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¿Qué significa estar casada con Jesús?

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Jeffrey Bruno

Helena Burns, FSP - publicado el 02/02/15

Es algo real. Muy real

Soy monja.

Técnicamente soy religiosa, pues “monja” se refiere a las contemplativas. Pero no importa. Respondemos a “monja”, también, porque es una palabra de uso corriente y porque rima con un montón de palabras, por ejemplo… “diversión” [“nun” rima en inglés con “fun”, n.d.t.].


Con Darth Vader en Hollywood, Paseo de la Fama

Por tanto, ¿qué significa estar casada con Jesús? Es algo real. Muy real. No es poesía. No es una metáfora. No es algo que yo quiero creer. ¿Crees que yo daría mi vida para jugar a las princesas? Para nada.

Madre Teresa dijo una vez: «Si eres llamado, lo sabrás, y no serás capaz de explicárselo a nadie». Pero los tontos se enamoran, así que aquí va.

Se habla de las monjas a menudo como las “novias de Cristo”, que es lo que somos, pero después de estos años, ya me siento como su esposa. Su vieja esposa, no sólo Su ruborizada novia. ¿Cómo puede ser? No me miréis a mí.

Cuando tenía 9 años, planeaba vivir en una granja en New Hampshire con mi marido, diez niños y un perro (yo quería chicos porque sentía que no se les educaba bien en estos días).

Cuando cumplí 15, mis aspiraciones eran ser ornitóloga (especializada en rapaces) y vivir en medio de la naturaleza (y bienvenido un marido si podía soportar esa vida).

Pero Jesús vino y se me propuso.

Dios propone

Yo no lo sentí como una proposición al principio. Parecía como una invitación muy seria y urgente a ser sierva de Dios, Su sirvienta, Su pequeña abeja obrera (sabes que las abejas obreras son todas chicas, ¿verdad? Hay sólo unos pocos zánganos [machos] en cada panal).

Luché con Él durante dos años, y al final me rendí. ¿Por qué dije sí? Se me hacía cada vez más y más evidente de que yo no tenía ya ni idea de cómo ser feliz por mí misma.

¿Ya no? Antes de que  encontrara a Dios, tenía hobbies y actividades que disfrutaba intensamente. De hecho, lo hacía todo intensamente (tipo A).

Cuando empecé a buscar (intensamente) el sentido de la vida, todas mis alegrías comenzaron a apagarse porque parecían sin sentido si no había una razón final para todo.

Cuando me encontré a Dios, todos mis amores me volvieron, pero de una forma nueva. Hasta que me encontré con Dios no era capaz de disfrutar de mis cosas favoritas de igual forma.

Antes de que yo conociera a Dios, ellas lo eran TODO para mí. Eran TODO lo que yo tenía. Pero ahora ya no eran un fin en sí mismas, sino ocupaciones placenteras en un viaje hacia un Destino más grande. Dios estaba reordenando mis prioridades y mi vida.

Oh, yo intentaba desesperadamente ser feliz de la forma habitual, pero Dios no abandona tan fácilmente. Sabía que era libre de decir “sí” o “no”, pero a un cierto punto me di cuenta de que mi vida se estaba volviendo como la Agonía en el Huerto (donde Jesús rogaba que el cáliz de su Pasión y muerte pasara de largo).

¡Jesús también luchaba con hacer lo que Él sabía que era la voluntad de Dios! Yo pedía a Dios que el “cáliz” de mi vocación religiosa pasara de largo.

Mi oración era: “Querido Dios, ¡es muuuuy bonito conocerte! ¡Estoy muy contenta de tenerte en mi vida! Pero quiero volver a mis propios planes. Tenía planes, ¿sabes? ¿Te acuerdas? ¿Los animales, los pájaros? Así que esta cosa de ser monja… Me halagas, de verdad. Gracias pero no. Amen.”

El hecho de que sentía DOS voluntades luchando quería decir que no eran invenciones mías. Si hubiera sido una idea loca mía, la habría podido dejar a un lado, ignorarla, pasar de ella. Pero no era mi idea.

Echar a Dios

Echar a Dios no es tan fácil. Recuerdo claramente la noche en que decidí que estaba HARTA de la idea de ser monja. Decidí sacarla de mi mente y seguir con mi vida. Después de todo, yo ERA libre, ¿no? Dios nunca nos obliga a hacer algo, ¿no?

Todavía puedo ver exactamente lo que llevaba puesto. Fui al cine, todo listo para una noche de euforia y olvido total de esta loca idea.

Llegué a casa sintiéndome fatal (no era la película, era buenísima). Todo mi ser se sentía fuera de onda. Sabía que nunca sería lo que yo estaba destinada a ser de verdad, nunca progresaría, nunca experimentaría una profunda satisfacción si no me daba completamente a Él, cosa que en este momento yo sabía, más allá de toda duda, que Él quería.

Me arrodillé junto a mi cama y dije que sí. En unas dos semanas, acepté fácilmente su voluntad para mí. Su voluntad era ahora mi voluntad, también.

¿Cuándo empecé a sentir que era una declaración? Muchos años después de que entrara en el convento, cuando descubrí la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II.

Karol Wojtyla me dio permiso para ser mujer, algo que mi feminismo radical me había negado.

Pero ¿Dios puede ser suficiente para una?

¿Dios es suficiente? ¿Puede de verdad satisfacer? Quisiera dar la vuelta a estas preguntas. ¿Cómo podría Dios no ser suficiente? ¿Cómo no podría satisfacer? Él es nuestro Creador. Lo ha creado todo. Él es amor. Él es la fuente de toda la vida y el amor. “Tu esposo es tu Hacedor” (Isaías 54,5).

