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Por qué no debes perder tu capacidad de asombrarte

Asombro en la playa

© jlmaral / Flickr / CC

Asombro en la playa

Carlos Padilla Esteban - publicado el 02/02/15

El asombro nos pone en disposición de aprender, porque algo nuevo llega a nuestra vida y no lo controlamos

Me gusta el alma libre de Jesús. Me gustan sus sueños y sus vuelos. Me gusta el alma libre de los santos. De los que ya se fueron y están en el cielo. Y el alma libre de los santos vivos que conozco y caminan a mi lado.

Me gusta también el alma libre del Papa Francisco, que se conmovió ante Glyzelle, una niña filipina de 12 años.

Se presentó ante el Papa acompañada de Jun Chura, otro niño de la calle de 14 años, y leyó un conmovedor testimonio sobre la vida de los pequeños filipinos abandonados y que afrontan abusos, drogas y prostitución.

Ante el testimonio de esta niña dijo el Papa Francisco conmovido: «Ella hoy ha hecho la única pregunta que no tiene respuesta, y no le alcanzaron las palabras, necesitó decirlo con lágrimas».

Ante sus lágrimas, el Papa cambió su discurso. Y finalizó pidiendo perdón por no haber leído lo que traía escrito: «La realidad que me plantearon fue superior a lo que había preparado».

¿Cómo entender tanto dolor? La realidad nos supera. Supera nuestras expectativas, nuestros propios prejuicios, lo que pensamos que hará falta para la ocasión. La realidad, definitivamente, supera siempre la ficción. Supera la imaginación, las pretensiones. Es más fuerte que nuestros pensamientos y anhelos.

La realidad se impone siempre sobre nuestros deseos. Pero, ¿yo me abro a ella? ¿Me dejo tocar por lo que el día me regala? A veces me turbo cuando no se corresponde con lo que espero.

Traemos nuestros discursos escritos, todo claro. Pero luego la vida nos sorprende. Hace falta mucha flexibilidad para vivir cambiando, para abrir el corazón ante la sorpresa.

La capacidad de asombro mide si el corazón es puro y si es un corazón de niño. Los que creen que lo saben todo, los que tienen todas las respuestas ya escritas, han perdido normalmente esa docilidad.

A nosotros nos pasa a veces. Nos falta la capacidad para asomarnos a una ventana y emocionarnos con lo que vemos. El asombro ante la bondad del otro, ante una persona que nos descubre algo.

El asombro ante la belleza que siempre es nueva. Ante la vida llena de secretos. El asombro ante el dolor injusto, ante el daño que ya no se puede evitar, ante la herida abierta que busca consuelo.

El asombro nos pone en disposición de aprender, porque algo nuevo llega a nuestra vida y no lo controlamos.

Una persona escribía: «Quiero abrazar los silencios como los niños traviesos. Quiero empezar de nuevo a tejer la historia, sin escatimar en gastos. Vivir y vivir, amar y amar. Como los niños que se abren a la vida. Así, de repente».

La realidad nos puede ayudar a cambiar si nos dejamos tocar por ella. El mirar como los niños nos ayuda a ser flexibles. A empezar de nuevo.

En realidad, el asombro, no depende tanto de la vida, de que haya cosas nuevas y excitantes, de que haya cambios en situaciones o personas. Depende de mi mirada. De mi capacidad de admirar en lo que ya conozco, la novedad y la belleza.

Depende de mi capacidad de enamorarme de la vida, de reconocer algo que no es mío y que, de alguna forma, desafía mis esquemas bien montados. Los esquemas de mi vida.

A Jesús lo siguieron los que fueron capaces de asombrarse y admirarse al contemplar su vida. Por su novedad. Por su amor. Por su humanidad.

Algunos lo encasillaron, le pusieron la etiqueta. Se dejaron llevar por sus prejuicios y se alejaron de su realidad. Lo miraron como a un rebelde, como a un blasfemo, como a un traidor.

Así tenían poder sobre Él, así no los desconcertaba. No respondía a sus esquemas de siempre. No cabía en ellos y no podía ser controlado. No lo podían meter en una categoría que les diese seguridad. No despertó en su alma admiración, ni asombro.


