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¿Soy capaz de «perder el tiempo»?

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© Artur Luiz / Flickr / CC

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 05/02/15

Con tantas prisas y eficiencia... ¿no estaremos perdiéndonos la vida?

A veces hablamos mucho de Jesús. Creo que tenemos que ser más Jesús. Vivir como Él, amar como Él. Tocar como Él. Orar como Él. Dejarnos invadir por los hombres como Él.

Jesús se pone en camino. Cada día de la vida de Jesús era con los hombres. Buscando y dejándose encontrar. Jesús vive con sus discípulos. Es una vida sencilla. Cura, predica, libera a un endemoniado, atiende a todos. Se deja interpelar por la vida.

Es bonito recorrer su vida. Admirarnos con su apertura, con su libertad, con su corazón grande y lleno de sol. No se esconde en el templo. No huye de los hombres. Vive entre ellos, es uno más. Camina con ellos. Se deja abordar por aquellos que lo tocan y siguen, piden y reclaman. Lo van a buscar. Quieren que haga realidad sus deseos.

Es bonito ver la actitud de Jesús que no se aleja. Permanece siempre abierto a cambiar sus planes. Siempre dispuesto a perder el tiempo, a perder la vida, como nos decía hace poco el Papa Francisco:

"El gran maestro de perder el tiempo es Jesús. Ha perdido el tiempo acompañando, para hacer madurar las conciencias, para curar heridas, para enseñar. Acompañar es hacer camino juntos".

Jesús no teme perder el tiempo. Tal vez no tiene una agenda llena de encuentros y planes prefijados. Vive del momento. Se alegra con las sorpresas. No se protege. Tal vez no se cuida demasiado. Aunque siempre encontrará tiempo para retirarse a orar. Y también allí irán a buscarlo.

Es uno más entre los hombres. Jesús no buscaba tanto la utilidad de cada cosa que hacía. No pretendía la máxima efectividad de sus dones. Simplemente sabía perder el tiempo con los suyos. Con mucha paz. Con paciencia ante la vida que en ocasiones puede llegar a ser rutinaria.

Una persona rezaba: "No quiero pedirte que me quites mi dolor. Lo necesito para ser mas paciente, para no planear grandes cosas, ni cosas a largo plazo. Lo necesito para valorar cada minuto, para agradecer y centrarme en lo cotidiano.

Lo necesito para valorar la compañía de mi familia, para disfrutar de ella. Para aprender a ‘perder el tiempo’ en casa sólo con ellos. Eso es lo más fecundo ahora para mí, es tu voluntad y así lo acepto. Lo necesito para rezar y acompañarte mas, sin prisa, sabiendo que no quieres nada de mí, nada que no sea mi aceptación".

Vivir así nos cambia el corazón. A veces el dolor de la cruz nos permite detenernos y tomar la realidad en nuestras manos. Acariciarla y besarla. Esa cruz que beso y me bendice. ¿Cómo vivimos ese aparente perder el tiempo en nuestra vida?

A veces, es verdad, una enfermedad, un golpe de mala suerte, un cambio de planes, puede acabar con nuestras prisas, con la eficiencia en nuestra vida. 

En esos momentos comprendemos que Dios quería que cambiáramos el ritmo al que vivíamos. Que estábamos perdiéndonos la vida. Son esos cambios drásticos que nos sorprenden y asustan.

Pero puede ser que no ocurra nada especial, nada que nos baje de nuestra vida tal como es hoy. Aun así, en ese momento, es bueno que nos preguntemos. ¿Soy capaz de perder el tiempo por amor? ¿Cuándo pierdo el tiempo? ¿Con quién lo pierdo? ¿O vivo acelerado sin detenerme ante los hombres que buscan mi cercanía?

Me gustan las personas calmadas, que no tienen prisa. Los especialistas en perder el tiempo sin turbarse. Van por la vida con el tiempo en sus manos. Con mucha paz. Parece como si no tuvieran que estar en un lugar diferente. No tienen reloj. O si lo tienen, no les importa. Es como si ya hubieran llegado donde querían.

Me gustan esas personas tranquilas que no tienen prisa. Que caminan como detenidos en el tiempo. Que un abrazo para ellos es el motivo de su camino. Y la persona con la que están, la única importante en su agenda.


Sí, me gustaría vivir siempre así. Sin prisas. Contemplando la realidad. Dejándome tocar por ella. No pasando raudo como si alguien más importante fuera siempre el motivo que moviera mis pasos.

Jesús pasó liberando por la tierra. Hoy lo sigue haciendo. Él nos ayuda a ser quienes somos. Nos libera de lo que nos ata en lo profundo del alma y no nos deja sacar lo que somos en nuestra verdad. Libera al hombre que está escondido en nuestro interior. Nos ayuda a reconocernos.

Jesús toca lo más profundo. Allí donde tenemos nuestros miedos inconfesables, nuestros anhelos mejor guardados. Nuestros sueños. Allí donde está grabado el nombre que Dios nos puso al crearnos. Donde está nuestra sed.

Estar cerca de Jesús tiene que ser liberador. Nos permite ser más nosotros mismos, más plenos y felices. Por eso es tan fuerte la atracción cuando nos invita a seguir sus pasos y dejarlo todo. Me gusta un poema de Amado Nervo que dice así:

"Si Tú me dices: ¡ven!, lo dejo todo. No volveré siquiera la mirada para mirar a la mujer amada. Pero dímelo fuerte, de tal modo que tu voz, como toque de llamada, vibre hasta el más íntimo recodo del ser, levante el alma de su lodo y hiera el corazón como una espada. Si Tú me dices: ¡ven!, todo lo dejo. Llegaré a tu santuario casi viejo, y al fulgor de la luz crepuscular; mas he de compensarte mi retardo, difundiéndome ¡Oh Cristo! ¡Como un nardo de perfume sutil, ante tu altar!".

Su voz nos llama en lo más profundo y todo cambia. Le sigo. Me libera y le sigo. No sigo un conjunto de normas. Le sigo a Él que despliega mi alma y toca cosas dormidas en mí. Quita lo que no es mío.

Jesús se salta sus normasSuele curar al que tiene fe. Y se muestra impotente ante al que no cree, eso siempre me impresiona. Su amor no puede ver sufrir. Le pido a Él que me enseñe a mirar con sus ojos. Más allá de los gritos del otro. De las heridas del otro. Más allá de lo que veo.

Que me enseñe a mirar el alma del otro, a comprenderlo, a acogerlo. A no juzgarlo. A saltarme una y mil veces mis maneras de hacer las cosas por el otro. Su amor lo sanó. Su amor lo liberó.

Ante Jesús desaparece la oscuridad y brilla la luz. Su presencia ilumina y libera. La presencia de Dios siempre llena de paz. Da alegría. Nunca Dios nos puede traer escrúpulos, miedo a lo oscuro, al demonio, a lo raro. Su presencia sana y libera.

Y nos dice: "Ven". Donde está Él, siempre hay luz. Nos ayuda a vivir una vida sencilla, trasparente, humana, cercana a los demás. Nunca estar cerca de Dios nos puede alejar de lo más sencillo.

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