Sí, cometemos grandes pecados, pero Dios santifica al hombre en lo que más lo excluye

El pecado nos hace impuros. Nos lleva a encerrarnos y marginarnos. Nos hace sentirnos impuros por la culpa que hiere el corazón. Nos tira hacia abajo y logra que dejemos de soñar con las alturas. No nos sentimos capaces de luchar, de aspirar a algo más grande. Nos hace sentirnos indignos de Dios.

Jesús viene a romper este círculo y nos hace sentirnos capaces, buenos, sanos, amados, perdonados. Rompe esta dinámica del pecado que aísla, con esa imagen que a veces tenemos de que, para acercarnos a Dios, tenemos que ser totalmente puros e inmaculados.

Jesús rompe este esquema. La santidad llega al hombre, no es el hombre el que se hace santo. Dios santifica al hombre en lo que más lo excluye. Lo purifica de su pecado.

Jesús nos limpia de nuestro propio pecado. Creo que hay pecados en nuestra vida que nos dejan muy marcados. Otros no, es verdad. Los repetimos con frecuencia, pero su poder no es tan grande.

Pero hay algunos pecados que nos dejan muy heridos para siempre, tocados. Están en lo más hondo dormidos y a veces despiertan de su sueño. Son aquellas infidelidades en las que, tal vez, no somos aún capaces de perdonarnos. Aquellas caídas inconfesables que nos laceran por dentro.

El propio perdón es el que más nos cuesta. Necesitamos el perdón de Dios que nos sana para poder llegar a perdonarnos.

Santa Teresa escribió: «Conocer a Jesús como Él se conoce y llevar una vida semejante a la de Dios. ¡Alma, cuán grande es tu vocación, cuán infinitamente grande es tu tarea! Abandona, por lo tanto, el mundo y las tierras bajas. Allá arriba sopla un aire puro»[6].

Jesús quiere y puede sanarnos. Su amor purifica el corazón y nos da un aire puro. Nos toca, nos levanta. Logra lo que nosotros a base de golpes no logramos.

Arriba sopla un aire puro. Abajo, en mi alma, cuando estoy hundido, el aire no es puro, está muy viciado. Me quedo centrado en mi herida y no salgo de ahí. No veo más allá de mis miedos y dolores. Como ese enfermo que no es capaz de descentrarse porque su dolor es demasiado fuerte.

Cuando nosotros nos confesamos estamos venciendo las barreras que no nos dejan avanzar. Confiamos en ese amor de Dios.

Me recuerda a santa Bernardita, que, en la gruta de Lourdes, es capaz de excavar buscando agua donde María le pide: «Ve a beber a la fuente y a lavarte. La joven primero se dirigió hacia el Gave, pero la Señora le dijo que no era ahí y le indicó un punto.

Bernardette vio un charco de agua con barro pero demasiado poca para poder recogerla. Comenzó a excavar con las manos y lo logró: tomó el fango, lo bebió y se lo pasó después por la cara ensuciándose. Al día siguiente ese charco se convirtió en un torrente y después, poco a poco, en un verdadero riachuelo».

Dios sabe sacar agua pura del barro. Y me hace creer que en el barro hay agua. De allí donde no hay nada hace brotar la vida. De nuestra vida, llena de impurezas y pecados, logra milagros, logra un agua pura.

Siempre me conmueve escuchar esta historia. Hace falta mucha fe para excavar en el barro. Ella confía y lo hace. A mí a veces me cuesta. Creer que excavando en mi barro saldrá agua, una fuente, un riachuelo de vida, es un milagro. Es el milagro del amor de Dios en mi vida.

Construye sobre mi barro, con sus manos, con mis manos. Abre una zanja. Logra que brote la vida.

Tags:
alma
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