A veces nos pasa a nosotros. Lo que no conocemos nos da inseguridad. No soy yo el protagonista. No responde a lo que siempre he hecho y he creído. Me pierdo oportunidades. Y dejo de escuchar a Dios que a veces habla de forma nueva, en situaciones nuevas, en personas distintas.

¿Qué admiro yo? Ante la persona que amo, ¿me asombro de su belleza? Me gustan las personas que se asombran. Esas personas que han vivido su vida y son capaces de admirarse y de volver a empezar de nuevo, sin pensar en el esfuerzo. Esas personas que tienen el alma abierta a lo que el día y la vida les pueda regalar. Y no viven dando lecciones.

Me gustaría que Dios me regalase un corazón de niño. Para mirar con asombro. Decía el Padre José Kentenich: « ¡Qué hermoso y encantador es estar delante de un niño sencillo y contemplar sus ojos llenos de asombro! ¡Qué grande es la capacidad de asombro de un niño! El primer acto consciente del niño es un asombro respetuoso ante todo lo que percibe» [1].

Los niños nos enseñan a asombrarnos con su mirada. Quisiera tener un corazón de niño para escuchar con admiración. Para aprender, para dejar todo lo sabido y comenzar, cada día, una vida nueva.

Para dejar espacio a Dios y no encasillarle donde yo he decidido que tiene que actuar. Para darle gracias cada día por la belleza de la vida, por las sorpresas impensables, por sus pasos a mi lado, a veces sorprendentes.

Para no dar por evidente nada de lo que tengo, ni exigir a la vida derechos que no puedo exigir, porque casi todo en esta vida es don, aunque nos empeñemos en que sean derechos. 

 Me gusta la alegría de los niños. La sonrisa contagiosa, la libertad del alma. Esa ingenuidad ante la vida.

Decía el Padre José Kentenich: «¿Por qué el niño vive esa alegría tan propia de su edad? ¿Por qué en cierto sentido se puede decir que él también tiene confianza en sí mismo?

Porque no ha experimentado suficientemente las limitaciones de sus capacidades. Él cree en un poder fuerte y benefactor que está dentro de sí mismo y a su alrededor. El poder que rodea al niño es generalmente el poder paternal o maternal.

El niño ha experimentado mil veces que más allá de las necesidades de su hogar y a pesar de que a veces hubo que ajustarse el cinturón, por lo común el padre y la madre le dieron de comer, lo vistieron, etc. El niño percibe que está rodeado por un poder fuerte y bondadoso»[2]

Me gusta esa confianza de los niños. Creen y esperan. No temen, no se turban. Me gustaría vivir así cada día. Confiando. Creyendo en el poder de Dios sobre mi vida. Asombrándome ante la vida.

El asombro es la apertura del alma a lo nuevo, a lo sorprendente. Dios a veces nos habla en lo que es diferente, en lo nuevo. Pero, ¡cuántas veces nos cerramos a la novedad! Nos produce inseguridad. Tenemos miedo de perder el control de algo aprendido durante mucho tiempo.

Jesús tenía esa capacidad para asombrarse y cambiar sus planes. Como los niños. Porque confiaba en el poder de su Padre que lo protegía y cuidaba. Jesús, que no tenía pecado, que era perfecto hombre y perfecto Dios, se asombra y admira ante la realidad.

Se asombra ante aquellos que tienen una mirada pura. Los ojos limpios. Se admira de la fe de los hombres y se conmueve ante ellos. Se asombra al ver el alma abierta, el corazón de niño.

¿De qué me asombro yo en el camino de la vida? ¿Tengo alma de niño? A veces no me asombro ante las cosas que me suceden. Ni ante las personas. Puedo perder esa capacidad de la sorpresa y dejar de mirar como los niños.

Dejo de ver a Dios en los hombres. Dejo de ver en la rutina y en las cosas cotidianas algo nuevo, la voz de Dios susurrada en el silencio. A veces no miro como los niños. No tengo pureza y juzgo. Ojalá tuviera siempre su mirada pura.

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