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¿Hay que obligar a los hijos a ir a misa?

© Andrei Zveaghintev / SHUTTERSTOCK

Henry Vargas Holguín - publicado el 05/02/15

Los padres deben educar a los hijos en la libertad verdadera, no en el "porque sí"

Los padres quieren lo mejor para sus hijos y esto incluye educarles para la libertad, ayudarles a ser capaces de vivir "desde su interior", con sentido. No se trata de que hagan en cada instante lo que se les ocurra, sino de hacer realidad en su vida lo que libremente han elegido.

Cuando un hijo les dice a sus padres que no quiere ir a misa, hay que tener en cuenta varios factores: su edad, las razones que le llevan a expresarse así, si se trata de una situación circunstancial o un problema importante,…

En caso de tratarse de un hijo pequeño, el padre y la madre deben introducir al niño en aquella vida que desean transmitirle con arreglo a su edad.

En el caso de los católicos, esto incluye acompañarlo a misa y tratar de mostrarle la grandeza de ese misterio que vive conjuntamente la familia, de la misma manera que le "obligan" a ir al colegio o a visitar a los abuelos aunque a veces pueda no apetecerle al pequeño. 

El hecho de que el hijo muestre su oposición a asistir a misa puede servir para que los padres se planteen si están viviendo con plenitud su identidad y su unión con Cristo y si están transmitiendo la fe a sus hijos de manera eficaz, lo cual es una obligación derivada de su matrimonio católico. Quizás suponga una oportunidad de reavivar su fe…

Por otra parte, cuando el hijo va avanzando en edad, es necesario que vaya haciendo propio todo aquello que le han transmitido de pequeño, lo cual a veces conlleva pequeñas o grandes crisis.

En este camino, el respeto a la libertad debe ser proporcionado a los años y madurez del hijo, y estar acompañado de una preocupación personal por el hijo acorde con la responsabilidad como padres, pero que puede darse de muy diversas formas, no siempre manifiestas.

Por ejemplo, unos padres a los que su hijo mayor de edad no quiera acompañar a misa los domingos pueden intensificar su oración por él y su acompañamiento paciente y ofrecer también el sufrimiento que les ocasiona esa actitud de su hijo y esforzarse por vivir ellos mejor la misa. Quizás eso sea más formativo y eficaz a largo plazo que una respuesta coercitiva.

Sacrificio y amor

Dice la Madre Teresa de Calcuta: “Estamos en una cultura en que el amor se identifica generalmente con los sentimientos más que con un acto de voluntad, con el placer más que con el sacrificio”. ¿Qué nos quiere mostrar? Que el amor auténtico se identifica con un acto de la voluntad y con el sacrificio. Amar implica pues un movimiento personal que arranca del querer y se hace realidad en el sacrificio.

Es decir el amor ‘obliga’ a algo. Pero no es una obligación inconsciente, sin contenido, ciega o realizada de mala gana. Es una obligación consciente, consecuente, connatural, espontánea y realizada con gusto.

Lastimosamente la palabra ‘obligación’ no se ve con buenos ojos pues erróneamente tiene una connotación algo negativa. ¿Por qué? Porque esta palabra implícitamente exige esfuerzo, sacrificio.

Una cosa es cierta: lo que cuesta es lo que vale, lo que cuesta edifica, lo que cuesta da buenos frutos.

Negarse a uno mismo y cargar la cruz (Mt 16,24) nos identifica como cristianos, nos permite seguir a Cristo donde está. ¿Dónde? A la derecha del Padre.

Si queremos seguir a Jesús nos obligamos a negar nuestro punto de vista, nos obligamos a cargar la cruz. Pero esto lo hacemos por amor a Él, a nosotros y a los demás.

Sin cruz no hay amor. Si creemos, estamos obligados a ser consecuentes toda la vida; en caso contrario nunca creímos.

Una persona por amor se obliga a hacer varias cosas que sin amor no haría; ejemplos sobran para entender que las cosas sin amor no tienen sentido.

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