Dios es “más real” que nosotros. Nosotros sólo somos reales porque Él mantiene nuestra existencia. “En él subsiste todo” (Colosenses 1,17).

Es un Dios personal, que se hizo hombre y dio Su vida por nosotros porque nos quiere y tiene rostro humano para siempre. La vida es corta. Salimos de Dios y volveremos a Él. ¿Cuál era la pregunta?

¿Pueden los casados aprender de mi matrimonio?

¿Qué pueden los casados aprender de mi matrimonio? Lo mismo que yo del suyo: que se parece al amor esponsal de Dios.

Nuestras vocaciones complementarias son las dos caras de la misma moneda. Deberíamos admirarnos mutuamente.

De hecho, los mayores fans de las monjas son matrimonios jóvenes que se alegran tanto de vernos porque quieren que sus hijos conozcan a una monja (y esperan que sus hijas se planteen la vocación algún día).

Cuando ves una monja, ¿piensas “allí va ella, una de las especiales y elegidas de Dios, que no me eligió a mí, la eligió a ella, que es tan única, debe ser tan buena y santa que Él la eligió a ella y a mí no”?

¡Por supuesto que no!

Esto es lo que deberías pensar cuando ves a una monja:

“¡Bien! Dios es Esposo de toda alma, el Esposo de mi alma. Cada vez que veo una monja, recuerdo esta verdad. Es fantástico recordar que Dios es tan cercano a nosotros, tan real que llama a algunos a ser exclusivamente para Él. Dios puede bastarnos, llenar nuestras necesidades y hacernos felices. Podemos confiarle toda nuestra vida. Y ella me recuerda que esto no es todo: nos dirigimos al banquete de bodas del cielo”.

Y así te ves obligado a dar un donativo a esa monja que te recuerda estas cosas estupendas, rezar por ella, invitarla a café, etc.

Tú puedes tener lo que yo tengo

Las monjas no sólo son “signos escatológicos” andantes (signos del mundo que vendrá, de los “nuevos cielos y la nueva tierra”, del paraíso): tú también puedes tener lo que yo tengo. ¿De verdad? Sí, tú también puedes tener a Jesús.

Jesús es todo lo que uno necesita. “De su plenitud hemos recibido gracia tras gracia” (Juan 1, 16).

El Vaticano II rompió el mito de que la santidad y la intimidad con Jesús es para los curas, las monjas y otros fanáticos religiosos. El Vaticano II lo llamó “llamada universal a la santidad”. De hecho, ¡el matrimonio es la vía ordinaria a la santidad!

Por eso mucha gente tiene el matrimonio como vocación y por eso es un sacramento. El matrimonio no es una vocación frustrada. El matrimonio te hace santo.

Todo el mundo está llamado al matrimonio

Todo el mundo está llamado al matrimonio. Espera, ¿qué?

1. La imagen primaria del amor de Dios en la Biblia es el matrimonio.

2. Todo cuerpo masculino y femenino tiene un “significado esponsal”, es decir, el hecho de que estamos diseñados para la unión muestra que estamos hechos para dar y recibir amor de acuerdo con nuestra vocación en la vida.

3. Dios es el Esposo de todos.

4. Nadie está llamado a estar solo. Nada de solteros. Nada de ermitaños. Estamos llamados a estar con Dios y los demás de acuerdo con nuestra vocación.

5. Todos nos dirigimos al banquete de bodas del cielo; estamos “prometidos” a Dios.

El matrimonio cuando uno de los esposos es perfecto

Estar casada con el Chico Perfecto es épico. Él perdona siempre, comprende, es excitante, sabe escuchar, es omnisciente, omnipresente, consolador y desafiante al mismo tiempo, infinitamente tierno, sabio, atiende a mis necesidades, me entretiene, me hace reír, me hace crecer, me hace dar fruto.

Es una verdadera relación de tira y afloja, de dar y recibir. Pero aunque peleemos, sólo una (yo) se enfada, y sólo una (yo) está siempre equivocada.

Jesús me gana. Él nunca me engaña y nunca me deja. Los chicos malos están sobrevalorados.

No, de verdad. ¿Cómo puedo tener lo que tú tienes?

“De verdad, yo no puedo tener la misma asombrosa relación que tú tienes con Jesús, ¿verdad, hermana?”. Sí. ¿Cómo? Oración. Reza, reza, reza.

Jesús dijo: “orar siempre sin desanimarse” (Lucas 18,1). Si se supone que todos “rezamos siempre”, esto quiere decir que la oración es tan fácil y natural como respirar, ¿no?

Por supuesto, hay muchas oraciones maravillosas que podemos hacer (¡descubre las que te gustan!): el rosario, la coronilla de la Divina Misericordia, las novenas, la Liturgia de las Horas, la lectio divina, (la Misa es la oración más perfecta porque es Jesús ofreciéndose a sí mismo al Padre por nosotros), etc.

Pero sobre todo, tenemos que comunicarnos constante y orgánicamente con Dios todo el día.




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No podemos dejar nunca de pensar, sentir y querer, así que abre conscientemente tu pensar, sentir y querer a Él y Él formará parte de cada segundo de tu vida, aunque tengas que concentrarte en algo y le “olvides” por un momento.

No tienes que usar palabras. Deja que tu corazón converse con Él en su propio idioma. Él está por ti, Él está de tu parte.

¿Sigues teniendo problemas para orar? Habla con Jesús al respecto (¿lo pillas?) Cualquier cosa que hace que la oración sea dura no es de Dios.

Todo el mundo puede estar tan cerca de Dios como los más grandes místicos y contemplativos, porque esto es lo que Dios desea ardientemente, también.

Artículo publicado originalmente en LifeTeen.com

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