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Curar corazones enfermos

Gorodenkoff | SHUTTERSTOCK

Carlos Padilla Esteban - publicado el 08/02/15

Cuando Jesús cura, establece entre él y la persona un momento de intimidad único, no cura simplemente lo físico, Jesús hace sentir al otro que le importa

Hoy seguimos recorriendo un día de Jesús:

«La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar».

Jesús cura a muchos. Cura a la suegra de Pedro. Me impresiona su forma de curar. Habla de la delicadeza de Dios. Se acerca. Se inclina. La toma de la mano. Podía hacerlo desde la distancia. Él lo puede todo. En ese gesto está su amor humano.

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Sabe que los hombres necesitamos caricias, que nos toquen, que nos besen, que nos abracen. Él también lo necesita. Necesitamos que Dios toque con sus manos nuestras heridas, desde cerca, a nuestro lado.

La extraordinaria fuerza sanadora de Jesús

Jesús se deja tocar. Jesús toca. Se pone al lado. La levanta. Y ella se pone a servirles, la hace capaz de amar de nuevo, de ponerse en pie. Lo primero que hace después de estar enferma es servir a otros. La fuerza sanadora de Jesús la levanta, le da un corazón nuevo.

Jesús nos sana y libera. Nos da la fuerza para amar y servir. Jesús, al liberar el corazón enfermo, lo capacita para vivir la vida con pasión, intensamente.

Le pido que me levante cada día para servir, para dar lo mejor que hay en mí y que guardo a veces porque no lo valoro, porque tengo miedo de que otros no me acojan, por comodidad.

Así pasó Jesús por la tierra. Acercándose a cada hombre. Viviendo y amando intensamente. Inclinándose ante el misterio sagrado del alma de cada hombre.


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Lo que sana es el amor

Cuando Jesús cura, establece entre él y la persona un momento de intimidad único. No cura simplemente lo físico. Jesús hace sentir al otro que le importa.

En ese momento sólo existe esa persona. Mira hacia dentro del alma. Con compasión, con misericordia. Y eso es lo que de verdad sana el corazón, ya lo sabemos.

Jesús nunca hace milagros para demostrar que es Dios. Cura por amor, por compasión, mirando a los ojos, leyendo en su mirada todos sus sueños y sus miedos, acogiéndolos. Le conmueve el dolor del hombre.

Abriendo horizontes

Hoy responde a la petición de los discípulos:

«Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: – Todo el mundo te busca. Él les respondió: – Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido. Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios». Marcos 1, 29-39.

Todo el mundo lo busca. Quieren retenerlo. Él se va a otro lugar donde hace falta su presencia. Abre los horizontes. No se queda sólo con los que ya conoce. Es el pastor que busca a las ovejas descarriadas, a las que no están en su redil.

No pone límites a la entrega. No hace cálculos humanos ponderando lo que más le conviene. Es el pastor que se adentra en la espesura de la periferia. Se aleja de su zona de confort. Para eso ha venido, para dar la vida, para ir más allá de sus miedos.

La Iglesia es misionera. Soñamos con una Iglesia en salida. Nos dice el papa Francisco:

«Una Iglesia que no sale es una Iglesia ‘de exquisitos’. Y a lo más, en vez de ir a buscar ovejas para traer, o ayudar o dar testimonio, se dedican al grupito, a peinar ovejas. Son peluqueros espirituales. Salir de nosotros mismos. Una Iglesia o un movimiento, una comunidad cerrada se enferma. Tiene todas las enfermedades de la cerrazón. Un movimiento, una Iglesia, una comunidad que sale se equivoca. Pero es tan lindo pedir perdón cuando uno se equivoca. Así que no tengan miedo. Salir en misión».

No podemos callarnos lo que llevamos dentro. Queremos salir en misión, ir a tantos lugares que no han oído hablar de Dios.

Anuncia la alegría

Dice el Evangelio::

«El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio».

Somos predicadores. No podemos dejar de contar lo que nos ha pasado. De anunciar la alegría del Evangelio.

Hace falta valor para salir y dejar Cafarnaúm. La comodidad nos puede impedir movernos de donde estamos. Nos podemos acostumbrar a lo nuestro y no salir.

Nos puede faltar espíritu de lucha y entrega. Fuerza para ponernos en camino y romper nuestros límites. Nos hace falta el Espíritu Santo para salir. Ser signos de contradicción es molesto. Duro para el que tiene la misión.

Ser políticamente correctos es más atractivo. Ser aceptados por todos es lo que deseamos. Cuando no somos incómodos, todos nos buscan. Queremos ser capaces de romper nuestra comodidad y salir.

Una misionera al hablar del ébola decía el otro día: «Cuando ves la necesidad de los demás, te olvidas de ti misma». Vemos la necesidad de los demás y nos olvidamos de lo que nosotros necesitamos. Así nace el misionero.

Se pone en camino porque ve la necesidad a su alrededor. Es el camino de la misión. Merece la pena dejarlo todo y salir.


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