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Lo que la botánica enseña para salir de la crisis económica

© Chris Penny

Ciudad Nueva - publicado el 03/02/15


acompañar su florecimiento.

A ver otros árboles cargados de yemas se aprende, casi siempre durante las crisis de la existencia, cuando el brillo de la mirada permite ver más lejos y otras cosas.

Hay mil colores en las ciudades de los jóvenes y los más pobres, pero, adormilados y sedados como estamos por un consumo que nos mantiene alejados de las calles y de las periferias, ya no sabemos reconocerlos. Y al no ver el sol ni el cielo luminoso, impedimos que los colores de los jóvenes y de los pobres vuelvan a encender nuestras ciudades.

Si miramos bien en la trama de la historia, nos daremos cuenta, por ejemplo, de que las economías y las civilizaciones han sido capaces de levantarse, volver a ponerse en marcha y desarrollarse cuando han sido capaces de vislumbrar nuevas salvaciones en lugares distintos y siempre periféricos.

Cuando falta el pan para la muchedumbre, los cinco panes necesarios para un nuevo milagro se encuentran en manos de un muchacho, donde hay unos ojos distintos que saben verlos y valorarlos.

La postguerra europea produjo auténticos milagros porque los líderes políticos, económicos y espirituales de entonces supieron incluir (con el sufragio universal, pero también en las fábricas, en la educación para todos…) a millones de labradores inmigrados del sur, a muchas mujeres y a muchos jóvenes.

Y emancipándolos a ellos, incluso entre errores y contradicciones, nos levantaron a todos. No hay otro camino: la energía esencial para cualquier reactivación es el hambre de vida y de futuro de los jóvenes y de los pobres.

A diferencia de lo que piensan y enseñan algunos célebres expertos en innovación, muchos torrentes de riqueza y trabajo nacieron porque, en medio de la desesperanza, alguien no dejó de dar puñetazos en la roca hasta destrozarse las manos. Hasta que un día otro respondió y los puños se convirtieron en diálogo y las lágrimas en manantial.

Pero no bastan los jóvenes y los pobres hambrientos de vida para tener un futuro mejor. Para que los pobres y los excluidos puedan convertirse en motor de cambio de un país, es crucial el papel de las instituciones, y en particular el de las instituciones financieras.

Los fundadores de las cajas rurales, cajas de ahorro y bancos populares de finales del siglo XIX comprendieron o intuyeron que, para que los artesanos y aparceros pudieran transformarse en empresarios y cooperativistas, hacían falta innovaciones financieras, puesto que los bancos tradicionales ya no eran suficientes.

Aquella época de industria y trabajo necesitaba nuevos bancos territoriales para que las comunidades pudieran innovar dentro de una nueva economía. Así, pidieron a las familias, a las iglesias y a los partidos que pusieran en marcha nuevos procesos, que recogieran sus pocos ahorros y dieran vida a bancos populares, democráticos e inclusivos.

Hoy está pululando toda una nueva economía (la “cuarta economía”) necesitada de nuevas instituciones financieras que sepan, en primer lugar, verla, después, reconocerla como economía buena y, finalmente, darle confianza y crédito.

Las instituciones financieras tradicionales, como bien sabía hace ya más de cien años el gran economista Joseph A. Schumpeter, no cuentan con las categorías culturales y económicas para entender las innovaciones de “cima”.

Las innovaciones de cima, a diferencia de las de “valle”, son típicas de los tiempos de transición, cuando algunos, o muchos, se encuentran en la cima de su propio tiempo y comienzan a vislumbrar y a señalar nuevos horizontes.

Las instituciones consolidadas, incluidas por supuesto las financieras, en general no tienen dificultad para creer en las innovaciones de valle, que se mueven dentro del mundo conocido. Por eso normalmente financian a dos categorías de sujetos: a los ordinarios de la economía “normal” y a los deshonestos.

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medio ambiente
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