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¿Caben sociedades secretas dentro de la Iglesia?

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En un contexto normal de libertad religiosa y democracia, ¿son justificables este tipo de sociedades?

¿Qué es una sociedad secreta? Parece una pregunta cuya respuesta es evidente, pero no lo es tanto si se analiza con cierto detalle. En realidad, a mi juicio puede significar tres cosas distintas, que corresponden a tres grados de secretismo.
 
En primer lugar, están las sociedades que tienen por norma que la adscripción a las mismas se mantenga en secreto. O sea, que la sociedad y su actividad –en lo fundamental- son conocidas, pero los miembros mantienen en secreto su pertenencia a la misma.
 
En segundo lugar, encontramos las sociedades cuya existencia se conoce, pero su actividad es mantenida en riguroso secreto. Son entidades sobre las que el secreto no se extiende solo a quiénes son sus integrantes, sino que tampoco se sabe a qué se dedican. Pueden estar cubiertas con una pantalla según la cual su razón social es una, pero en realidad su actividad es distinta.
 
El tercer grado se encuentra cuando la existencia misma de la sociedad se mantiene en secreto. Obviamente, no se registran en ninguna parte ni, en su ámbito, reconocen autoridad alguna fuera de sí mismas. 
 
Conviene aquí añadir una aclaración, sobre lo que no es una sociedad secreta. No lo es la que tiene secretos, pues esto es lo habitual. Las empresas guardan en secreto el desarrollo de sus investigaciones; los abogados, muchos datos de sus clientes; los médicos, los historiales clínicos; los jueces, la formación del sumario; hasta las familias mismas tienen sus intimidades que no quieren que se divulguen. Siempre ha sido así. El extendido término “secretario”, que designa un cargo muy extendido en las sociedades de todo tipo, tenía originamente el significado de “custodio de los secretos”.

Está muy extendida la mentalidad, creada por buena parte de la prensa, que reivindica un derecho a saber y divulgar cualquier cosa, pero se trata de una distorsión que favorece su negocio, que en ocasiones traspasa las fronteras de la dignidad por entrometerse en la intimidad ajena. Los códigos penales no reconocen ese derecho indiscriminado, y en cambio dedican bastantes artículos a penalizar la revelación de secretos.
 
Pasemos al terreno de la religión. Hay bastante gente que piensa que en este como en otros terrenos, lo secreto oculta siempre lo inconfesable. Podría ser, pero no tiene necesariamente por qué ser así. A la vez, lo religioso de por sí tiene una dimensión pública: templos, ceremonias, que, aunque estén reservados a sus miembros, no se ocultan. De ahí que, en principio, la existencia de sociedades secretas sea un elemento extraño a las religiones. Al ser en cierto sentido la excepción, hay que acudir al motivo de ese carácter, cuál es la causa del secreto.
 
Hay casos en los que el carácter secreto forma parte del núcleo mismo de una religión. Eso ocurre con las religiones esotéricas, particularmente las de carácter gnóstico. Se trata de grupos religiosos cuyos miembros se consideran una élite minoritaria, un grupo selecto que accede a un conocimiento (gnosis en griego, de ahí el término gnóstico) salvador, solo disponible a los privilegiados que han sido iniciados en los misterios que custodia el grupo.

Grupos de este tipo ha habido siempre. A veces, han sido capaces de guardar tan bien sus secretos que, por ejemplo, más de tres mil años después seguimos sin conocer buena parte de los ritos de la famosa – en su tiempo – Eleusis griega, un culto esotérico (reservado a los iniciados) celebrado en esa localidad próxima a Atenas en honor de la diosa Deméter y su hija Perséfone.

En la actualidad, entre los numerosos grupos gnósticos encontramos uno con el significativo nombre de

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Temas de este artículo:
doctrina social
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