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3 lecciones deportivas que enriquecerán tu vida cristiana

© Neil Marshman
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Perseverancia en el esfuerzo, obediencia a las reglas y trabajo en equipo

Al igual que muchas personas, me considero un amante de los deportes y el ejercicio físico. Aún recuerdo cuando en el colegio daba hasta el último esfuerzo en las carreras de atletismo, pues la adrenalina y el sentido de competir me guiaban a orientar todas mis capacidades en una sola actividad.

Sin embargo, a medida en que me fui acercando a Dios, fui descubriendo que aquella disciplina aprendida del deporte, me allanó un poco el camino hacia Dios, por lo que quisiera profundizar en ciertas analogías entre el deporte y la vida cristiana:

Perseverancia en el esfuerzo

Es indudable la cultura de la comodidad en la que vivimos, en donde es cada vez más fácil tener las cosas al alcance de nuestras manos, ocasionándonos serios daños, no sólo a nivel físico, sino también intelectual y espiritual.

Lo interesante de esto es que, sin el esfuerzo, es imposible lograr la plenitud de despliegue personal para la que todo ser humano ha sido creado. Para contrarrestar esto, es necesario considerar el gran potencial de desarrollo de la voluntad que comporta el deporte.

La práctica deportiva implica renuncia, esfuerzo, disciplina, perseverancia, tener un horario de vida bien regulado y muchos otros valores que aportan a la formación del carácter y al dominio de la propia libertad. La vida cristiana es como una maratón, sólo el que persevera hasta el final se salva[1]

Obediencia a las reglas

En una sociedad que cada día presiona mucho más para que vivamos la dictadura del relativismo, la obediencia a las reglas deportivas es una excepción. En el deporte las normas son signos de que las cosas son de un modo objetivo.

El subjetivismo es castigado radicalmente en el deporte ya que hay un “árbitro” que hace de juez. Y es interesante, puesto que esto tan solo evidencia que a pesar de esta cultura relativista, el deporte sigue siendo una prueba de que no existe actividad humana que pueda realizarse sin reglas y normas claras y definidas, al menos si se quiere llegar al éxito de una actividad.

Trabajo en equipo

Ante el individualismo que se promueve en nuestra sociedad, el deporte nos forma en una dimensión muy importante, y es la de la interrelación personal. Nos introduce a la realidad humana, que nos muestra que el hombre no es una isla, sino que necesita de las demás personas para poder llegar al cumplimiento de sus objetivos.

Las experiencias comunitarias nos abren a esa realidad del otro, que de alguna manera necesita también de nosotros, y a su vez nos expone con cierta vulnerabilidad a la gran aventura de dejarnos conocer por los demás.

Ciertamente, podemos ver en el deporte muchas otras analogías, sin embargo lo principal es que seamos conscientes de la importancia que tiene el deporte en la vida del ser humano, pues somos seres integrales, de manera que es cierto aquello de cuerpo sano, mente sana.

Las exigencias del deporte nos forman en la tarea más importante que tenemos, la de ser plenamente felices y conocer y amar a Dios través de las tareas humanas y cotidianas, pues Dios se ha hecho Hombre en Cristo Jesús.

 


[1] Mt. 10, 22
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